jueves, 1 de febrero de 2018

Coordenadas de la reunión de febrero 2018

FEBRERO 2018

Tema: "nuevas formas de volar"
Host: Doña Nancy y Doña Gudelia
Fecha: SABADO 24 de febrero
Hora: 3:00 pm
Lugar: Volar al nido de Doña (Nancy). Cambio: Ahora es en el nido de Doña Gudelia en San Luis frente a la redoma.
RSVP

domingo, 21 de enero de 2018

La guayaba

La guayaba
Escribidora: Yvette Henríquez 

            Es generosidad por donde la mires, su olor se esparcey se impregna por donde esté.

            Sus semillas abundantes, no tienen desperdicio, ellas multiplican el potencial de vida y de infinita permanencia de la guayaba en nuestra tierra. Las semillas como de muy pocas futas las puedes comer, rodeadas de pulpa rosada, blanca o amarilla son una degustación para tu paladar o para un rico jugo de guayaba.

            Cuando su árbol da frutos no alcanza manos para la cosecha, cubriendose su territorio de fruta madura que como alfombra decora el pasto, aroma dulce que la brisa esparce y estimula tu olfato.

            Es la generosidad que en la infancia no percibimos pero si disfrutamos, en los bocadillos de guayaba envueltas en hoja de plátano que no querías compartir, los cascos de guayaba  con queso, la tartaleta o el pan de  guayaba. Ahora son esos pequeños lujos que te dás de grande y  vuelves a experimentar el sabor que rememora tu hogar, tu mamá, tu abuela o alguna vecina que siempre generosa traía a tu casa un buen dulce de guayaba.

            Quien de pequeño no le dieron jugo de guayaba para subir la hemoglobina? Es que estas anémico mijo!  y si tenías diarrea, tambien a tomarjugo de  guayaba!

            Y  de las hojas del árbol de guayaba?  que si para la diábetes, si ayuda a las infecciones, para la diarrea, un sin fin de propiedades, la mejor medicina, una guayaba.

            Guayaba es Venezuela, es infancia, dulzura es la generosidad que todos abrazamos y agradecemos!


Yvette Henriquez

Mi casa olía a guayaba

MI CASA OLÍA A GUAYABA

Escribidora: Hened Abrahan

Hoy comienzo mi escrito con la evocación de un párrafo del libro de Marcel Proust “Por el camino de Swan”, primer tomo de su obra “En busca del tiempo perdido”. En él  Proust rememora la extraordinaria sensación de felicidad percibida al llevarse a la boca un trozo de magdalena añadido a una cucharada del té que estaba tomando. Cito:

“… abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del pastel, tocó mi paladar, me estremecí, fijé mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior.  Me había invadido  un placer delicioso, aislado, sin saber por qué, que me volvía indiferente a vicisitudes de la vida, a sus desastres inofensivos, a su brevedad ilusoria, de la misma manera que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa; o, más bien, esta esencia no  estaba en mí sino que era yo mismo…”

Tal como un simple aroma o un sabor son capaces de desencadenar una catarata de sensaciones, así operó en mí el anuncio de Martín al decir que el tema para hoy era LA GUAYABA. Intuyo que otro tanto le sucedió a mis compañeros, al ir leyendo el chorro de emociones y bromas que fueron apareciendo en el chat del grupo. De manera inmediata reconocí la resonancia íntima del sabor y el olor de LA GUAYABA, y brotaron recuerdos infantiles asociados con el patio de mi casa con aquellas tres matas inmensas, pero a la vez amables y generosas porque siempre que daban frutos –  a diferencia de las matas de mango - sus ramas se extendían hacia abajo para ofrecérnoslos sin mayor esfuerzo. La voz de mi madre advirtiéndome, “come de LA GUAYABA pera porque tiene menos gusanos que LA GUAYABA manzana” “pártela por la mitad antes de comértela y revisa que no tenga gusanos”; haciendo caso de esa voz sabia, en mis ratos de ocio, me iba al patio, derechito hacia el GUAYABO PERA, no sin antes, con un viejo pote de leche destinado para ello,  recoger las más atractivas a mi paladar. Me sentaba a la sombra de ese viejo y generoso GUAYABO a comer y disfrutar de aquella fusión de perfume y sabor. No era yo la única que gozaba de ese festín, pues solían acompañarme pajaritos que por intuición de supervivencia, muy sabiamente elegían las GUAYABAS manzanas. A veces, esas GUAYABAS, cuidadosamente elegidas, eran motivo de amorosas disputas con mis hermanos mayores, quienes –en algún momento de descuido por mi parte-  se acercaban a mi pote de leche cargado de la fruta, y sin que yo los viera me las robaban. Al percatarme de ello, comenzaba mi búsqueda del ladronzuelo, cosa que no era nada difícil, pues por más que eligieran el más escondido de los rincones de la casa, siempre los delataba  el aroma. Les hacía pagar por cada guayaba robada una moneda, con lo cual siempre estaba deseando que me las robaran. Para ello me esmeraba en la selección de las más grandes,  olorosas y atractivas, de tal forma que mis amorosos deudores no sucumbieran a sus encantos. Podría pasar cien páginas más contando los recuerdos maravillosos y dulces que se desencadenaron automáticamente, ante la exposición del tema de hoy, incluso me despertaron deseos de seguir escribiendo sobre ellos. No en vano, dicen los entendidos,  Gabriel García Márquez tituló su libro El olor de la guayaba,porque al igual que la fruta, sus cuentos y novelas tienen un olor que perdura, por siempre.


