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sábado, 13 de agosto de 2022

Lionel Álvarez/Chocolate

 SIN CHOCOLATE NO HAY PARAISO


Estaba mi hermana Eliza hablando con una amiga por teléfono, y le comentaba que su hija Sandra, se encontraba estudiando en Canadá. María, la señora que ayudó a criar a sus hijos, muy seguramente escuchó la conversación, porque más tarde le preguntó: Señora Eliza, ¿en dónde es que está estudiando Sandrita?

— En Canadá María, en Canadá.

— Pero usted me había dicho otro lugar, algo como “Cocosette”...”Ping Pong”...

— ¡Por Dios María, no me hagas reír! ¡Toronto!, que es una ciudad de Canadá.

En ocasiones, rememoramos con agrado aquella simpática ocurrencia, y el Toronto me hace recordar, uno de los primeros  chocolates que conocí.

Lo poco que sé sobre cacao y chocolate, no lo aprendí en la escuela, donde sólo me enseñaron que, en los tiempos de la colonia, Venezuela fue la mayor exportadora de cacao entre las colonias hispanas productoras del fruto.

Mis conocimientos sobre el tema se ampliaron algo, cuando viajé con mi familia a la población de Canoabo, en el occidente del estado Carabobo. Allí visitamos una finca de cacao que produce chocolate, en donde nos unimos a un recorrido guiado. Por primera vez vi a un cacaotero, y me llamó la atención que la fruta, en forma de baya, brotara directamente del tallo. Nos abrieron una de ellas para que viéramos internamente sus semillas, que son blancas. Alguien preguntó,  porqué el chocolate era entonces marrón. Le explicaron que los granos se tornan de un marrón rojizo durante el proceso de  secado.

La recolección del cacao es una tarea delicada y laboriosa, ya que no todas las bayas maduran al mismo tiempo. Esto impide una recolección mecanizada, y debe hacerse de manera manual. El guía iba explicando las distintas etapas que siguen luego de la recolección, pero el agradable aroma a chocolate que se desprendía de los hornos me distrajo, y apenas recuerdo  someramente los pasos: ...selección del grano...fermentación...secado...tostado...

Regresé a Valencia muy satisfecho con el tour, y curioso por conocer más sobre el  “Theobroma cacao”, nombre científico que le asignó el naturalista Carlos Linneo a la planta, basado en las creencias de los mayas y aztecas, y cuyo significado en latín es “alimento de los dioses”. 

La mayoría de los historiadores coinciden en ubicar su origen en México, sin descartar otros posibles lugares, como Honduras y Ecuador. Era un alimento de gran valor, hasta el punto de ser utilizado como moneda de cambio. Los aztecas tostaban y mezclaban las semillas con agua, dando como resultado una bebida oscura, amarga y espesa a la que llamaban “xocolatl”, cuyo significado en nahuatl, se puede traducir como agua amarga. Era muy fuerte, y los  investigadores aseguran que  su sabor no era nada comparable al del chocolate actual.

Cuando los conquistadores llegaron a Venezuela, el cacao ya se encontraba extendido en diversas regiones del país. Luego, se hicieron famosas las plantaciones de Barlovento, bajo el cuidado de monjes capuchinos. Se cotizaba a un precio alto, y los mantuanos, que eran los dueños de casi todas las haciendas de cacao, se hicieron inmensamente ricos, de allí la expresión de “los grandes cacaos”.

En el siglo XVI, los españoles llevaron la bebida a España, en donde le cambiaron la fórmula inicial, la endulzaron con azúcar, mejorando (al menos para su gusto) su sabor. De España se extendió por las diferentes cortes europeas, siempre como bebida, hasta bien avanzado el siglo.

El 1867, Henri Nestlé, el empresario suizo nacido en Alemania, creó la leche en polvo, una combinación de leche de vaca, harina de trigo y azúcar, un invento que desempeñó un papel clave en la posterior evolución del chocolate. En 1875, el suizo Daniel Peter, se unió a Nestlé, no sólo como socio, sino también como yerno, y tras años de experimentos, logró mezclar la leche con el chocolate, naciendo así el primer chocolate con leche.

En 1936, aprovechando una sobreproducción de leche, la Nestlé lanzó al mercado el chocolate blanco, que no contiene granos de cacao, y es elaborado con la manteca del cacao, leche, azúcar y otros aditivos como harina y almidón.

De aquella primera bebida que disfrutaban los aztecas hasta la tableta de chocolate que saboreamos hoy, ha habido una gran evolución. La industria actual del chocolate sigue normas internacionales que especifican el porcentaje mínimo que debe tener cada componente según el tipo de chocolate. 

Hoy en día, la producción mundial de cacao y chocolate está dominada por una decena de empresas trasnacionales, y África Occidental provee el 70% del cacao que se consume en el mundo.  La producción venezolana de cacao es limitada, pero el prestigio de su calidad se mantiene, y es reconocida en todas partes.

Hay estudios que aseguran, que el consumo de chocolate produce en nuestro organismo emociones muy similares al amor y la alegría. La principal responsable de ésta percepción sería la feniletilamina, conocida como la hormona del enamoramiento. Además, el chocolate posee teobromina, que puede aumentar la líbido, ¿Será por eso que obsequiar chocolates está entre las preferencias de muchos enamorados?

Especialistas de diferentes disciplinas le atribuyen también otras bondades: Estimula el sistema nervioso central; mejora el rendimiento cognitivo y disminuye el riesgo de demencia; estimula la hormona serotonina, mejorando el humor y aliviando el estrés; induce la liberación de endorfinas, que tienen la función de reducir los dolores físicos y crear una sensación de bienestar, alegría y felicidad...

¡Pero mucho cuidado! Los beneficios provienen realmente del  cacao. Así que, si desea sacarle provecho a alguna de esas supuestas virtudes, debe elegir un chocolate que contenga al menos un 70% de cacao. ¡Olvídese del chocolate blanco y del chocolate con leche! Busque el más negro y más puro, el conocido como chocolate amargo, y si no contiene azúcar...¡mucho mejor!

Lionel Álvarez Ibarra
Agosto, 2022

lunes, 4 de enero de 2021

la maleta/Lionel Álvarez

 LA MALETA


Soy de los años sesenta, modelo italiano, de piel fina y de buena presencia. En Europa me conocían como "valija" (valigia, nella mia lingua madre), pero tan pronto llegué a Venezuela me llamaron "maleta", algo que no me agradó. No solamente porque el nombre sea feo, sino que luego me enteré que, acá, es sinónimo de malo, inútil e incapaz.

Por muchos años acompañé a mi dueño, en sus viajes de vacaciones y de negocios, irradiándole, con mi presencia, "elegancia y categoría". Eran tiempos de la democracia, hasta con poco dinero se podía viajar, aprovechando aquellas inolvidables ofertas de "¡viaje ahora y pague después!".

Todavía me sentía en muy buena forma, cuando la señora de la casa, por allá por los años setenta, se antojó de adquirir unas nuevas que estaban muy de moda. No me gustó que dijera, como justificación:"es que esa italiana es muy delicada". Recuerdo que eran unas "Sansonite" y las vendían en juego, dos maletas grandes y una pequeña que llamaban “neceser”.  Fue así como pasé a la reserva, dejaron de usarme y comenzaron a viajar con las nuevas, que revestidas de una fibra vulcanizada, eran muy fuertes, y aguantaban los rudos maltratos a que somos sometidas en nuestros viajes.

Pero a finales de los 80 comenzaron a ocurrir cambios importantes en nuestra especie. Una nueva generación de maletas salió al mercado, fabricada con textiles muy resistentes y muy livianos, en vistosos colores, con asas telescópicas y cierres de seguridad. Pero lo más importante fueron ¡las ruedas! Los pasajeros no tenían que cargarnos en peso, como hacían conmigo; ahora las llevaban a su lado, halándolas, o empujándolas sin mayor esfuerzo, como ágiles bailarinas deslizándose sobre hielo.

