sábado, 24 de junio de 2017

Mi corazón distante

Los seres humanos somos benevolentes, sociales y con el don de hacer acciones positivas por naturaleza propia. Yo estoy convencida de ello. Son acciones silentes, sin mucho alboroto que llenan de plenitud al corazón; todo lo contrario a lo negativo, que es mucho más estrepitoso.

En estos tiempos tan convulsivos y con tanta incertidumbre es más retador para mí, practicar acciones que desarrollen la fe y esperanza. Mis pensamientos de optimismo y posibles logros, los atrapo en una red protectora de valor, constancia e ilusión para demostrar que si se puede … que si podemos.

Estar distante empequeñece, pero al mismo tiempo engrandece el poder de estar presente para apoyar y declarar que unidos si podemos. Son muchos los sentimientos encontrados, difíciles de expresar y decido desnudar mi corazón para sentir, entender y crear una armonía de emociones que me permitan seguir con mis experiencias.  

Cada día pongo en práctica mi mejor versión: soy amable, sonrío, reconozco y agradezco lo bueno que tengo, facilito cualquier apoyo y desarrollo hasta seis emociones positivas para sobrepasar las fuerzas contrarias que hoy vivo en la ausencia. Dar mi compañía, escuchar y mirar a los ojos cuando las emociones se abren y se comparte sin siquiera conocerme, me aportan un granito de arena en la gran playa de lo posible, de lo soñado. Son momentos donde aprecio que todos somos seres humanos con las mismas necesidades, donde la compañía amable, positiva y posible se grita en forma silente y fuerte a la vez.

He sentido la solidaridad del extraño, el miedo de una posible replicación, la curiosidad del mal informado. Pero lo que más he vivido es respaldo, apoyo y una particular solidaridad que me llena el corazón, acortando la distancia y haciéndome más presente.

Janet Jiménez
Bogotá, Junio 2017


lunes, 19 de junio de 2017

La última vez...para siempre

   

   Los tiempos de crisis son tiempos de intimar con nosotros mismos, contemplarnos para poder sostenernos. Tiempos en los que impera el miedo por la incertidumbre que acarrean. Miedo e incertidumbre, como dos gemelos, juntos y amenazantes. Para conjurar el miedo habrá que encontrar el significado de la incertidumbre.
    
   Entender y entendernos desde la incertidumbre es quizá la tarea más estéril emprendida. Hacer de ella una manera de vivir es como vivir en una ola, siempre en movimiento, sin asideros que nos sostengan, inmersos en el espacio egoísta de la ola misma, pues no puede haber otra ola que la acompañe. Destinados irremediablemente a desplomarnos en una orilla, por demás inhóspita, dura,  donde  la fuerza se convierte en  vacío, el arrullo en silencio  y el ritmo en soledad. 
    
    Incomprensible situarse en tamaño desatino. Estoy aquí, y ya ese aquí es una certeza. Certeza de que soy, quién soy,  pienso y siento. Certeza de tantas rutas recorridas, que son mías y nadie me las niega. Ni siquiera yo misma. Quizás esta es la parte más dura de la incertidumbre: el desconocimiento. Desconocer el camino andado, con errores y espinas, pero siempre con victorias, porque  no seriamos quienes somos. Desconocer esos rostros que alimentaron ilusiones y construyeron realidades, no como una utopía  de lo que  podrían llegar a ser, sino como certezas que fueron, son y serán.  Y el peor de los desconocimientos, permitir que  la perplejidad ante el otro me haga desconocerme a mí mismo.
      
    En las matemáticas se llama incertidumbre cuando hay un error.  En la vida también. Permitir la incertidumbre cuando hemos vislumbrado el norte, permitir la dispersión de propósitos, enredado en apariencias inútiles y yermas, puede resultar un error muy costoso.  
      
   La potestad del hombre es poder decidir. ¿Cómo decidir desde la incertidumbre?  Imposible trazar  un mapa que nos guíe y un ánimo  lleno de confusión es mal dibujante. Para decidir es necesario confiar. Confiar en lo qué y quiénes somos. Confiar en el camino recorrido.  Confiar en los que caminan con nosotros. Pero  en incertidumbre la confianza es esquiva. Preferimos las aguas movedizas de la ambigüedad, que la claridad en la decisión.
        
   Necesitamos de una fuerza que ahuyente a los fantasmas, las oscuridades y las sombras. Esa fuerza es la pasión por vivir, pasión en la entrega, pasión por dibujar un mapa que sea perdurable, por el que hemos luchado, en el que hemos creído y siempre creeremos.

    El día que hice esta reflexión fue el último día que sentí miedo… para siempre.


Irma Wefer