Gracias Martín por recordarme que MI CASA OLÍA A GUAYABA.

sábado, 20 de enero de 2018


       EL GUAYABO

Asistía a un seminario sobre perspectivas económicas, en el Hotel Meliá Caracas hace algunos años.   Ya estaba sentado en mi mesa a la hora del almuerzo, cuando observo a lo lejos una mujer atractiva haciendo la cola para el bufé. Ella levanta su mano y pareciera saludarme. Como no la identifico, bajo la mirada y continúo almorzando. Vuelvo a verla y nuevamente me saluda. Disimuladamente volteo para ver si es a otra persona a quien se está dirigiendo, no consigo a nadie, concluyó que es conmigo y le respondo el saludo tímidamente. Enseguida noto que a su lado está Marisol, una amiga de Valencia, a quien sí reconozco y que pareciera acompañarla.

Luego del almuerzo, aprovechando que Marisol estaba sola, me le acerco y le pregunto por esa mujer  que anda con ella. Con entusiasmo me responde: ¡Pero si tú la conoces! ¡Es Claudia!  Ha debido notar mi cara de asombro al no poder reconocer a la mamá de un compañero de mi hijo  en el colegio. Entonces se me acerca  y en voz baja, casi al oído, me dice: “Lo qué pasa es que se está divorciando, anda toda despechada y me la traje al seminario para que cambiara de ambiente"
Le digo - No solo está cambiando de ambiente, también de fisionomía, con esa cabellera ahora rubia y la inyección de botox  ¡está irreconocible!  Marisol se ríe y me dice: "tú sabes cómo son las mujeres cuando tienen un "guayabo", quieren cambiar de "look" y hacer lo que siempre habían querido hacer, pero no hacían".

Me pareció simpático lo del "guayabo", término que tenía tiempo que no escuchaba. En otras latitudes, en Colombia, Ecuador y hasta en algunas regiones de Venezuela, "guayabo" se refiere a la resaca, ese malestar que se siente luego del consumo excesivo de alcohol.  En España se solía llamar "guayabo" a una mujer bella o guapa, y en México, quizás relacionado con lo anterior,  "montarse en un guayabo" es sostener relaciones sexuales. Pero a lo que se refería Marisol lo entendí desde un principio cuando hablaba del guayabo de Claudia, es al mal de amores, al natural y común despecho, uno de esos momentos cuando un cúmulo de emociones se entrecruzan y la persona se siente verdaderamente abatida.

Por muy bien que Google explique los síntomas del guayabo, nunca  lo hará entender mejor que cuando se experimenta en carne propia. Tristeza, palpitaciones, un profundo vacío que ni siquiera se sabe exactamente donde está ubicado ni de dónde proviene, si del corazón o del estomago. Lo padece por igual, tanto el hombre como la mujer y no lo cura la aspirina, ni el magnesio que está tan de moda, ni siquiera la sábila que dicen cura todo y dudo que un seminario de economía pueda ayudar.  Aquel frondoso árbol  se ha marchitado, la savia del amor dejó de circular por sus ramas y ya no se siente el agradable aroma de su fruto.

