jueves, 16 de febrero de 2017

Del cacao y otros agradecimientos

Tenía como doce años; mi hermana mayor se acaba de casar. A su marido no se le ocurrió mejor idea que alquilar una hacienda de cacao en Araguita, un sector del Barlovento venezolano. Ella se fue (o se tuvo que ir)  a vivir a la casa de la hacienda, porque ese era el trabajo de su marido y las leyes dicen que así es. Mis padres, como buenos guerreros- aventureros estaban encantados con la idea, y en la primera oportunidad que se pudo, hicimos morrales para ir a ver donde estaba viviendo y nos fuimos. Ya el viaje en carro hasta allá, era un viaje.

No es como ahora que uno va en un ratico a Higuerote y regresa; en aquel entonces no habían autopistas y llegar a Araguita  desde Caracas tardaba como tres horas, lo que ahora se hace en media hora. Llegar en carro a Araguita era lo de menos, el tema era que teníamos que dejar el carro allí, ya que el resto había que hacerlo en otros medios de transporte. El que más, era caminar. Caminamos por dos horas por el bosque húmedo de Barlovento, entre unos árboles gigantes y centenarios que se llaman  "Cucharos o Candelos" (yo pensaba que eran Bucares),  y a cuya sombra, supe después, era que crecían y germinaban las matas de cacao. Los cucharos tiene raíces gigantes, o al menos así parecían en la mirada de un niño de doce. Igual, las fotos que me quedan (diapositivas), revelan que si eran grandes, y existe una foto de mi madre al lado de una raíz, duplicándola en altura.

Entre esos árboles gigantes, donde no llegabas a ver el final por lo altos que eran, caminamos por horas, con una alta humedad, casi sofocante, cruzando riachuelos, quebradas, y caminos de agua, ya que con tal humedad era normal que aparecieran. El terreno era mayormente plano, pero en muchos casos tuvimos que cruzar por un encima de algún tronco caído. Mis padres, eran unos guerreros, pues con su mochila encima, dirigían la caravana, luego venía yo, luego el baqueano, y quizá mi cuñado, en la primera vez que fuimos. No había maletas, solo lo que podíamos cargar en la espalda. De repente, salimos de la media oscuridad y llegamos a un claro de luz; a un mundo marrón; la arena era marrón, el agua era marrón y se movía con un silencioso respeto de quien siendo gigante, se mueve con cautela. Era el río Tuy, que habiendo recibido ya las aguas del río Guaire, adquiere ese color. En esas arenas color oro había que tener cuidado, pues cualquier niño, en un descuido, podía quedar atrapado en arenas movedizas, que una vez que te atrapan no te sueltan hasta engullirte. Menos mal que estaban pendientes de mí, y que sumergido hasta  las rodillas, todavía fue posible rescatarme.

Cruzar el Tuy  también era una aventura. En la orilla había como una tabla grande amarrada con unos cabos que jalaban personas de una orilla a la otra pero que por efectos de las corrientes había que balancear, pues se desplazaba aguas abajo. Al final, el desplazamiento de la balsa era como un triángulo. Se la llevaba el río, cuando te montabas aguas arriba, se bajaba la gente, y la jalaban aguas arriba, para dejarla ir y cruzar nuevamente. Era como una letanía, como una danza de un río poderoso que está como dormido y te permite cruzarle. Luego, en la otra orilla, teníamos que caminar como una hora más por el bosque nuevamente. La misma humedad, la misma sombra, pero esta vez acompañado de un ruido de aguas, esta vez del “Taguasa”, un río pequeño, estrecho, caudaloso y traicionero. (Acabo de saber que ahora le da vida a una represa que surte a la capital). En otra ocasión, ya cuando comenzamos a ir en lancha para ahorrarnos la caminata, pude ver como en la unión de aguas, se mezclaban las aguas negras con el tanino, con la marrón del barro y de la tierra.

