jueves, 10 de diciembre de 2020

Entre Calidoscopios y rieles

 

   Siempre me ha fascinado la idea del calidoscopio. Versátil, flexible, mientras más se mueve, más colores aparecen. Afortunadamente comparto con gente  cuyos calidoscopios se mueven con una agilidad increíble. No queda sino admirarlos y aprender de ellos. Observarlos desde la curiosidad, desde sus propuestas  y preguntarse ¿De qué me sirve a mí todo esto?  En el calidoscopio, cada color tiene su lugar, pero todos en movimiento. Las formas se juntan y separan, se mezclan y dan lugar a nuevos colores. Aprender es aceptar que nuevos colores hagan parte de ti.

    Vivir en  estos tiempos de pandemia quizás sea una de las experiencias más demandantes en cuanto a aprendizaje de nuestras vidas. Encerrados  en el mapa indescifrable de la incertidumbre, nos vemos obligados a hacernos más dueños de nosotros mismos, a mover el calidoscopio en nuevas direcciones.

    Para comprender la vida, muchos escritores y poetas han utilizado la metáfora del tren. En estos tiempos de parálisis,  yo solo llegué a caminar entre sus rieles. Caminos paralelos que se extendieron simultáneamente: uno, cargado de miedo; el otro, de fe.    

   Mi miedo nada tenía que ver con el encierro o la inseguridad a la que el mundo entero se enfrentaba. Por el contrario, apareció con fuerza  un temor que creía superado: el de soltar a Santiago.  Tenía  miedo de olvidar su voz, su risa. Miedo a que se me olvidara lo que se sentía en su presencia.

     La aceptación del miedo hizo posible una mirada escondida. Siempre vi en Santiago a un espíritu libre, dispuesto a llegar a la montaña más difícil. Mi instinto maternal reaccionó sintiendo miedo.  Esta historia  se repitió muchas veces: cuando decidió que iba a competir en manos libres, cuando se iba a escalar tepuyes, cuando se fue de mochilero por un año por Latinoamérica, cuando se fue a escalar Los Pirineos… Así muchas veces. Su entusiasmo y amor por la montaña te ganaba para acompañarlo en su pasión. Entonces el miedo se disipaba.

    En uno de sus diarios  Santiago escribió: “Que al ver hacia el cielo con humildad y con la esperanza de llegar a un lugar más elevado, sean  la medicina para nuestro corazón y nuestra alma”. Estas palabras me mostraron su voz y el sentir de su presencia. Entonces  vi claro lo  que mi hijo vino a enseñarme con su vida: no es posible amar desde el miedo.    

   Las lágrimas se hicieron presente. Como magia de alquimista transformaron el miedo en paz.

  En  los días siguientes asomó un miedo nuevo, el de perder amigos muy queridos. Este miedo vino acompañado de la tristeza de ver a algunos partir. El calidoscopio del aprendizaje se movía tan rápido que me era imposible asimilarlo.

    Del otro lado de los rieles, en el lado de la fe, vi aparecer mis fortalezas una tras otra. La contemplación de la belleza como refugio. El amor al conocimiento como impulso para certificarme de Master Coach. A veces, desconcentrada, se hacía necesario cambiar el fluir por el compromiso. La generosidad me permitió crear una red de apoyo vecinal que al día de hoy se convirtió en proyecto. Mi curiosidad por el mundo estuvo en el origen de encuentros familiares para el disfrute. Somos de esas familias dispersas en muchos países, y una vez al mes organizamos viajes maravillosos a lugares extraños. Degustamos sus comidas y conocemos sus culturas, todos juntos en una pantalla de zoom. La gratitud, esa ventana que me permite ver la belleza en cada color del calidoscopio. La perspectiva me ayudo a separar lo importante de lo banal, a sumar de los días vividos. El amar y ser amado me afianzó en mí y en mis amores. Debo reconocer que el amar se me hace fácil. El abrazo cercano de Rafael inunda mi ánimo.

     Con nuevos aprendizajes sumé colores a  mis cursos del perdón. Hasta estoy incursionando en temas nuevos como son la honestidad y la coherencia.

     Saber caminar entre rieles paralelos se convirtió en una fortaleza más. Jung me clasificó en la categoría de sanador; en la mitología griega representado por Quirón, el sanador herido. Desde la humanidad de mis heridas puedo sanar y ayudar a otros a sanar. Los dioses eternizaron a Quirón  en la constelación de Sagitario. Soy sagitariana. Como todo sagitariano: expansiva; y, como toda luciérnaga: alegre y perseverante con su luz.

    En mi calidoscopio descubro colores de una belleza nunca imaginados. Los aprendizajes han sido muy profundos. Permanecen en mi disposición a amar con pasión eso que hago, a darme generosamente a quienes amo; a contemplar el mundo desde la admiración, la gratitud y la compasión. Si a ello sumo la experiencia del amor de Dios, que no me abandona, el miedo se hace recuerdo y la fe  camino.

Irma Wefer

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