Algunos especialistas recomiendan llevarlo como un duelo, con sus etapas de negación, rabia, negociación, tristeza, aceptación y asimilación. El guayabo no debería durar toda la vida, el tiempo ira borrando sus síntomas y secuelas. Si sus raíces son robustas y profundas lograran absorber la savia del amor verdadero, el único elixir capaz de recuperarlo. Fortalezas como  autocontrol, inteligencia emociona, la Fe y la capacidad de perdonar compactarán el terreno, donde podrá el guayabo anclar fuertemente sus raíces. Así sus ramas recuperaran su frondosidad y de nuevo la fragancia de sus guayabas impregnarán el aire, y la brisa, como aromática mensajera, tentará a más de uno, mexicanos y de todas las nacionalidades, a montarse en el guayabo.

No volví a ver a Claudia y desconozco su paradero. A Marisol la conseguí muchos años después, y cuando la encontré, se había divorciado, ya estaba comprometida con un italiano, parecía muy feliz y casi lista para emigrar a Europa.  ¿Se aplicaría ella misma los consejos que le dio a Claudia para superar su guayabo? No lo sé, ni se lo pregunté, pero muchas veces, "en casa de herrero, asador de palo e'guayabo".

Lionel Álvarez Ibarra
Enero 2018


Enviado desde mi iPad

GUAYABOS MIOS



GUAYABOS MIOS

En un rosario de perlas blancas,
llevo colgados todos y cada uno de mis guayabos.

Cuando estoy en modo guayabo,
Hasta las metáforas se me esfuman y se esconden.

La piel de mis recuerdos se arruga,
ante el gélido brindis de las despedidas.
Con mis ojos cerrados he agitado muchas veces,
el pañuelo de un hasta pronto, o quizá, hasta nunca.

No sabemos el peso emocional de privarnos
del beso y el abrazo de quienes amamos,
los años muchas veces terminan convirtiéndonos,
en etiquetas familiares descoloridas y acaso olvidadas.

Mi actual guayabo tiene el rostro de Iker y Ainara.
Ella me pinta su poesía:“abue, quédate a vivir conmigo para siempre”.
Mis ojos puertas del alma no controlan emociones,
Iker pincha mi lágrima y remata:”¿abuela, estás triste?”…

Quiero estar siempre de estreno en sus vidas,
sembrando el trigo del amor y florecer en sus frutos.
Quiero ser la palabra sutil y hermosa,
que penetre en sus almas como bálsamo fresco y sabio.

Mi guayabo no quería salir de mi,
reacio a imprimirse en mis letras blancas.
Lo amenacé con armar mi poética oral,
y llorar hasta que un charco de lágrimas lo ahogara.

Hay guayabos dulcemente intensos,
que hago de ellos mi placer y mi tristeza,
con las declaraciones secretas de amor:
“eres mi abuela favorita”,
”eres la abuela mas divertida del mundo”,
“abuela payasita, te amo”.

El guayabo no es malo cuando el amor es grande,
y vienen en bomboncitos de chocolate negro y guayaba…
en melcochitas cremosas y rojitas,
endulzándonos la vida… antídoto de la soledad…

GUDELIA CAVERO


Había una vez...un árbol (Cuento para niños)

                                                                                                                                                                         