Entonces, las otrora pretenciosas "Sansonite" también fueron desplazadas y vinieron a hacerme compañía, arrumadas acá, en el tramo más alto del armario. Con tantas maletas nuevas, más  nunca nos llevaron a viajar, y no los culpo,  tenían razón, no van a cargar con unas viejas, cuando pueden rodar suavemente a unas jovencitas.

Las últimas veces que me sacaron, fue para pasearme por el vecindario. Una tradición que se hizo popular, creyendo que eso les traería suerte y comenzarían a viajar mucho. Apenas se daban el abrazo de fin de año, la gente salía a recorrer las calles aledañas portando maletas. Siempre me dejaban de última, y solo cuando no habían suficientes maletas, llegaba alguien que me sacaba del clóset; por lo general de mala gana, y muchas veces escuché decir, con resignación: "¡qué "salao", me tocó la vieja sin ruedas!".

La maleta quizás sea uno de los elementos más emblemáticos de la Venezuela de los últimos años, cuando millones de venezolanos hicieron las suyas y emigraron, en búsqueda de libertad y mejor futuro para sus hijos. Sin embargo, no siento que represente al emigrante en su totalidad.

Aunque el dicho popular dice que "Por la maleta se saca al pasajero",  eso suele dar una falsa imagen del portador, se lo digo yo, que soy una valija ya de 65 años y con larga experiencia. Recuerden que son sabios también los dichos que dicen: "las apariencias engañan" y "el hábito no hace al monje".

Nosotras, con nuestra apariencia, podemos  impresionar los sentidos de cualquier observador, quien puede inferir, muchas veces equivocadamente, si el pasajero tiene dinero, bienes, posición social, profesión... Podría deducir, por nuestro aspecto, a que se dedica y que tiene el viajero, pero nunca le diremos, lo que es como persona. No deben confundir lo que se es, con lo que se hace o se tiene, que son cosas muy distintas.

Si desea realmente conocer al pasajero ¡olvídese de mi! ¡Ni siquiera me vea! Es cierto que él coloca dentro de mí, sus prendas y  artículos personales, que le son útiles y necesarios, pero sus posesiones más valiosas no me las confía, eso lo lleva consigo: emociones, sentimientos, vivencias, ilusiones, sueños y esperanzas; su tierra, su familia, sus amigos, y sus más bellos recuerdos, que almacena en su memoria episódica, los comprime en PDF para que entre todo en su corazón.

Para conocer verdaderamente a la persona, debe desvestirla de todo ese "ropaje superficial" y sintonizarse con ella de corazón, porque como bien dice "El Principito": "Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos."

Lionel Álvarez Ibarra
Diciembre  2020

lunes, 28 de septiembre de 2020

Lionel Alvarez/Septiembre 2020

 6 MESES DESPUÉS, ¿AHORA QUIÉN SOY?

Hace ya más de seis meses que se inició este confinamiento que, en principio,  se nos presentó como una "cuarentena", pero ya llegó a "cientochentena", sigue adicionándose días, y no sabemos hasta cuando.
En ese lapso por supuesto que hemos cambiado. Aunque veamos nuestro cuerpo como una estructura bastante permanente, gran parte de él se encuentra en estado de flujo constante. Muchas de nuestras células de marzo ya desaparecieron. De acuerdo con los biólogos moleculares, el cuerpo humano se reemplaza completamente a sí mismo, con un nuevo conjunto de células, en periodos de siete a diez años.
Por lo general, las personas cuando se observan diariamente en el espejo, no se percatan tanto de sus cambios, pero sí perciben los de sus allegados, cuando los ven. Haga una prueba y asista a ese reencuentro con sus compañeros de promoción. Se dará cuenta de lo deteriorado que se ve Eleuterio, el otrora galán del salón; también notará que de la belleza de Marcolina, y de aquel cuerpazo, solo quedan vestigios. Esa noche, sus oídos le zumbarán, por los comentarios que los asistentes estarán haciendo de usted y de su arrugado envoltorio.

No hay dudas de los cambios biológicos que debemos haber experimentado en estos seis meses, pero, ¿que decir de los cambios emocionales?
La pandemia puso al mundo "patas pa'arriba" e hizo cambiar nuestras costumbres, rutinas, y hábitos. Nos ha dificultado participar en nuestros rituales familiares: cumpleaños, bautizos, graduaciones, bodas... No haber podido acompañar en la enfermedad, ni despedirnos de nuestros seres queridos, ha sido doloroso. Todo ello provoca cambios continuos en nuestro estado de animo.

El cerebro, que está diseñado para la supervivencia, cuando se ve inmerso en un mundo tan incierto como el que ha creado la pandemia, lo percibe como de peligro, y se activa automáticamente el mecanismo del miedo, ese que nos prepara para la lucha o la huida. El doctor Mario Alonso Puig señala que, durante la activación, se libera mayor cantidad de cortisol en el torrente sanguíneo, afectando las defensas del organismo. Explica que en nuestro sistema inmune existe un "escuadrón élite", las llamadas células NK (del inglés Natural Killer), que son linfocitos entrenados específicamente para la destrucción de tumores y virus; y se ha conseguido que el exceso de cortisol neutraliza la efectividad de esos NK, dejándonos en desventaja ante el ataque viral. Es normal que sintamos miedo, pero es necesario  llenarse de valor y defender todo aquello que merece la pena defender, que en este caso es nuestra vida.

¿Y ahora quien soy? Un ser cambiante, porque como decía Ortega y Gasset: "No somos participio, somos gerundio", queriendo indicar que no estamos hecho del todo sino que poco a poco nos vamos haciendo. No es fácil responder esa interrogante, porque el ser humano no tiene idea de quién es. Nos confundimos con lo que hacemos y lo que tenemos, que son cosas distintas. Somos como una cebolla envuelta en capas, las primeras capas representan lo que pretendemos o aparentamos ser. Conocernos, es pelar todas esa capas, hasta llegar a nuestra esencia, nuestro verdadero ser.
Una pregunta distinta sería: ¿qué cambios hemos percibido en nosotros, luego de estos seis meses?
Este sacudón nos está enseñando a ser más reflexivos, a reconocer nuestras virtudes y debilidades y a aceptar lo pequeño y vulnerable que somos. A valorar tantas cosas que antes ignorábamos y ahora estamos aprendiendo a apreciar: el amor, la amistad, la compasión, la cooperación, la fe, la esperanza, la gratitud, la humildad...¡la salud!
Disfruto y agradezco, por citar un ejemplo, el concierto que todas las mañanas, bien temprano, vienen a trinar decenas de pajaritos a mi ventana ¿venían ellos antes de la pandemia? Probablemente sí, pero no lo recuerdo, quizás no les ponía atención.

Ojalá, que en la travesía de esta tempestad, millones  de personas puedan agregar valor a su Ser -con mayúsculas-  hasta alcanzar un crecimiento personal y espiritual  que los  lleve a  la mejor versión de sí mismos y puedan contribuir a un mundo post pandemia mejor.

Lionel Álvarez Ibarra
Septiembre 2020

domingo, 30 de agosto de 2020

Los miedos secretos/Lionel Alvarez

Vi correr algo por la orilla de la pared, tan rápido que no logré identificarlo. Me asomé al pequeño baño de servicio, y ¡allí estaba! Como me temía, ¡era una rata! Busqué al gato de la casa  -el viejo Jim-, lo metí dentro del baño y cerré la puerta. Esperé como unos veinte minutos, cuando abrí de nuevo, Jim salió ¡como alma que llevaba el diablo!

