sábado, 19 de noviembre de 2016


LA TRANSICION



¡Pobre flor! ¡qué mal naciste! 
¡Qué fatal que fue tu suerte! 
Que al primer paso que diste 
Te encontraste con la muerte. 

Así rezaba un verso que mi madre solía recitar. Me dijo que era parte de una poesía que le 
enseñaron en la escuela y que trataba de una flor que nació a la orilla de una tumba.  Me llamaba la atención que dijera "te encontraste con la muerte" y a menudo me hacía reflexionar si la muerte nos busca o nos espera en un determinado momento y lugar. 
Todos llegamos a este plano terrenal con boleto de ida y vuelta, y con fecha de salida "abierta". Hasta ahora nadie se ha liberado de ese viaje final, no hay alternativa, tenemos que aceptar la muerte como algo que forma parte de la vida. 

Muchas religiones coinciden que se trata de una transición. Para los cristianos, el alma se 
desprende del cuerpo y queda a la espera del juicio final que decidirá su destino. Pero a pesar de la fe y la firme creencia de que algo mejor les puede esperar, muchos sienten temor a la muerte, de cruzar ese umbral a lo desconocido. Algunas sociedades evitan hasta hablar de ello, apartan a los niños para que no vean al familiar fallecido, desperdiciando la oportunidad para que vayan aceptando la muerte como algo natural e inevitable. 
  
Cuando mi padre yacía en cama en sus últimos días, una tarde lo conseguí pensativo. Le 
pregunté en qué pensaba. Me dijo que en la muerte, pero que  no le tenía temor, que lo que sentía era tristeza por dejarnos a nosotros. Conociendo su fe en Cristo, traté de calmarlo diciéndole que su tristeza sería corta, por que pronto sentiría la felicidad de encontrarse con el Señor. Que pensara que esa tristeza podría haber sido mayor si hubiese tenido que presenciar la muerte de algunos de nosotros. Los padres prefieren morir antes que cualquiera de sus hijos y en eso él había sido afortunado que nos había visto a todos crecer y estar ahora acompañándole. 
Luego de esa breve conversación noté una ligera sonrisa, que me dio satisfacción porque la 
percibí como aceptación a mis palabras. 
Muchos se aferran a la vida, quizás pensando que la muerte acabará con los placeres, alegrías y posesiones que han alcanzado, sin percatarse que también les eliminará dolores, angustias y preocupaciones. Son los deudos quienes quedan con la tristeza, pena que se atenúa con las fortalezas de la fe y la espiritualidad. 

La partida de un ser querido nos produce sufrimiento, pero si a ese sufrimiento se le consigue sentido, en cierta medida deja de serlo. Así lo explica el Dr. Viktor Frankl en su libro "El hombre en busca de sentido" cuando relata el caso de uno de sus pacientes que llegó a su consulta con una fuerte depresión. Era incapaz de sobreponerse al fallecimiento de su esposa, quien había muerto dos años atrás. El paciente le consultó cómo podría ayudarlo. El doctor, sin mayores comentarios le preguntó: ¿Qué hubiera sucedido si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiese sobrevivido? Bueno -dijo el paciente - para ella habría sido terrible, ¡sufriría muchísimo!  Frankl le dijo: "Lo ve, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento, pero para conseguirlo ha tenido que llorar su muerte y sobrevivirla". El hombre no dijo nada, quedó reflexionando por un momento, tomó la mano del doctor y agradecido abandonó el consultorio. 

Lionel Álvarez Ibarra 
Noviembre  2016 

"El sufrimiento deja de ser sufrimiento, en cierto modo, en cuanto encuentra un sentido, como suele ser el sacrificio"  
Viktor Frankl 

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