 Irma Wefer

               Había una vez… un árbol sencillo y pequeño. Nadie lo advertiría si no fuera porque escondía un milagro: Una guayaba. Un don magnifico  de Dios. En su piel gravitaba un mosaico de verdes y amarillos. Su pulpa era de un  color indefinido que navegaba entre la ternura y la pasión. Al morderla  erizaba el paladar y lo seducía en  explosión de sabor. El árbol, orgulloso, se crecía cuando alguien descubría su milagro. Pero como todo milagro traía un secreto, la guayaba si era mordida con avidez invadía de nostalgia el alma de quien la probara.
Un día el envidioso tiempo la gustó. Inmediatamente  sintió como  una nube gris  se posaba en su ánimo. Iracundo, envió a la terrible noche con la tristeza y el miedo en sus fauces a atacar al árbol.  Éste se estremeció adolorido pues en la embestida había perdido sus hojas  y sus maravillosas guayabas.   El pequeño árbol irrumpió en lágrimas. Se sintió extraviado de sí mismo. Había perdido todo por lo que había vivido. 
Sus lágrimas rodaban por las grietas de su corteza, la tristeza las había hecho más profundas, tenía el rostro de la vejez.  Las gotas caían y fueron despertando a las  raíces.
-¿Qué puedo hacer? -les dijo- he perdido mi razón de ser, mis hojas y mis guayabas.
 Las raíces, sabias, exclamaron al unísono: -acéptalo, eres un árbol sin hojas y sin guayabas. Sólo así se alejará el miedo.
El árbol trabajó duro para aceptarlo, pero su tristeza no lo abandonaba y no podía dejar de llorar. Su llanto era tan intenso que Dios lo escuchó: - ¿Qué te pasa? – preguntó-   ¿Por qué lloras de esa manera?
El árbol relató lo acontecido y Dios se apiadó de él, al tiempo que le decía: -has tenido todo lo hermoso de la vida sin hacer méritos para ello. Pero la vida si no se cultiva se pierde a merced del envidioso tiempo.  Deja de llorar que yo voy a ayudarte. A partir de mañana, durante cuatro días te haré un regalo: una nueva guayaba. Cada una traerá un secreto que debes descubrir para volver encontrar tu razón de vivir.
 El árbol, más tranquilo, enjugó sus lágrimas y se durmió.
A la mañana siguiente despertó ilusionado, miró sus ramas y descubrió una reluciente  guayaba. En ese momento se acordó del secreto y preguntó  a ésta ¿cuál es tu secreto? --Soy la guayaba de la alegría -respondió aquélla- Cuando yo estoy presente todo florece. Sin embargo, hay que tener cuidado. Hay una guayaba que dice llamarse como yo pero es falsa. No nace en tu corazón sino en las cosas. Sus flores se marchitan rápido. Conmigo, la auténtica, viene mi amigo el agradecimiento. Él es un gran observador y te hará descubrir todo lo bueno y bello que tienes en tu vida.
Entonces el árbol, a pesar de sus lágrimas y su tristeza comenzó a trabajar la alegría, recordando con gozo sus hermosos frutos. 
El segundo día, la sorpresa fue mayúscula. En la rama había  no una sino dos guayabas.
-Soy la guayaba de la fe, dijo cantarina la primera. Soy ciega pero muy fuerte y tengo la costumbre de creer que lo imposible es posible. Para que yo sea parte de tu corazón sólo debes creer. Ya sé que es difícil pero la amiga que me acompaña, Esperanza, convierte los escombros en maravillas. Te muestra el camino para que los sueños se hagan realidad.
Con ilusión, el árbol aceptó en su corazón el don de la fe y de la esperanza.
La espera se hizo larga por las expectativas. ¿Qué guayaba y su secreto traería el nuevo día? Era una guayaba que cada vez que hablaba crecía.
- Soy la guayaba de la generosidad. La de las multiplicaciones. Si me aceptas en tu corazón haré crecer todos tus dones. Sólo tienes que dar.
-¿Qué puedo dar yo que ni hojas ni frutos tengo? Dijo el árbol.
-Debes trabajar con más ahínco la fe, siempre hay algo que dar, respondió la guayaba.
Con esfuerzo, el árbol se desprendió de sus ramas y vio maravillado como al chocar con la tierra, éstas se convertían en  árboles y todos juntos se hacían un bosque.
A la mañana siguiente, una alegre guayaba lo despertó. Le decía al oído palabras bonitas para mitigar los efectos del llanto.
-Soy la guayaba de la amistad, declaró.
El árbol, asombrado, pidió cuenta del secreto.
-¿Cuál secreto?  Yo no tengo secretos. -Manifestó la guayaba- Traigo la fidelidad constante del cariño honesto. El que das y el que recibes. Sólo puedo entrar en tu corazón si ya está allí la generosidad.
El árbol reflexionó: qué grande es tener amigos. Ahora que tenía todo un bosque para acompañarlo empezó a hacer grandes amigos.
Esa noche, mirando la belleza de un cielo estrellado, se dio cuenta de que la tristeza se había disipado. Había cultivado su vida, y  guayabas más hermosas que las anteriores habían vuelto a sus ramas. Entonces Dios le regaló la más sublime de las guayabas: la de la plenitud.
La leyenda cuenta que cada vez que evocamos el aroma y el sabor de la guayaba  nos acercamos más a la felicidad. Y el milagro vuelve a ocurrir...

viernes, 19 de enero de 2018

Newtons de guayaba

Desde hoy las Newtons no serán lo mismo!

