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domingo, 26 de noviembre de 2023

Emociones que despiertan en mi, el agradecimiento/Ma Elena Garassini

 Emociones que despierta en mi, el agradecimiento

Amanece un día y tenemos quien nos acompañe, tenemos quien nos salude y a quien saludar 

Amanece un día y tenemos a quien servir y de quien ocuparnos, así como gente que nos sirve y se ocupa de nosotros 

Amanece un día y tenemos energía para disfrutarlo con nuestro cuerpo, con nuestros sentidos 

Amanece un día  y tenemos mucho que aprender y mucho que enseñar 

Amanecen los días y …. tenemos mucho que agradecer 

Estas líneas son la sal de la vida, son la sal de mi vida.

 

¿Qué emociones me despiertan?

Las emociones que me despiertan semejan una elaborada sinfonía de bemoles, corcheas, sonetos, vibratos, en fin…. todas esas maravillas que hacen los grandes músicos y hacemos las personas que tenemos la dicha y el placer de tener mucho que agradecer.

 

Amanece muy temprano el amor, como la reina de las emociones, que nunca viene sola, sino acompañada de la serenidad cuando nos levantamos en un entorno sereno y además bien acompañados, de la alegríaalcomenzar un hermoso y retador días, de la curiosidad y el interés por los que nos rodean y por aprender nuevas cosas, del asombro cuando un lindo paisaje, un hecho heróico, o la belleza física o espiritual de una persona, nos hace detenernos, del orgullo cuando el esfuerzo propio o ajeno ha dado frutos, y se nos enaltece el alma, de la diversión cuando bromeamos con alguien o nos hacemos autobullyng,  de la inspiración cuando escuchamos un testimonio que nos genera mucha compasión y aprendizaje por el sufrimiento y la resiliencia presentada, y finalmente de la esperanza cuando las cosas nuestras, o las de otros no están bien, pero podemos ver una pequeña luz de mejora, y seguimos trabajando y orando por ello.

Con este breve escrito podría decir que el amor y la gratitud son las reinas gemelas de las emociones. Nos hacen sentir que el otro u otros, está o están allí, disfrutamos del placer de sus vidas en las nuestras, honramos su existencia, celebramos juntos la vida.

Gracias escribidores por ser parte de mi vida y de aquellos que despiertan emociones positivas de agradecimiento.

 

María Elena Garassini

Emociones que despiertan mi agradecimiento/Jesucita Peters

 

Autor: Jesucita Peters S.

Fecha: 23 de noviembre 2023


Tema: Emociones que despierta en mí el Agradecimiento.

A lo largo de la vida damos muchas cosas por sentado, sobretodo cuándo somos jóvenes e inexpertos, sin embargo, a medida que vamos transitando nuestro camino, encontramos muchas experiencias que nos llenan de emociones que nos inducen al agradecimiento.

Las vivencias pueden ser significativas en función de la importancia que nosotros les demos en un momento determinado, lo que para otros no es importante, para el que lo está viviendo si lo es, encontrar un puesto de estacionamiento en un lugar abarrotado de vehículos, el no perder el vuelo de avión para un evento importante, momentos de salud de esa persona que forma parte de nuestros afectos, la procura de algo que anhelamos, entre muchas otras cosas, pueden generar en nosotros múltiples emociones para agradecer.

En el día de Acción de Gracias por ejemplo en este país en el que vivo y doy gracias por acogerme, se celebra de manera significativa, pienso que incluso más que la Navidad.

Es una tradición que tiene su origen en 1621, cuando los colonos ingleses celebraron, con los nativos de la zona, el éxito de su primera cosecha durante tres días consecutivos. Me imaginó la multiplicidad de emociones presentes en ese momento, que aún se celebra hasta nuestros días.