El bañito era muy pequeño, de tan solo un metro cuadrado. Decidí entrar, cerré la puerta, me monté sobre el inodoro, y con un palo de escoba intenté darle por la cabeza. El animal comenzó a chillar horriblemente, a dar brincos y a tratar de morderme a la cara. Solté el palo y salí ¡más asustado que Jim! 

Recuerdo el evento como mi primera experiencia de miedo intenso; dicho de manera coloquial: "se me pusieron de corbata". La rata decidió atacar y yo decidí huir. Mientras me recuperaba del escalofrío, y con la respiración todavía alterada, podía oír claramente los latidos de mi corazón. Es una experiencia que poco he compartido, así que pudiéramos decir, se trata de un secreto.

Todos, sin excepción, hemos sentido miedo en algún momento. Hasta los más valientes, esos que hacen la cola para subir a las aterradoras montañas rusas, sonreídos y llenos de entusiasmo, llevan su miedo oculto. Coraje no es ausencia de miedo, es actuar a pesar de tenerlo.
El miedo es una emoción básica, y no tenemos por qué sentir vergüenza en reconocer que lo sentimos. Cuando niños, lo demostramos de manera natural, pero en la medida que vamos creciendo, moldeados por la cultura, comenzamos a pensar que no deberíamos mostrarlo en público, quizás porque tememos pueda ser interpretado como cobardía.

Tal Ben Shahar, profesor de Psicología en la Universidad de Columbia, explica que cuando tratamos de bloquear o suprimir una emoción -como el miedo, por ejemplo-, ocurre lo contrario, ella se intensifica. La paradoja es que cuando la aceptamos es cuando se debilita.  Comenta que cuando comenzó a dar clases, el desafío más grande que enfrentó fue su timidez, que lo ponía nervioso al presentarse ante una audiencia. Al principio trató de neutralizarla con actitudes mentales positivas, como: " tranquilo, todo va a estar bien, lo puedes hacer, nada que temer..." el resultado era que su miedo se incrementaba. Dejó de usar esa estrategia luego de leer el trabajo de investigación del psicólogo Daniel Wegner, de la Universidad de Harvard, que desarrolló una teoría que llamó, "Teoría de los procesos irónicos", en donde demuestra que, intentar suprimir un pensamiento, es la mejor manera de que este pensamiento regrese una y otra vez.

Los mecanismos del miedo con los que la naturaleza nos ha dotado, fueron muy valiosos a lo largo de la evolución, permitiendo detectar las amenazas, antes de que fuera demasiado tarde, y eso fue determinante para la supervivencia de la especie.
Están bien identificados los detalles fisiológicos de cómo el miedo prepara al organismo para responder ante el peligro, ya sea: la huida, el ataque o el bloqueo. La sangre se va a los músculos de las piernas, para facilitar la huida, quedando el rostro pálido. El cuerpo se congela y un torrente de hormonas circula por el organismo.
Hoy en día, es poco probable que nos consigamos de frente ante un depredador, pero nuestro mecanismo del miedo sigue activo, en alerta continua, tratando de captar cualquier cosa que pueda suponer un peligro.

Pero no siempre el miedo surge ante un hecho real y presente. Generamos temores por situaciones que no han ocurrido, pero que pensamos, pudieran suceder en el futuro, como: perder el empleo, que nos aplacen en un examen, que no consigamos las medicinas, que nos atraquen en la esquina... Son solo posibilidades, pero nuestra mente no diferencia un riesgo real de uno imaginado, y es suficiente para comenzar a sentir los efectos fisiológicos del miedo.

Winston Churchill dejó escrito: “Me he pasado la mitad de mi vida preocupándome por cosas que nunca me ocurrieron”.  De allí la importancia de silenciar nuestra mente, de calmarla, acudiendo a nuestros espacios de silencio, serenidad, quietud, meditación y oración.

Lionel Álvarez Ibarra
Agosto 2020

"Bajo la máscara de la temeridad se ocultan grandes temores".
Marco Anneo Lucano.  Poeta romano.

domingo, 24 de mayo de 2020

El futuro que queremos. Lio Alvarez

En el año 2002, en un viaje a Caracas, junto con un compañero de trabajo, entramos a una estación del metro. Nos conseguimos grupos de hombres y mujeres, con franelas rojas, gritando consignas y cantando a todo volumen canciones de Ali Primera. Mi amigo me comentó en voz baja: "El futuro del metro lo veo muy mal".
Esta semana hablé con mi ex compañero -vive en el exterior- y recordamos aquel momento. Trató de jactarse de lo acertado que había sido en su predicción. Lo contuve y le dije: bueno, tampoco es para que te creas un vidente, lo que tuviste fue un lógico presentimiento, no era necesario ser futurólogo, para predecir lo que vendría. Aunque no estaría nada mal -le agregué -si descubrieses que tiene dotes ocultos para pronosticar el futuro. Le comenté sobre aquel operario de la compañía, que después que lo botaron, se convirtió en el brujo de su pueblo, y se decía que había hecho mucho dinero. Nos despedimos, y entre bromas y risas, dijo  que buscaría un curso "on line" de clarividencia.
Es increíble cómo la gente hasta paga para conocer su futuro ¿Cuál será el apuro por el futuro? Unas ansias que parecieran hasta absurdas, si consideramos que la "sal de la vida" es precisamente ese misterio que rodea nuestro porvenir. Si algún adivino nos propusiera adelantarnos cómo serán nuestras vidas, con todas sus venturas y desventuras, de seguro que a muchos  les daría miedo, y declinarían, por el solo  temor de  perder hasta el interés por vivir.

Sin embargo, tenemos que admitir, que no es fácil desvincularse del porvenir. En el mundo actual, las compañías, las organizaciones y hasta los mismos países, elaboran planes y programas proyectando siempre hacia el futuro. Por supuesto, el futuro que proyectan en su "visión" obviamente siempre es  mejor que lo que viven en el presente. Un futuro deseable y promisorio que motive a todos a trabajar para su alcance. Ningún país va a elaborar un plan de la nación visualizando un futuro que los lleve a la carraplana. Bueno, aquí habría que hacer un comentario aparte para entender el caso de Venezuela, en donde ¡hasta  el futuro se robaron!

Esta paralización del mundo que actualmente estamos viviendo, consecuencia de la pandemia, nos agarró desprevenidos. Nadie se lo imaginó, y que no me venga ningún vidente a decir que lo había predicho.  Millones de personas se están preguntando ahora: ¿Qué viene después de esto?

¿Qué futuro nos espera? Hay muchos  cambios que ya venían dándose desde antes.  El trabajo "on line", por ejemplo, ya era práctica habitual en muchas organizaciones, adoptado para bajar costos. El empleado también ahorra en tiempo de traslado, mantenimiento de vehículo, se  descongestionan las vías y otra serie de ventajas. Posiblemente continúe la tendencia de disminución de la mano de obra, con la automatización  y la utilización de robots; y al momento de contratar nuevos empleados, se les dará preferencia a algunas profesiones y competencias, sobre otras que han comenzado a perder vigencia. El mundo se irá paulatinamente normalizando, y muchos cambios, que ya venían en progreso, y otros que pudieran surgir, probablemente se intensifiquen o amplíen.

Si predecir el futuro es difícil, en Venezuela es casi imposible. Ni las leyes físicas se cumplen. Si se lanza un paquete de harina PAN al aire, en cualquier  lugar del mundo, éste caerá de acuerdo con la ley de gravedad, pero acá, antes de llegar a su altura máxima ¡desaparecerá! Luego aparecerá en las manos del "hombre nuevo", quien iniciará su cadena de "bachaqueo", y paradójicamente exigirá  el pago ¡en dólares! la moneda del aborrecido imperio.