Me he comido las mejores Newtons que existen!
Son las mejores :
1- Porque al leer "Guayaba" me trasladé al recuerdo de su nombre.
2- Porque súbitamente conseguí su receta, que literalmente la tuve a la mano "en mi móvil ".
3- Porque despertaron mi interés y deseo de aprender.
4- Porque me motivaron a crear un plan y usar mi fortaleza de la creatividad.
5- Porque permanecieron en mi esperanza.
6- Porque sacaron un EUREKA! en el supermercado cuando conseguí la fruta.
7- Porque han perfumado mi nevera desde que llegaron a mi casa como fruta.
8- Porque me confirmaron que cuento con el apoyo de mis amigos en lo que me propongo. A través de ellos conseguí azúcar, papel encerado y hasta un rodillo!
9- Porque tuve espectativas sobre el resultado y me impulsaron a hacer lo mejor de mi por conseguirlas.
10- Porque aprecié la belleza mientras las preparaba.
11- Porque fluí en el proceso.
12- Porque me conectaron con los "recuerdos" y a mis hijas con la "novedad" y el "descubrimiento ".
13- Porque me dieron motivos para agradecer.
14- Porque me sentí orgullosa del logro y lo celebro.
15- Poque voy a compartirlas con seres queridos.
16- Porque aprendí que mientras viva si quiero puedo tenerlo; sobretodo la felicidad de las pequeñas cosas.
17- Porque podrán seguir existiendo mientras exista mi voluntad de que así sea.
18- Porque además las probé y están ricas.
19- Porque decidí no quedarme enganchada en la nostalgia de un pasado que ya no es, y hacer de mi presente un QUE SEA!
20- Porque cuando las probó Ma. Anabella SUSPIRÓ.
21- Porque mientras escribo estas líneas todavía conservo su perfume en mis manos.
22- Porque con ellas me sentí horneando sonrisas.

Elinor Ribas

La Guayaba

Mi cuento de la Guayaba.
Escribidora: Jesucita Peters.


La Guayaba
Fruta maravillosa que me trae remembranzas de mi niñez, como no recordarla ya que su olor y  sabor me trasladan  a la casa de mi abuela materna, donde en época de vacaciones escolares nos dábamos cita todos los  nietos del momento para inundar de algarabías, risas y travesuras de esa niñez que no volverá. Esa casa maravillosa de campo donde vivía mi abuela Rafaela para mí era como un oasis, donde  ella procuraba satisfacer todos nuestros antojos y uno de ellos era hacer la jalea de guayaba para sus adorados nietos , vivencia que aún con mi edad  tengo  gravado ese olor maravilloso que desprende su elaboración.

Recuerdo que la casa tenía un zaguán de acceso a una sala que daba a un patio   central en dónde ella cultivaba una gran variedad de plantas como nardos ,jazmín, rosas, malanga, entre muchas otras de las cuales se desprendía una mezcla de olores inolvidables en donde se destacaba el olor de la "Malanga", que producía una cala blanca y en las noches este olor maravilloso llegaba a todos los espacio de la casa dejando en mí una asociación de estímulos de olores imposibles de borrar. Pero esa casa maravillosa  por todos los disfrutes que nos proporcionaba, contaba con unas canales que recogían el agua de lluvia de sus techos a dos aguas, los cuales nos permitían bañarnos en la lluvia en ese patio central, por supuesto actividad que mi abuela Rafaela contemplaba y todavía me preguntó quién disfrutaba más esta actividad, si ella o nosotros ya que nos miraba entre risas y complicidad para que nuestros padres no se enteraran de lo que hacíamos, allí estábamos empujándonos ,riéndonos, brincando  y ella dirigiéndonos para que no nos hiciéramos daño, que bello recuerdo.
Bueno pero falta la mejor parte, la elaboración  de la más deliciosa Jalea de Guayaba que mis sentidos puedan recordar elaborada por mi abuela y por supuesto sus nietos, ese día todos anticipando el festín de la jalea que comeríamos, nada más de pensarlo se me hace la boca agua.