En un día como hoy
Doy gracias a la vida por estar en el aquí y el ahora.
Doy gracias por tener mis hijas.
Doy gracias por mis nietos amados.
Doy gracias por mi familia.
Doy gracias por el frío que en estos momentos me acompaña y tener un cálido abrigo que me cobija.
Doy gracias por caminar y sentarme a ver el lago en todo su esplendor.
Doy gracias por ese compartir familiar y entre amigos.
Doy gracias por ese abrazo cálido de ese amor cómplice que me brindan mis nietos.
Doy gracias por el jardín de amigos que cultivo con prestancia y me hacen valorar sus presencias en mi vida,entre los cuales se encuentran todos y cada uno de ustedes.
Doy gracias por los nuevos amigos que empiezo a valorar y apreciar por estos nuevos horizontes.
Doy gracias por las nuevas experiencias vividas, invierno, primavera, verano y otoño esta estación es para mí la más hermosa, ver cómo la naturaleza cambia de colores (naranjas, rojos, morados, blancos) para mí es un regalo de Dios, gracias por poder disfrutarlo.
Doy gracias por vivir en un lugar hermoso y todas las comodidades que nos brinda el imperio.
Doy gracias por despertar con el canto de los pajaritos revoloteando en mi ventana.
Doy gracias por la salud que mi Dios me brinda.

Doy Gracias……
Emociones incontables presentes en estos agradecer.

Feliz día de Acción de Gracias tengan todos, AMIGOS.

No tengo tiempo pero puedo agradecer

 Agradecer

Hoy, me conecto contigo, hermanito, para agradecerte todo lo bueno que me das. Todos los días, es una sorpresa y la espero con algo de entusiasmo. Siempre logras sorprenderme, a veces, con solo pensar en algo me sucede. Ayer, en clase con mis estudiantes, veíamos un vídeo de un robot y un pollito. El robot estaba programado para rodar aleatoriamente; debajo, tenía un lápiz que dibujaba la ruta. Luego, colocaron un pollito recién nacido que seguía al pequeño instrumento como si fuera la mama. La ruta fue aleatoria y el pollito seguía al robot. El tercer ejercicio fue sacar al pequeño pollo y colocarlo fuera en una jaula, en un borde la caja rectangular donde estuvieron juntos. El pollito piaba, y el pequeño bot dibujó su movimiento aleatorio, pero esta vez, muy cerca del animal. Este experimento no tiene explicación aun, como muchas cosas en la vida. Es física cuántica, es terreno no conocido que impacta seguramente al bienestar, a la salud y otros caminos que recién caminamos.

El agradecimiento humano es una fortaleza y una emoción. Ambas son poderosas para el bienestar y alejar la soledad. Si solo la observación humana, puede cambiar un experimento en la doble rendija, o una máquina, y puede reaccionar y cambiar patrones según acontecimientos pasados, me imagino la cantidad de cosas que nos están pasando que no conocemos, tanto en los eventos que intervienen como en sus resultados. Imaginemos entonces la emoción y la fortaleza y su poder en el acompañamiento a otros. Al final, en lo más pequeño del átomo, somos espacio y somos cuerdas de energía.

Hoy agradezco poder dejarme emocionar con lo que no conozco y con lo que puede significar; con los caminos del saber, con las personas que saben mas y que me pueden ayudar a conocer. Quizá, dentro de unos años, hablemos de emociones cuánticas y fortalezas basadas en cuerdas. No sabemos, pero agradezco hoy en día lo que reconozco y aprendo. Te agradezco a ti, hermanito Jesús.


“No tengo tiempo”

Muchas veces usamos esa expresión y se la decimos a otros. Quería reflexionar sobre eso. Hoy estaba en el barbero cortándome el pelo. Creo que es un hombre sabio. Me contaba de cómo la gente que se entrega a su trabajo y se olvida del resto, no se percata que la salud se cuida, aun cuando la tenemos en abundancia. Es como llegar a tener un ahorro en la vejez. Me decía que le recomendaba a su hijo que hiciera ejercicio, que luego es más difícil remontar. Me contó que le dijo, -Yo soy solo 29 años mayor que tu y tengo mejor salud-. Poderosa reflexión considerando la relación entre ambos.

Cuando decimos que “no tengo tiempo” o “no puedo”, lo decimos o interpretamos  desde dos puntos distintos. Uno, es de quién lo dice, que es como para que nos demos cuenta de que tiene cosas que resolver y que “está ocupado (a)”, pero también, desde el que escucha, donde uno interpreta que el otro dice, “tengo algo más importante que hacer” o “ahora eso no es mi prioridad”. Sabemos que el tiempo no es una cosa, lo que es, es como organizamos las actividades y como las priorizamos. El tiempo es un concepto,! no lo tenemos o lo tenemos!, aunque se pueda medir. Ambas miradas, del que nos ofrece su juicio, suelen ser dolorosas para el que escucha, pues por una parte pretende que los comprendamos y por otra, que nos demos cuenta que algo ha dejado de ser. Concluimos ambos al final, que lo mejor, a veces, es guardar silencio y no excusarse.