No podemos predecir el futuro porque no tenemos dotes premonitorios. Pero si podemos manifestar "el futuro que queremos".  Antes que patria, preferimos un país decente, de gente honesta y trabajadora, como siempre fue el venezolano: alegre, solidario, agradecido, creativo y con sentido de humor. Deseamos ver la reconstrucción de un país sobre bases sólidas de valores y principios, que sustenten fuertemente la institucionalidad que nunca debimos haber perdido. Que se recupere la libertad y la justicia, la asistencia médica, la educación, la cultura, el deporte, la seguridad...Que se reunifique la familia venezolana, que podamos abrazar a nuestros seres queridos cada vez que deseemos y los abuelos puedan conocer a sus nietos.


Lionel Álvarez Ibarra
Mayo 2020

domingo, 26 de abril de 2020

El espíritu joven. Lionel Alvarez

Ese fin de semana tenía una fiesta y decidí comprarme un traje nuevo. Llegué a la tienda y de inmediato la vendedora, una agradable joven, bella y atractiva, me atendió. Me mostró diferentes modelos, y a todos, como tratando de halagarme, decía que me quedaban muy bien. Luego de escoger el que me llevaría, me dijo que iba a necesitar una corbata, y fue cuando me preguntó: ¿Usted es moderno o conservador?  Viéndola de nuevo, "de cabo a rabo", y deteniéndome un poco en esa última parte, le respondí que era muy moderno.
Ese sábado asistí a la fiesta y gocé como nunca (o como siempre), y aunque escuché comentarios positivos sobre mi "moderna corbata", no influyó para nada en el agradable momento que compartí,  y que me hizo disfrutar del "espíritu joven" de amigos y familiares.

Los señuelos de la publicidad son muy efectivos ¡Luzca más joven! ¡Véase más joven! Proliferan muchos en cosméticos y prendas de vestir. Podemos así conseguir a Clotilde, una señora ya mayor, luciendo una minifalda y mostrando lo poco que queda de atractivo de sus canillas, persuadida de que es la moda. O a Don Fulgencio con tatuajes y llevando la camisa por fuera porque así la llevan sus nietos, y se junta con los muchachos (así no sea bienvenido) porque eso lo hace lucir más joven. De todo hay en la viña del señor y cada quien es libre de hacer lo que le plazca. En las enseñanzas de Coaching aprendemos que no debemos agregar salsa de "AJO" en nuestros acompañamientos. En otras palabras, no debemos Aconsejar, ni Juzgar, ni Opinar.

En una oportunidad, en un viaje de negocios, me acompañaba una colega, y a ella le encantaba comprar esas revistas como Cosmopolitan y Vanidades. Tuvimos un atraso  en nuestro vuelo, y fue tan largo que terminé leyéndome sus revistas. Allí me enteré, que una de las zonas que más delata la edad de la mujer es el cuello, y aconsejaban llevar bufandas y pañuelos para cubrirlo. Me puse a observar a la gente en la sala de espera, y cada vez que veía a una mujer con su pañuelo enrollado en el pescuezo, hacia ejercicios de estimaciones de su edad; así se me hizo más corta la espera en el aeropuerto.
Pero una cosa es el cuerpo y otra el espíritu. El cuerpo es materia y su envejecimiento no lo podemos evitar de un todo. El cuerpo joven va perdiendo fortalezas, el espíritu joven se alimenta de fortalezas. ¿Cuáles son esas fortalezas? Esas no las anuncian en las revistas, las tiene usted disponible, pues muchas vienen incorporadas de fábrica y las consigue muy dentro de sí mismo. Puede ser su amabilidad, su sentido de humor y su inteligencia emocional. Su liderazgo, humildad, prudencia. Su creatividad o amor por el conocimiento. Todas contribuyen a alimentar ese espíritu joven, a pesar  de que el cuerpo físico vaya mermando sus fuerzas.

Que un muchacho o muchacha muestre un espíritu joven no llama la atención, total, es lo que se espera a esas edades. Cuando se manifiesta a edades más avanzadas, eso si es de interés y de admirar.

Por supuesto que es importante mantenerse actualizado, tanto en la moda como en la tecnología y el conocimiento, socializando con amigos, cuidando su buena alimentación y su espiritualidad, sus hábitos saludables, su actividad física y manejando adecuadamente el estrés.  Pero ¿De que le vale a una persona "lucir más joven" si mantiene una actitud amargada, criticando y quejándose, que  hasta sus propios allegados le sacan el cuerpo? ¡Se ha vuelto puro envoltorio!

El espíritu joven no se puede comprar, emerge desde muy adentro. No es necesario teñirse el cabello o maquillarse, ni de cirugías plásticas ni vestir a la moda. No es cuestión de "lucir un espíritu joven", lo importante es tenerlo verdaderamente.

Puede mostrar con orgullo sus canas plateadas o sus líneas de expresión. Con la camisa por dentro o por fuera. Nada de eso es relevante. Cuando su espíritu es joven, sus amigos y familiares, independiente de sus edades, desean escucharlo y tenerlo cerca.  Su presencia es apreciada y bienvenida. El espíritu joven no tiene disfraz, es auténtico, no se puede simular. Es su actitud hacia la vida, que la manifiesta con optimismo y entusiasmo. Sus relatos, opiniones y comentarios están llenos de sabiduría y expresados de manera asertiva. Su conversación es amena y agradable, y en su rostro, por lo general, dibuja una sonrisa.

¡Viva y disfrute de su espíritu joven, y no sólo de su apariencia juvenil!

Lionel Álvarez Ibarra
Abril 2020

jueves, 19 de marzo de 2020

Cerrando ciclos

CERRANDO CICLOS

Lionel Alvarez

El nuevo director que había llegado a la compañía, era una persona metódica y organizada. Todo lo llevaba en su agenda y rápidamente advertimos que le hacía buen seguimiento, y ningún asunto saldría de allí hasta que quedase completamente cerrado. Nos pareció una buena práctica de gestión. Tiempo después, serví de intermediario con un amigo que tenía una administradora para procurarle vivienda. Una vez satisfecho con su nueva residencia, me pidió el teléfono de mi amigo, porque quería darle las gracias. Entonces noté, que su práctica de "seguimiento y cierre", no se limitaba al trabajo, también la aplicaba en sus asuntos personales. Me explicó que era algo que acostumbraba a hacer cada vez que se sentía beneficiado por algo o por alguien, cerraba el ciclo manifestando su agradecimiento.

Nuestra vida está llena de etapas y ciclos. Para abrir nuevos ciclos, tenemos que haber cerrado otros, lo que nos permite crecer, evolucionar y seguir adelante. Antes de cerrarlo debemos apreciar todo lo vivido, las lecciones recibidas y todas las experiencias, tanto agradables como desagradables, que contribuyeron a fortalecernos. 
La tierra gira continuamente sobre su eje, y cada 24 horas inicia un nuevo día, lo que podríamos considerar una unidad de nuestra existencia. Todas las noches cerramos un día, y una de las formas más reconfortante de hacerlo es con la llave de la gratitud.  No solamente filósofos y pensadores apreciaron su valor, recordemos como muchos de nuestros padres  nos inculcaban que  siempre había que agradecer.
Investigadores de la Psicología Positiva han comprobado que las personas que suelen estar agradecidas, son más optimistas, más amables, más espirituales, menos materialistas y más felices en general. La práctica de la gratitud reduce o evita los sentimientos de rabia y amargura. Prácticamente es imposible sentirse culpable, resentido o furioso cuando se está agradecido, en otras palabras, la gratitud es un diluyente muy efectivo de emociones y sentimientos negativos.