Mi querida abuela dirigía sabiamente la división del trabajo para su elaboración, en donde cada uno de nosotros tenía una tarea asignada que debíamos cumplir según las directrices dadas por ella y a las cuales se atendían con prontitud, las mismas consistían en poner varios recipientes donde se lavarían y se les quitarían la parte de color marrón que la unía a la planta, para luego ponerlas a hervir en un gran fogón  de leña, que había sido llenado de leña por otro grupo de nietos  designados para tal  fin,  la  abuela  una vez montada la olla para cocinar  las guayabas no se nos estaba permitido pasar al recinto de la cocina, todos nos quedábamos jugando en el patio  central  de la casa atentos al llamado de la abuela una vez cocidas y frías las guayabas, el olor ya impregnaba toda la estancia. Aquí la abuela llamaba a los nietos más grandes que en su momento tendría Juan Ramón 10 años y Alberto  como  8 años,   estos eran los encargados de pasar esa pulpa por un colador para quitarle todas las semillas, por supuesto todas las niñas que éramos las más pequeñas atentas observando lo que hacían nuestros primos  mayores, los cuales asumían dicha actividad con toda la seriedad del caso bajo el ojo atento de la abuela.

 Luego la abuela ponía esa pulpa al fuego y le colocaba el azúcar   , por supuesto para esta actividad  ella tenía  una vestimenta especial con un delantal grueso y una camisa manga larga a pesar de que había bastante  calor, ya que al comenzar a revolverla para que la jalea agarre punto la misma comienza a saltar y a quemarte, sabiamente mi abuela había mandado a construir una cuchara de madera con un agarrador bastante largo para evitar las quemaduras.

 Por supuesto en este proceso sólo se nos permitía estar a nivel de la puerta para evitar que nos quemáramos, pero muy atentos  a que la abuela terminara para comenzar a lamer la cuchara de palo, en donde el que agarrara primero la cuchara se encargaría de distribuir  desde donde podías  lamer la deliciosa Jalea que había quedado en la misma, por supuesto, yo ni mis otras primas tuvimos la dicha de la distribución de la jalea que tenía la paleta, obviamente  esta distribución no estaba exenta de peleas, lloriqueos y chismes llevados a la abuela ya que no había una distribución equitativa del maravilloso producto.

Luego la abuela,  vaciaba la jalea en unas bandejas como de dos centímetro de alto en donde la dejaba enfriar para luego cortarlas y pasarlas por azúcar. Por supuesto esta espera de enfriar la Jalea para los nietos era el desborde de la impaciencia enmarcada por unas preguntas retoricas ¿abuelita cuanto falta? , ¿ya está lista?, !Queremos comer!

Y la abuela con el mayor de los amores respondía, tranquilos un ratito más.
Por fin la abuela se disponía a partirla y pasarla por azúcar y a servirnos a cada uno un trozo de la añorada "Jalea de Guayaba" que saboreábamos con  gran deleite ante los ojos complacidos del amor de abuela.
Recuerdos maravillosos de mi niñez que atesoro con gran complacencia y  me nutren hoy día el saber que fueron experiencias de un pasado del amor de esa abuela “Rafaela” para nosotros sus nietos.
Este escrito es un tributo para ti, en cualquier lugar de ese otro plano donde estés “Abuelita Rafaela”
Jesucita Peters Salcedo.

miércoles, 17 de enero de 2018

Gua…!ya va…!

Escribidor: Alberto Lindner
CUENTO

Petra era muy floja. Como dicen en su pueblo, burda de floja. Se levantaba muy temprano en la mañana, pero ya como a las diez estaba descargada, como si fuera una pila vieja. Entonces se dedicada a la contemplación. Con la mirada en el infinito, como quién inventa el mundo, se quedaba por horas y horas. Siempre que alguien requería a Petra entre las 10 de la mañana y las 5 de la tarde, recibía siempre la misma respuesta:

-Petra, ¿puedes ir al abasto?

-Ya va…, contestaba

-Petra, ¿puedes hacer la comida?

-Guá…!Ya vaaaa…!, contestaba como en un canto sordo y seco

La gente de la casa sabía lo que significaba el “ya va”, un poco, ”ahora no puedo” o “espera a ver”. La frase “ya va” significaba un mundo de cosas que quizá estaban pasando por su mente.  Ya tenía como 50 años, pero cuentan los entendidos y las chismosas, que una vez pudo haberse casado, pero ya en el altar cuando el cura Antonio, con su sotana remendada le preguntó:

                -Petra, ¿aceptas por esposo a este señor llamado Ermenegildo?