jueves, 16 de febrero de 2017

Del cacao y otros agradecimientos

Tenía como doce años; mi hermana mayor se acaba de casar. A su marido no se le ocurrió mejor idea que alquilar una hacienda de cacao en Araguita, un sector del Barlovento venezolano. Ella se fue (o se tuvo que ir)  a vivir a la casa de la hacienda, porque ese era el trabajo de su marido y las leyes dicen que así es. Mis padres, como buenos guerreros- aventureros estaban encantados con la idea, y en la primera oportunidad que se pudo, hicimos morrales para ir a ver donde estaba viviendo y nos fuimos. Ya el viaje en carro hasta allá, era un viaje.

No es como ahora que uno va en un ratico a Higuerote y regresa; en aquel entonces no habían autopistas y llegar a Araguita  desde Caracas tardaba como tres horas, lo que ahora se hace en media hora. Llegar en carro a Araguita era lo de menos, el tema era que teníamos que dejar el carro allí, ya que el resto había que hacerlo en otros medios de transporte. El que más, era caminar. Caminamos por dos horas por el bosque húmedo de Barlovento, entre unos árboles gigantes y centenarios que se llaman  "Cucharos o Candelos" (yo pensaba que eran Bucares),  y a cuya sombra, supe después, era que crecían y germinaban las matas de cacao. Los cucharos tiene raíces gigantes, o al menos así parecían en la mirada de un niño de doce. Igual, las fotos que me quedan (diapositivas), revelan que si eran grandes, y existe una foto de mi madre al lado de una raíz, duplicándola en altura.

Entre esos árboles gigantes, donde no llegabas a ver el final por lo altos que eran, caminamos por horas, con una alta humedad, casi sofocante, cruzando riachuelos, quebradas, y caminos de agua, ya que con tal humedad era normal que aparecieran. El terreno era mayormente plano, pero en muchos casos tuvimos que cruzar por un encima de algún tronco caído. Mis padres, eran unos guerreros, pues con su mochila encima, dirigían la caravana, luego venía yo, luego el baqueano, y quizá mi cuñado, en la primera vez que fuimos. No había maletas, solo lo que podíamos cargar en la espalda. De repente, salimos de la media oscuridad y llegamos a un claro de luz; a un mundo marrón; la arena era marrón, el agua era marrón y se movía con un silencioso respeto de quien siendo gigante, se mueve con cautela. Era el río Tuy, que habiendo recibido ya las aguas del río Guaire, adquiere ese color. En esas arenas color oro había que tener cuidado, pues cualquier niño, en un descuido, podía quedar atrapado en arenas movedizas, que una vez que te atrapan no te sueltan hasta engullirte. Menos mal que estaban pendientes de mí, y que sumergido hasta  las rodillas, todavía fue posible rescatarme.

Cruzar el Tuy  también era una aventura. En la orilla había como una tabla grande amarrada con unos cabos que jalaban personas de una orilla a la otra pero que por efectos de las corrientes había que balancear, pues se desplazaba aguas abajo. Al final, el desplazamiento de la balsa era como un triángulo. Se la llevaba el río, cuando te montabas aguas arriba, se bajaba la gente, y la jalaban aguas arriba, para dejarla ir y cruzar nuevamente. Era como una letanía, como una danza de un río poderoso que está como dormido y te permite cruzarle. Luego, en la otra orilla, teníamos que caminar como una hora más por el bosque nuevamente. La misma humedad, la misma sombra, pero esta vez acompañado de un ruido de aguas, esta vez del “Taguasa”, un río pequeño, estrecho, caudaloso y traicionero. (Acabo de saber que ahora le da vida a una represa que surte a la capital). En otra ocasión, ya cuando comenzamos a ir en lancha para ahorrarnos la caminata, pude ver como en la unión de aguas, se mezclaban las aguas negras con el tanino, con la marrón del barro y de la tierra.