¿Cómo hacer para cerrar nuestro ciclo diario con la llave de la gratitud?
El Dr. Robert Emmons sugiere llevar un "diario de gratitud". En un momento del día, hacer una pausa, y reflexionar sobre tres a cinco cosas por las que se esté agradecido. No hay que esperar ganar la lotería para tener algo que agradecer, es apreciar cosas simples y cotidianas: ese café aromático al iniciar el día, que hayan florecido las orquídeas, o ese abrazo y sonrisa de su hijo al regresar a casa. Se sugiere concentrarse en los objetivos alcanzados, en las cosas que hace bien, en lo que le gusta del lugar en donde vive y en las personas que han colaborado con usted y que han tenido que ver significativamente con su vida.  A algunas personas se les hace difícil escribir, o se le hace monótono hacerlo todos los días, en esos casos se puede cambiar de frecuencia, haciéndolo semanal o mensualmente.  Es posible que otras prefieran no escribir y decidan solo contemplar los objetos de su gratitud y reflexionar sobre por qué están agradecidos. Para evitar el aburrimiento cuando las cosas se hacen rutinarias, se puede, una semana escribir el diario y otra, digamos,  compartir con un amigo sobre las cosas que agradece.

Muchos pudieran pensar que en momentos de desgracia como los que está viviendo nuestro país -ahora "coronado" con esta crisis mundial que pareciera más, una obra de Orson Wells-, no hay cabida para el agradecimiento. Pero resulta que, como lo explica Sonja Lyubomirsky en su libro "La ciencia de la Felicidad", la gente, aunque parezca extraño, instintivamente expresa mucha gratitud en los momentos de mayor adversidad. Por ejemplo, en los días posteriores al ataque de las Torres Gemelas de Nueva York, se comprobó que la emoción que más se experimentó, después de la compasión, fue la gratitud.

Existen otras estrategias para cerrar ciclos. La Dra. Jazmín Sambrano nos resume once pasos claves  a tomar en cuenta para  superar momentos difíciles.  Esos pasos serían:
1. Acepta lo ocurrido, 2. Busca apoyo, 3. Estudia algo nuevo, 4. La vida continúa, 5. Haz ejercicio, 6. Conéctate con el arte, 7. Relájate, medita, ora, 8.Haz cambios en tu trabajo, 9. Recuerda que todo pasa, 10. Duerme bien, con sueño reparador, 11. Conoce a nuevas personas (en estos momentos: sin dar la mano, ni abrazos, ni besos).
La evidencia científica ha demostrado que la gratitud -aunque pareciera intrascendente estar dando las gracias continuamente por nuestras bendiciones- resulta altamente efectiva, y es una verdadera llave maestra para cerrar ciclos.

Lionel Álvarez Ibarra
Marzo 2020

martes, 3 de marzo de 2020

Lionel Alvarez

DESDE PETARE RUMBO A LA PASTORA.

Era casi mediodía cuando fuimos a recoger a nuestro hijo a la salida del colegio. Asistía a su primer día de escuela y estábamos ansiosos por saber cómo le había ido. Por el parlante escuchamos cuando le anunciaban que sus padres lo esperaban en el portón. A lo lejos lo vimos, venía corriendo. Abrimos la puerta trasera del carro, abordó de una sola zambullida y sudoroso exclamó: "¡Hoy gocé un puyero!". Los días subsiguientes volvimos a su búsqueda y la escena se repetía. El último día, el viernes, estábamos en el auto esperándolo, pero esta vez venía caminando lentamente, se subió al vehículo, y al preguntarle cómo le había ido, nos respondió con poco ánimo: "Hoy no gocé tanto puyero".
Nos reímos mucho, nos pareció gracioso y ocurrente la forma como manifestaba sus emociones en esos primeros días de escuela. Muy posiblemente haya sido su primera experiencia de "habituación", ese proceso en que perdemos algo del entusiasmo, cuando lo que hacemos o experimentamos, deja de ser novedoso.

La mayoría de las personas vivimos esas experiencias a lo largo de nuestras vidas,  con nuestros trabajos, nuestras relaciones y vivencias. El proceso es también conocido en el ámbito de la publicidad, donde se sabe bien, que una valla publicitaria, por ejemplo, a orilla de carretera, al poco tiempo, los transeúntes se "habitúan", dejan de reaccionar ante el estímulo visual que representa, y se hace "invisible" ante sus ojos.

Al norte de la ciudad de Caracas el creador colocó una "valla natural gigantesca", una imponente montaña, que a pesar de su majestuosidad, no se escapa del fenómeno y millones de caraqueños, que se trasladan diariamente "desde Petare rumbo a La Pastora", ya no le prestan mayor atención, la habituación ha actuado sobre ellos y no se inmutan ante su presencia. La habituación es algo natural y hasta necesario en el ser humano, de lo contrario, estaríamos continuamente "consumiendo megas", procesando cuanto estímulo nos llegue para darle respuesta. No avanzaríamos un paso por estar analizando millares de estimulaciones ambientales  -muchas irrelevantes- que encontramos en el camino.

Sin embargo, nos relataba Marcolina, una amiga que vive en una casa aledaña al Ávila, que ella se resiste a la habituación, y no deja de admirar su cerro todos los días. Desde su balcón observa sus relieves, sus matices y tonalidades que tanto inspiraron al maestro Cabré. Nos asegura que lo disfruta todo el año, en especial cuando se acerca diciembre y florece el "capin melao", vistiendo de violeta sus faldas y anunciando la proximidad de las navidades ¡No me importa si pasamos unas cuantas semanas tociendo!  exclama, levantando la voz, como para que la escuchen todos. Luego nos susurra casi al oído: "A mí, nunca me ha dado alergia".

Muchos otros miles de caraqueños, aventureros y bendecidos por los dones de la curiosidad y el amor a la naturaleza, tampoco le dan tregua. Redescubren al Ávila cada vez que se adentran en sus entrañas. Se fascinan cuando lo exploran, cuando perciben el colorido de su flora y los sonidos de su fauna. Se refrescan con sus caídas de agua y sienten una inmensa paz espiritual. Llegar hasta su cima; ver a un lado el Mar Caribe y al otro, a la sultana del Ávila bajo las nubes  ¡eso no tiene precio... ni habituación!

Las personas que tienen esa capacidad de experimentar éxtasis y elevación  ante las bellezas naturales, sentirán más alegría y encontrarán más sentido a sus vidas.
Desde el momento en que sienta que ya no percibe con interés los estímulos de su entorno, que ninguno le llama la atención de manera especial, es momento de actuar, pudiera estar corriendo el riesgo de que su vida se esté deslizando por el tobogán de la rutina y el aburrimiento. Recurra más a menudo a esos espacios de oración y contemplación. Desarrolle, mediante la meditación, la atención plena en el aquí y el ahora. Revise y active todo ese arsenal de dones y talentos que lleva dentro, y que son tantos: Su sentido de humor, amabilidad, creatividad, amor, honestidad, prudencia, liderazgo, pasión, gratitud, optimismo... Eleve su mirada hacia el Ávila y más arriba, hacia donde siempre se dirigen las que van repletas de Fe y Esperanza. Logre que cosas pequeñas y rutinarias, se hagan grandes y valiosas, y no permita que ese proceso inherente a la naturaleza humana le impida disfrutarlas a cabalidad.

Habrá días en que "no goce tanto puyero" pero la vida es bella y siempre tendrá razones para vivirla a plenitud ¡búsquelas! que siempre hay un lado bueno en todo ¡descúbralo!

"Si la montaña - El Avila- no viene a ti, tú ve a la montaña".             