                -Ya váaaa, contestó pero esta ves como indecisa, dubitativa y como en bajada hasta quedar muda. La gente comentaba que algo raro le había pasado, que no era la misma. Claro, no se casó.

Tiempo después, un día, a las 10 como siempre, cayó en letargo y así estuvo durante diez días y sus noches. Hasta que un día a las 5 de la mañana bostezó, y se paró a cantar.
Cantó tan duro y fuerte, que su canto se escuchó desde el pueblo de Petronio hasta el pueblo de Santa Catalina, que queda como a 20 kilómetros de distancia.  Todos pensaban que se había curado pero ese día a las 10 de la mañana, volvió como siempre a su letargo. En ese canto, cuentan, que la escuchó cantar un brujo malvado. Siguió la voz como embelesado por el sonido, hasta que llegó a Santa Catalina.

La gente toda de Santa Catalina corrió a ver la nueva imagen que caminaba por las calles vacías. Vestía de negro, sombrero negro, lentes negros, y barba negra. -En una noche sin luna hubiera caminado como invisible, entre la gente, pensó alguno. Se reunieron en la plaza y ya con todos, pero sin Petra, realizó un conjuro:
-Señores, ¡Les quito la memoria…!. Solo cuando alguien nombre la palabra mágica de entre todas, solo hasta entonces, estarán en las sombras, sin recuerdos, sin nada, acotó al final.

Y así como vino, se fue. Nada dijo del canto, nada dijo de la cantora. Nadie, en lo quedó de memoria, puedo hacer  relación alguna.
Y así fue. Para Petra todo seguía normal. Le parecía raro sin embargo, que cuando salía a caminar entre 5 y 10, a todas las personas que veía, dueñas de la conciencia de lo que les pasaba, solo llegaban a decir nombres a lo loco:

-Piedra, zapato, nube, rabia, amor, tristeza, caraota, quinchoncho, papelón…., y muchas más nombraron.

Petra no sabía que pasaba, solo le parecía raro que la gente se hubiera vuelto como loca; claro ella no había estado en la reunión en la plaza  con el brujo. Se divertía en verdad, buscando alguna relación entre lo que escuchaba y lo que pensaba que querían decir. Así aprendió a caminar más rápido entre la gente, y  con un cuadernito y un lápiz,  iba escribiendo las frases nuevas:

-el perro del ratón tiene el bigote mojado por la indiferencia, escribía, o,

-la lluvia con fuego apelotona el maíz en la casa fuerte…

Pasado un tiempo, la gente tomaba objetos y cosas en sus manos y los llevaba a otros para que dijeran sus nombres, pero nadie sabía que cosa se llamaba de tal forma. No había manera… Al perro le decía abeja, a la gallina; jaula, y todo, en la esperanza de decir el verdadero nombre de la cosa que llevaban.

Un día, la Tía Jacinta, matrona del pueblo, que ya era muy anciana, buscó fuerzas y se paró de la mecedora. Dicen que tenía 111 años. Fue al jardín y recogió de un árbol, una fruta verdosa, pintona y muy olorosa. Aún no estaba picada de pájaro alguno. Quería hacer su parte en la solución de la tragedia que estaba viviendo. A lo más lejos que pudo llegar, fue a la casa de Petra, que vivía al lado, pero ya eran las 10 y 5  de la mañana, y Petra estaba extasiada.

-Petra, ¿qué fruta es esta?, le preguntó en la voz más alta que pudo… y Petra como siempre y a la tercera vez que la increpó, dijo,

-¡Guá!..., ¡Ya va…!

Las dos mujeres se vieron a los ojos y ambas exclamaron, como quién grita al saberse ganador de la lotería:

-GUAYABAAAAAAA…., claro, era la “Guayaba” la palabra mágica…, pensaron y dijeron. De hecho, lo dijeron muchas veces, guayaba, guayaba, guayaba... para que no le quedara dudas al embrujo, del acierto.