Al fin, llegamos a la casa. Me imagino que era un “claro forzado” construido entre árboles talados, hacía mucho tiempo atrás, quizá desde el tiempo de la Colonia y de los “grandes Cacaos”, que eran ricos y poderosos; ya en mi travesía no era así. La casa era sencilla, de una planta, con techos de asbesto ondulado para la lluvia, con muchas ventanas pero con tela metálica para evitar algunas zancudos e insectos. Claro, era así para que, en tanta humedad, el aire circulara a través de las ventanas y redujera la sensación de calor húmedo, que es peor que el calor seco, aunque ese deshidrate. Tenía varias habitaciones, con techos altos que permitían a los murciélagos circular libres de noche, buscando insectos. No había electricidad sino una planta de kerosene que se prendía unas horas en la noche; luego funcionamos con algunas velas que nos acompañaban hasta quedar dormidos. Al terminarse estas, aparecía la oscuridad total, aquella que no conocía ciertamente. En esa casa conocí el maíz pilado y con sus canciones, la pelea de machetes, las pasiones humanas, y algunos insectos extraños para un niño nacido en Caracas, como fue la tarántula gigante y peluda, con quien tuve que acostumbrarme de “cierto modo“,  a convivir y los alacranes.

Pero lo que más recuerdo, aunque ya pasaron más de cuarenta años, fue el olor del cacao. El cacao es una planta no muy alta, que produce sus semillas en el tronco y viven debajo de la sombras de los Candelos, al menos así es en Barlovento, ya que no conozco otras plantaciones. Ya, el olor a hojas secas que caen en el piso mojado prepara al olfato para ciertos olores, pero nada en la vida, nada, como la semilla fresca y babosa del cacao. Además, se colocan así como son, en toneles para que fermenten, y es allí donde los olores alcanzan su máxima expresión; todo se inunda de ese olor, todo. Uno mismo, sudado por tanto calor y tanta humedad, no puede evitarlo aunque se bañe en el río, varias veces al día. Y yo lo podía hacer porque tenía al río Taguasa a pocos metros de la casa, bajando por una pequeña montaña. Además, siendo niño, siempre tuve “cierta independencia”. Luego, el grano se seca al sol con rastrillos, y la piel negra de los trabajadores se mezcla con el color del grano, y el  sudor humano, con la fermentación de la semilla, volviéndose  uno, y hasta que el sol logra secar los últimos vestigios del proceso baboso y oloroso.

Sin embargo no es un recuerdo amargo; por el contrario, cuando uno vive una experiencia que te conecta con el origen de las especies en Venezuela, nunca tu vida vuelve a ser la misma. (Hay estudios que demuestran que el Cacao nació en Venezuela). Los patios de secado de la semilla fermentada,  se encontraban a un costado de la casona y  tenían techos con ruedas que protegen a los granos de las lluvias, en parte. Al secarse los granos se embolsan en sacos tejidos de yute, donde viajan a las plantas procesadoras, o quizá hasta en barcos, para convertirse en otros países, en el delicioso chocolate. Por cierto deben ser los mejores chocolates, pues sin duda, tenemos el mejor cacao del mundo.

Un día, en unos de nuestros viajes de aventuras donde luchaba con grandes raíces que parecían dragones, y en la casona del cacao, vi caer la lluvia. Llovió mucho por muchos días. Mi cuñado tenía que regresar a Caracas,  y  era domingo. Decidió partir; lo malo es que esa decisión nos incluyó. Preparó la lancha en el río Taguasa crecido, y no escuchó las palabras de alarma de los aldeanos. Ninguno,  en su sano juicio se hubiera atrevido a partir en un río crecido y por demás,  lloviendo. Pero así lo hizo. Se montó él y mi hermana, y atrás, mis padres. Yo, estaba en alguna parte del bote. Solo recuerdo de ese día y de ese viaje, de lo que significa vivir una crecida, donde no hay fuerza posible que compita con el agua. Ello, sumado a un árbol que cayó enfrente e hizo que la lancha volteara y quedara trabada en el árbol. Sin embargo nadie cayó al agua, aunque estábamos medio metidos en la crecida y el caos. Era casi imposible salir de eso; me imagino que la mano de Dios enderezó el bote, nos sentó dentro de él,  he hizo que pasáramos por encima. Nadie habló más ese día. Creo que mis padres no volvieron a hablarle. Nadie nunca comentó esto hasta ahora. De hecho, creo que fue el último viaje que hicimos a la tierra del cacao. Y estoy muy agradecido hoy, por poder recordarlo, y por poder contárselos. Es que el cacao, una vez vivido se vuelve parte de nosotros, aunque sin embrago, no lo digamos.

Alberto

Imagen: Tomada de http://revistarioverde.blogspot.com/2011/05/explorando-maravillas.html