Lionel Álvarez Ibarra
Febrero 2020

viernes, 3 de enero de 2020

El amarre

Uno de los primeros desafíos que enfrentan los niños - aparte de aprender a caminar, por supuesto- es saber amarrarse las trenzas de los zapatos por sí solo. Recuerdo a mis hijos, dándole y dándole hasta que lo lograron y esa expresión de satisfacción que se dibujó en sus rostros es inolvidable.

Me reencontré con esa experiencia del "amarre" en estas navidades, cuando me tocó amarrar las hallacas que preparamos en casa. El amarre es, aunque muchos así no lo consideren, el paso más importante del proceso. Del amarre depende el éxito o el fracaso de la hechura, y el mejor guiso del mundo se puede perder si la hallaca no queda bien amarrada. El amarre se me parece mucho al blackjack, ese juego de barajas -también conocido como veintiuno- en donde el jugador va pidiendo cartas y sumando al valor que ya tiene en su mano tratando de acercarse lo más que pueda a 21, pero sin pasarse. Algo así sentimos cuando estamos haciendo el amarre. Es todo un arte, ir percibiendo la tensión de la cuerda y saber detenerse en el momento preciso. Vamos apretando poco a poco, si nos pasamos, podemos cortar la hoja y ¡perdemos! Pero si queda floja, se saldrá el guiso y las consecuencias podrían ser peores. El amarre debe quedar con la tensión exacta, lo más cerca de 21. Como la que debe existir en la relación entre amigos y familiares: ni muy fuerte que sofoque ni muy floja que se suelte.
Cuando le dije a mi sobrina que me había tocado amarrar las hallacas, me dijo con una mueca y algo de desdén: "Entonces no hiciste nada, eso se lo dejan a los niños para que lo hagan". No me agradó que se subestimara mi labor, y me motivó a escribir estas notas de reivindicación del amarre. Déjenle esa responsabilidad a los niños y pronto recordarán el popular dicho: "Quien se acuesta con muchacho amanece..."

Sumergir una hallaca mal amarrada dentro de la olla con agua caliente, es como lanzarse del "Titanic" sin salvavidas. La próxima vez que vayan a hacer hallacas, levante la mano y sin ningún tipo de vergüenza grite con orgullo: "¡A mí me toca el amarre!"

Con el avance de la tecnología, cada día se corre el riesgo que el amarre pueda  ser sustituido por alguna otra forma de cierre de las hojas sin utilizar el tradicional pábilo. Algo como le ocurrió a las hallaquitas de maíz que, envueltas en las hojas del jojoto, eran amarrada con tiras sacadas de las mismas hojas del maíz. Pero un día a alguien se le ocurrió utilizar unas "gomas" o "ligas" y hasta allí llegó el amarre tradicional de la hallaquita. El "Sindicato Único de Amarradores de Hallacas" se opondrá a cualquier intento de acabar con nuestra importante labor.  El  pábilo es un componente que ya no puede ser sustituido sin afectar la fisonomía característica del producto y el cambio será fuertemente rechazado por el consumidor.  Aquí la "liga", no "liga" con la hallaca.

Me siento muy satisfecho de mis amarres de este año. Por un momento temí no pudiera hacerlos porque tenía una mano lesionada. Un dolor muy intenso en la muñeca cuando movía el pulgar, que una amiga traumatóloga me diagnosticó como "Síndrome de Quervain". Nadie, normalmente, puede sentirse orgulloso cuando le diagnostican una dolencia, pero en este caso, hasta presuntuoso me sentí de  experimentar algo con nombre tan especial y refinado. Le pedí a la doctora me repitiera que era exactamente lo que tenía mi mano. Me deletreó lentamente: "Sin-dro-me de Quer-vain" ¡Wao! Sentí que era algo que no lo padece cualquiera y me daba mucho  "cachet" tenerlo. Así que nuestras hallacas fueron amarradas con mucho "cachet".

El amarre es el cierre de todo un proceso de elaboración del plato navideño más tradicional del venezolano. Es el paso final, que termina de vestirla para lograr su mejor presencia. Resulta paradójico, que siendo el paso clave determinante de su calidad, no llegue al plato del degustador. Es lo primero que se desecha y no acompaña a la hallaca en su corto viaje de la olla al plato.

Pero en el cierre del año 2019, miles de metros de pábilo se encontrarán en los desechos de tierras muy lejanas, como nunca antes se había visto, mostrando los rastros de la diáspora de venezolanos en el mundo, en búsqueda de seguridad, libertad y mejor futuro para su familia. Son como cuerdas de oro que nos unen a nuestras tradiciones y a nuestra tierra.

Lionel Álvarez Ibarra
Diciembre  2019

domingo, 3 de noviembre de 2019

¿es la vida un ratico?/ Lionel Alvarez


¿ES LA VIDA  UN RATICO? 

En mi casa había un libro sobre el reino animal, que de niño me encantaba leer. Pasaba días felices hojeándolo. En uno de sus capítulos decía que la mayoría de los animales vivían menos años que los seres humanos (salvo algunas variedades de tortugas y ballenas). El hombre era un privilegiado, teniendo una expectativa de vida superior a los 80 años, cuando pequeños mamíferos no pasan de 10 o 20. Me llamó también la atención la corta vida de algunos insectos; sentí hasta compasión por las fastidiosas moscas, que decía el libro, no pasaban más allá de 20 días. En esa época, 80 años me pareció bastante.

Algo interesante en todo esto, es que el hombre es el único dentro de ese mundo animal que está consciente de la extensión de su existencia; que sabe que va a envejecer y morir dentro de un periodo estadísticamente estimado. Así que cuando Simon Díaz en su canción de “La vaca mariposa” dice que la vaca está triste cuando ve que se llevan al becerro porque “ella sabe la suerte de él” o sea, que sabe que lo van a sacrificar, es todo imaginación y fantasía del maestro. Esa vaca, solo por instinto podrá percibir un peligro, pero nada más.

En “El hombre bicentenario”, una película estadounidense de ciencia ficción (1999), protagonizada por Robin William, se relata la vida de Andrew, un robot que inesperadamente comienza a sentir emociones, y que con la ayuda de un amigo experto en robótica, logran convertirlo en humano. Pasadas las décadas, todos los miembros de la familia que lo había adquirido, envejecen y mueren. Al darse cuenta que se había quedado sin sus seres amados, Andrew, que ya ha cumplido 200 años, desea morir.  Con su consentimiento le contaminan su sistema con un compuesto que lo irá degradando lentamente, comienza a envejecer y muere. El mensaje del film es interesante, porque Andrew, prefirió vivir y morir como humano antes que vivir una eternidad como máquina.

¿Podríamos considerar que nuestra vida es corta como piensan algunos?

Comparo la vida con un “plato Gourmet”, con porciones limitadas pero suficiente para apreciar y disfrutar la exquisitez de los alimentos, su calidad, textura,  presentación e infinidad de sabores. Nuestra “vida Gourmet” nos entrega los años suficientes para disfrutarla de manera plena e inteligente. El principal ingrediente a degustar es el amor en todas sus manifestaciones; sin amor, no es de extrañar que la existencia se sienta corta y vacía. Hay varias vías para  evitar una vida monótona y sin expectativas, una es Identificando nuestros mejores talentos; desarrollándolos, poniéndolos  al servicio de otros y buscando ser la mejor versión de nosotros mismos. 

Los familiares y amigos son de las “bebidas” que la “vida Gourmet” nos presenta para catar. Son el mejor elixir para disolver preocupaciones, con una buena charla,  compartiendo momentos, contando y escuchando anécdotas...eso es vivir y ¡mejor que muchas medicinas!
La vida del hombre no tiene por qué sentirse corta. Si así lo dispuso el creador, debe haber sido lo más acertado y sabio, porque él es infalible. Quien nos dio la vida como una bendición, la hizo corta para que lo fuera aún más.