Y esa era la palabra mágica, que el brujo había construido de lo único que había escuchado de la mujer, cuyo canto lo desvió hacia tierras lejanas. En ese momento, todos recordaron sus historias, sus alegrías, pero también sus rabias, celos y deseos profundos. En ese momento todo volvió a normalidad y nadie volvió a hablar del tema. Ni siquiera Petra, que ya no estaba embrujada de 10 a 5, ya que entendió, que hace unos años, en otro pueblo, conoció a un brujo que les hizo un encanto el día de su boda. Ya Petra no es más de 10 a 5…

martes, 16 de enero de 2018

Guayaba…la guayaba es mi mamá

Autora: María Elena Garassini

¡Qué rico el jugo de guayaba, que deliciosa es la mermelada de guayaba, que divinidad los pastelitos de queso crema con guayaba. Nada mejor para subirte el azúcar o una baja de tensión, o una pálida cuando estás corriendo, como un bocadillo de guayaba. Las tartaletas mas ricas son con mermelada o delicada de guayaba!

Además mi mamá me dijo una vez que ella se crió comiendo guayabas y que son tan ricas y tan buenas que hasta los gusanitos que le salen a la guayaba, saben rico …saben a guayaba.

Me gusta asociar los placeres con mi vida familiar, o mejor dicho, los placeres de mi vida están asociados a mi familia. Cuando me pidieron escribir sobre la guayaba pensé en mi mamá que siempre nos consintió con la comida y sobre todo con los dulces, donde la guayaba juega un rol protagónico.

Pues si, la guayaba es mi mamá, siempre allí, dispuesta a saciar tus necesidades, dispuesta a endulzarte la vida, dispuesta a hacerte sentir mejor.

La guayaba es como mi mamá, con carne y con pepitas, con rosado y con verde, con dulce y con salado y por eso las quiero tanto, a mi mamá y a la guayaba porque son como la vida, con sus partes blandas y sus partes duras, su maravillosa faceta luminosa y también la otra áspera.  Pero si siempre están allí para brindarte lo mejor de ellas, el saldo final son aprendizajes y mucho disfrute de su presencia.


Definitivamente mi mamá, así como la guayaba con todas sus características, han sido parte importante de mi historia y me ayudan a ser hoy mi  mejor versión. ¡Gracias por existir!

FIN

Buscando Guayaba

Autor: Martín Fernández
Fecha 16/01/2018

Cuando se piensa en la guayaba, inmediatamente recreamos ese aroma que endulzaba la casa; luego, recreas esa mordida, gran mordida, donde los dientes atraviesan su casco hasta llegar a la pulpa y absorberla para que, dentro de la boca, morder suavemente y con cuidado para que las semillitas no se incrusten en los molares, deleitándose entonces de ese maravilloso sabor. No recuerdo que en casa se hiciera dulce de guayaba; pero la mermelada no faltaba en la nevera, que, untada en el pan con una rodaja de queso blanco salado, era la mejor merienda, y, si faltaba el queso, buena era mezclarla con mantequilla (con sal). La mermelada de fresa trataba de competir, pero solo lograba estar presente en casa cuando la otra se acababa en los anaqueles del supermercado, o cuando a mamá se le ocurría que era bueno variar; pero era todo un fracaso, además no pegaba con el queso blanco ni con la mantequilla.

En casa, el guayabal no duraba mucho tiempo, no me refiero al sembrado de árboles de guayaba, que sería su denominación correcta, sino al cesto de frutas a un lado de la cocina. Mis hermanos preferían otras frutas, aquellas más sencillas de comer, les gustaba “la papa pelada”, como la patilla y el melón picados, el cambur, la fresa, etc., o quizás no le simpatizaban las semillitas; pero como Yo era buen diente, solo me bastaba lavarla y morder.

No me considero un guayabero, quiero decir, un come guayaba empedernido. Aunque, ese término se refiere a los oriundos indígenas de las riberas del río Guayabero, en Colombia, o también a esas camisas de vestir que se llevan por fuera del pantalón, cuyo nombre original fue "yayabera", que debido a que sus primeros usuarios (que eran labriegos) llenaban sus bolsillos de guayabas que recogían por el camino, y con el tiempo cambiaron su nombre.  A pesar de no ser guayabero, si he sufrido de guayabo, me refiero a sus tres acepciones: resaca por el fiestón del día anterior; o nostalgia por un amor no correspondido, o por un amor pendejo (amor de lejos) o por no tener cerca lo que se ama; o también, como dicen en Colombia, ver pasar una mujer joven y atractiva que hace suspirar y decir: ¡qué guayabo!, ¿tendrá eso que ver con que la guayaba ayuda a la fertilidad?  


FIN