Al fin, llegamos a la casa. Me imagino que era un “claro forzado” construido entre árboles talados, hacía mucho tiempo atrás, quizá desde el tiempo de la Colonia y de los “grandes Cacaos”, que eran ricos y poderosos; ya en mi travesía no era así. La casa era sencilla, de una planta, con techos de asbesto ondulado para la lluvia, con muchas ventanas pero con tela metálica para evitar algunas zancudos e insectos. Claro, era así para que, en tanta humedad, el aire circulara a través de las ventanas y redujera la sensación de calor húmedo, que es peor que el calor seco, aunque ese deshidrate. Tenía varias habitaciones, con techos altos que permitían a los murciélagos circular libres de noche, buscando insectos. No había electricidad sino una planta de kerosene que se prendía unas horas en la noche; luego funcionamos con algunas velas que nos acompañaban hasta quedar dormidos. Al terminarse estas, aparecía la oscuridad total, aquella que no conocía ciertamente. En esa casa conocí el maíz pilado y con sus canciones, la pelea de machetes, las pasiones humanas, y algunos insectos extraños para un niño nacido en Caracas, como fue la tarántula gigante y peluda, con quien tuve que acostumbrarme de “cierto modo“,  a convivir y los alacranes.

Pero lo que más recuerdo, aunque ya pasaron más de cuarenta años, fue el olor del cacao. El cacao es una planta no muy alta, que produce sus semillas en el tronco y viven debajo de la sombras de los Candelos, al menos así es en Barlovento, ya que no conozco otras plantaciones. Ya, el olor a hojas secas que caen en el piso mojado prepara al olfato para ciertos olores, pero nada en la vida, nada, como la semilla fresca y babosa del cacao. Además, se colocan así como son, en toneles para que fermenten, y es allí donde los olores alcanzan su máxima expresión; todo se inunda de ese olor, todo. Uno mismo, sudado por tanto calor y tanta humedad, no puede evitarlo aunque se bañe en el río, varias veces al día. Y yo lo podía hacer porque tenía al río Taguasa a pocos metros de la casa, bajando por una pequeña montaña. Además, siendo niño, siempre tuve “cierta independencia”. Luego, el grano se seca al sol con rastrillos, y la piel negra de los trabajadores se mezcla con el color del grano, y el  sudor humano, con la fermentación de la semilla, volviéndose  uno, y hasta que el sol logra secar los últimos vestigios del proceso baboso y oloroso.

Sin embargo no es un recuerdo amargo; por el contrario, cuando uno vive una experiencia que te conecta con el origen de las especies en Venezuela, nunca tu vida vuelve a ser la misma. (Hay estudios que demuestran que el Cacao nació en Venezuela). Los patios de secado de la semilla fermentada,  se encontraban a un costado de la casona y  tenían techos con ruedas que protegen a los granos de las lluvias, en parte. Al secarse los granos se embolsan en sacos tejidos de yute, donde viajan a las plantas procesadoras, o quizá hasta en barcos, para convertirse en otros países, en el delicioso chocolate. Por cierto deben ser los mejores chocolates, pues sin duda, tenemos el mejor cacao del mundo.

Un día, en unos de nuestros viajes de aventuras donde luchaba con grandes raíces que parecían dragones, y en la casona del cacao, vi caer la lluvia. Llovió mucho por muchos días. Mi cuñado tenía que regresar a Caracas,  y  era domingo. Decidió partir; lo malo es que esa decisión nos incluyó. Preparó la lancha en el río Taguasa crecido, y no escuchó las palabras de alarma de los aldeanos. Ninguno,  en su sano juicio se hubiera atrevido a partir en un río crecido y por demás,  lloviendo. Pero así lo hizo. Se montó él y mi hermana, y atrás, mis padres. Yo, estaba en alguna parte del bote. Solo recuerdo de ese día y de ese viaje, de lo que significa vivir una crecida, donde no hay fuerza posible que compita con el agua. Ello, sumado a un árbol que cayó enfrente e hizo que la lancha volteara y quedara trabada en el árbol. Sin embargo nadie cayó al agua, aunque estábamos medio metidos en la crecida y el caos. Era casi imposible salir de eso; me imagino que la mano de Dios enderezó el bote, nos sentó dentro de él,  he hizo que pasáramos por encima. Nadie habló más ese día. Creo que mis padres no volvieron a hablarle. Nadie nunca comentó esto hasta ahora. De hecho, creo que fue el último viaje que hicimos a la tierra del cacao. Y estoy muy agradecido hoy, por poder recordarlo, y por poder contárselos. Es que el cacao, una vez vivido se vuelve parte de nosotros, aunque sin embrago, no lo digamos.

Alberto

Imagen: Tomada de http://revistarioverde.blogspot.com/2011/05/explorando-maravillas.html 

2 comentarios:

  1. Gracias Alberto. Parte de estos hemosos recuerdos nos acompañaron a todos el sábado.

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  2. Beto, esa historia fascinante de tu vida no la conocía. Gracias por compartirla.

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