Agradece, disfruta y haz buen uso del tiempo que te han dado..¡No habrá prórroga!

Lionel Álvarez Ibarra

Noviembre 2019

lunes, 15 de abril de 2019

La bùsqueda de sentido. Lionel Alvarez

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha venido alertándonos desde hace muchos años, que si no cambiamos el sentido hacia dónde vamos, para el 2020, la depresión será la enfermedad más frecuente, por encima de cualquier otra.

Pero Venezuela, en otro logro del proceso, se ha adelantado a la fecha y su población ya está alcanzando los niveles de depresión más altos del continente. Para los  millones de compatriotas que no pueden satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, salud y seguridad, la situación es insoportable y es fácil caer en ese foso de la depresión. Para esos que  sienten que las condiciones en nuestro país se aproximan a aquellas horribles de los campos de exterminio nazis,  comparto el testimonio de alguien que vivió más de tres años en uno de ellos y que estudió e hizo seguimiento al comportamiento y actitud de los prisioneros. Se trata del Dr. Viktor Frankl, psiquiatra y escritor, que fue internado durante la II Guerra Mundial en Auschwitz. Por su formación científica, sus conocimientos en psiquiatría y el haber vivido la experiencia en su propio ser, merece que se le escuche. 
Sus reflexiones las dejó plasmada en el libro "El hombre en busca de sentido". Todo un mensaje a favor de la dignidad y la libertad del hombre, de los valores humanos y la esperanza, que resultan pertinentes para cultivar una actitud positiva ante desgracias como las que actualmente vivimos.

En sus estudios consiguió que los que sobrevivieron no fueron los que se encontraban en mejores condiciones físicas,  sobrevivieron los que mantuvieron un anhelo y un deseo de vivir. El prisionero que perdía la fe en el futuro -su futuro- estaba condenado. Relata un caso de un prisionero con tifus avanzada y a punto de morir, que le confiesa que tuvo un sueño que le decía que el 30 de marzo terminaría la guerra, sería liberado y acabaría su sufrimiento. Para ese momento se iniciaba febrero, y el prisionero retomó un aspecto optimista, estaba convencido de la certeza del sueño. El 30 de marzo llegó y no hubo liberación, al siguiente día comenzó a delirar y falleció. La honda decepción que le produjo no ser liberado en el día señalado le ocasionó la muerte. Su sistema inmunológico se debilitó, dejándolo a merced de la infección tifoidea  latente. La verdadera razón de la muerte es el abandono de toda y cualquier esperanza.

Explica entonces el doctor Frankl, que para restablecerle la fortaleza interior a los prisioneros era importante comenzar por proponerles una meta futura, un objetivo concreto, algo que le diera sentido a sus vidas. Y destaca: "Los prisioneros más aptos para la supervivencia resultaron ser aquellos a quienes esperaba alguna persona o les apremiaba la responsabilidad de acabar una tarea o cumplir una misión".
Son muchas las lecciones que podemos extraer de sus estudios, pero para el drama que estamos viviendo en Venezuela,  esa  observación, de que se debe lograr mantener esa fortaleza interna que es la que nos impulsa a seguir adelante sin desfallecer y sin caer en la desesperanza, es fundamental. Es necesario buscar y conseguir esa aspiración, ese compromiso, ese objetivo por el cual estamos dispuesto a  luchar y  hasta morir si es necesario.

Cuando por las noches nos invadan el miedo y el pesimismo, y por whatsapp nos bombardeen con los escenarios más fatalistas, intentemos pensar en aquella Venezuela alegre que nos hizo tan felices y en todo aquello que anhelamos ver, una vez finalizada esta horrible pesadilla. 

En un país de tantas carencias abundan los anhelos. Visualicemos el reencuentro con nuestros hijos, ya sea aquí o allá, como lo pueden hacer los ciudadanos libres de los países modernos y civilizados.. Imaginemos la Venezuela que nos secuestraron, aquella honesta y trabajadora. 

Todo eso nos insuflará coraje y encenderá esa llama interna de querer vivir y luchar. No desfallezcamos ni nos rindamos. Sintamos el deseo de vivir para ver la recuperación del país  No nos podemos perder el final de la película, ahora que está tan cerca. No le pongamos fecha a la esperada liberación, el momento llegará y seremos testigos de primera fila.

Hay mucha sabiduría en las palabras de Nietzsche: <<El que tiene un "porqué" para vivir, puede soportar cualquier "como">>

Lionel Álvarez Ibarra.
Abril 2019

lunes, 1 de abril de 2019

La penitencia

LA PENITENCIA 

Este mes, en el Club de Escribidores de Caracas, invitaron a escribir sobre la penitencia. Supongo que la selección del tema tiene que ver con la crisis que vivimos actualmente. He podido entrar en “Google” o en “Wikipedia” para buscar definiciones que soportasen mi escrito. Pero no lo hice, he preferido escribir sobre lo que he entendido como penitencia durante tantos años.

Mis primeras nociones pienso que surgieron luego de mi primera comunión ¿Que pecados podría tener un niño de siete años? Al acercarme al confesionario, no hallaba ni que decir y creo que en  más de oportunidad, hasta llegué a inventar uno que otro pecado. Luego de confesados, el sacerdote nos asignaba una penitencia. Decía: “Arrepiente de tus pecados, anda y reza dos Padres Nuestros y un Dios te salve María”. Una vez completada la penitencia, quedaba saldado todo lo pendiente. En términos más modernos, era como quedar "reseteado", volver al estado original. Cumplir con la penitencia no representaba un castigo, todo lo contrario, era orar para sentir más cerca a Dios, que es de quién en verdad uno espera el perdón.

Recuerdo después  los juegos de muchacho en donde también se aplicaban penitencias. Si no se alcanzaba determinada meta, si al lanzar los dados caía en determinada casilla, o si  el pico de la botella nos apuntaba al detener su giro frente a nosotros, según el caso, teníamos que cumplir con lo que llamaban penitencia. Era una  prueba, que por lo general consistía en hacer una que otra morisqueta o travesura: "Vete hasta la casa de la esquina, tócale el timbre, grita que es la policía  y regresa acá corriendo". La penitencia podría requerir de cierto valor, o podía infligirnos temor o vergüenza, pero  era la condición para quedar liberado y poder  regresar de nuevo al juego.

Más recientemente, estaba haciendo cola en un supermercado para comprar harina. Luego de más de seis horas, salieron los empleados del local, y de muy mala manera, gritaron que se había acabado el producto. Una mujer, casi llorando, salió quejándose y maldiciendo, y comenzó a preguntar en alta voz: ¡Pero Dios mío! ¿Qué pecado hemos cometido nosotros los venezolanos para merecernos este castigo? ¿Que penitencia estamos pagando? 
El dolor, la impotencia y la rabia de la señora parecieran haberla impulsado a hacer toda esa mescolanza de pecado, castigo y penitencia. Pareciera que consideraba la penitencia como sinónimo de castigo, cuando no lo es.  La confusión surge, porque a menudo se equivoca penitencia con pena, que es algo distinto. Una pena si es, efectivamente, un castigo por una falta cometida.

Esta situación que estamos padeciendo no es un castigo divino, es de carácter humano. Nada bueno  podía esperarse de una gestión tan llena de resentimiento, incompetencia y maldad. No tenemos que preguntarnos porque estamos viviendo esto, una pregunta más acertada sería: ¿Para qué lo vivimos?  La vida nos manda pruebas que nos sirven de aprendizaje, y es en las circunstancias más difíciles cuando aprendemos las lecciones más valiosas. Luego de esta lección, la perspectiva del venezolano debería ser muy distinta a la que teníamos en el pasado.

Pero desde inicios de este año, estamos viendo una lucecita al final del túnel, luz que proviene de un sol  resplandeciente que se asoma en el horizonte y que presagia días  de  libertad y justicia. Momento de aflorar esa resiliencia que se ha venido fraguando en nosotros en todos estos años, esa que permite a las personas -y sociedades- afrontar las crisis con aplomo y valentía, superándolas y saliendo victoriosos y  fortalecidos.

La penitencia es: dejemos el pesimismo, basta ya de críticas, quejas y lamentos que no aportan nada a la solución. Ubiquémonos en donde mejor podemos ser útiles. Abandonemos el rol de víctimas y asumamos el de protagonista. No nos desanimemos ni sucumbamos ante los reveses que han de presentarse, porque nadie ha dicho que será fácil. Visualicemos con optimismo y fe, el final de este largo y nefasto episodio de nuestra historia. Dios está con nosotros.

Lionel Álvarez Ibarra.
Marzo 2019

martes, 19 de marzo de 2019

el retorno

Hola mis queridos amigos!
A primera vista podrán pensar que se trata de mi "retorno" como contribuyente activo del club. Pero no, se trata de un tema asignado meses atrás y que estoy presentando "desfasado".  Algunos de ustedes son "enchufados", yo soy "desfasado".
A continuación mi escrito:

EL RETORNO  

En 1962, el presidente John F. Kennedy  anunciaba públicamente, que los Estados Unidos se embarcaría en un ambicioso proyecto de llevar un hombre a la Luna. En su discurso  -uno de los más inspiradores en la historia de su país- les dijo: "Creo que esta nación debe comprometerse consigo misma a lograr la meta -antes de que termine esta década- de llevar un hombre a la Luna y retornarlo en forma segura a la Tierra”.  Nótese que el retorno estaba incluido en el objetivo. No se trataba solamente de alunizar, había que traer a los tripulantes de regreso sanos y salvo a la tierra. En este caso, era el retorno, lo que determinaba el éxito de la misión.

Para que haya retorno tiene que haber ocurrido previamente una partida, algo que ha venido sucediendo en nuestro país en los últimos veinte años, cuando se inició una diáspora de dimensiones nunca antes vista. Millones de compatriotas comenzaron a salir en búsqueda de la libertad y seguridad que les fueron secuestradas.  Más que una ida, fue una huida, una partida forzosa, no hubo tiempo para pensar más allá, simplemente huir y después veremos. Partieron sin un plan definido, sin tener claro un posible retorno.  
Muchos de los que se fueron dejaron sus corazones en Venezuela, se mantienen como en "materos" para evitar echar raíces en tierras tan lejanas, lo que haría más difícil el trasplante cuando llegue el momento de regresar.  Esos muy posiblemente retornarán en la primera oportunidad que se les presente. 

Sabemos que hay compatriotas que no la están pasando bien como emigrantes, pero cuando un ignorante los exhorta a que "dejen de limpiar pocetas y se regresen a la patria", reacciona como el ladrón que juzga por su condición. Se imagina dentro de esa masa de emigrantes y sabe que con su preparación y talento, no es mucho lo que él hubiese podido ofrecer más allá de limpiar sanitarios. Alguien que le explique qué hay miles de venezolanos de alta calificación técnica, universitarios con maestrías y doctorados, desempeñándose  en posiciones dignas e importantes. Que decenas  de países los han recibido con interés y satisfacción, con los brazos abiertos, porque saben lo que cuesta en tiempo y recursos, desarrollar profesionales con las calificaciones de los que les están llegando. 

Ya han pasado veinte años desde que se fue la democracia y la libertad de nuestro país. Los mismos veinte años  que estuvo esperando Penélope por el regreso de Odiseo. Veinte años que  el tango podrá decir que no son nada, pero para el joropo ha sido toda una eternidad. Algunos hasta habían perdido la esperanza de que ese retorno llegaría, pero ocurrirá, porque nunca el mal podrá superar al bien. Necesitamos muchos de  esos recursos humanos que se fueron. Habrá que preparar bien el terreno antes de su llegada, arar bien la tierra y  sacar previamente  tanta maleza, toda esa mala hierba de envidia, rencor, resentimiento, maldad y venganza.

A muchos venezolanos les será difícil tener un regreso definitivo a Venezueloa, aquellos que han echado raíces, que se han unido a personas nativas, con hijos ya adaptados e incorporados a sociedades modernas y civilizadas. Pero ellos también podrán ser útiles en diferentes formas, ya sea económicamente o contribuyendo desde la distancia y desde sus posiciones, a ayudarnos a repensar el país. En estos casos, nos alegraremos con sus visitas periódicas, con sus reencuentros con familiares y amigos, como es normal y se puede hacer en los países libres y democráticos  del mundo.

Ese  "retorno" -que para aquel proyecto de la NASA era vital- tiene que ser ahora considerado como fundamental en los proyectos de reconstrucción de Venezuela, dentro de los planes de recuperación de talentos,  un retorno, que ni ellos mismos, por el apuro, tuvieron tiempo de contemplar en  las  aventuras de escape en las que se embarcaron hace tantos años, pero que ahora lo necesitamos.

Lionel Álvarez Ibarra.
Marzo 2019

sábado, 9 de diciembre de 2017

Lionel Alvarez

LA MAGIA DE LA NAVIDAD

En diciembre de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, aconteció algo que algunos han atribuido a la magia de la Navidad. Comenzó en la víspera del 24, cuando las tropas alemanas comenzaron a celebrar y cantar villancicos, y las británicas, en las trincheras al otro lado, respondieron con los mismos cantos en inglés. Continuaron gritándose saludos y algo inesperado ocurrió, soldados de ambos bandos salieron de sus trincheras, caminaron hacia el territorio contrario, se encontraron, se abrazaron e intercambiaron obsequios como bebidas y galletas. Fue algo inédito, duró pocas horas y pasó a la historia como la "Tregua de Navidad".

El espíritu de la Navidad es misericordioso y hace acto de presencia en momentos tan tristes y dolorosos como la guerra. Hay relatos de como prisioneros en campos de concentración apartaban espacios, hasta donde se lo permitían, para reunirse, cantar, recitar poemas y hasta contar chistes para satirizar su vida en cautiverio y ayudarse a olvidar por un momento la cruel realidad.
Nuestro país está viviendo una crisis humanitaria, los días más difíciles y dolorosos de nuestra historia contemporánea. Miles de  compatriotas están siendo afectados en sus necesidades más fundamentales. Estas circunstancias adversas que nos tocan vivir no nos pueden amilanar, todo lo contrario,  hacen que esperemos con más ansias la magia de la Navidad, algo que nunca nos podrán quitar, porque la llevamos muy dentro de nuestros corazones y los sentimientos no son expropiables.

Una magia que hará que nuestras tristezas por tener a nuestros hijos lejos,  se transforme en una paz espiritual de tan solo pensar que en donde se encuentren están más seguros y ante un futuro mejor. Una magia que nos hará salir de nuestras trincheras de la tristeza y el abatimiento para rodearnos de amigos y familiares con actitudes positivas, para sonreír, reír y amar. Nos hará valorar tantas cosas que ahora nos faltan, pero que cuando abundaban no las supimos apreciar.

No podemos dejar pasar la ocasión de saborear esa magia que nos recuerda que contamos con la fe en Dios y la esperanza en el porvenir, con las fuerzas de la oración y el sentido de humor. Quizás tendremos unas navidades con escasez de fuegos artificiales, pero ello nos dará la oportunidad de ver la belleza de una serena noche estrellada. Probablemente el tradicional intercambio de obsequios no será tan abundante como en años anteriores, pero se transmutará en agradables conversaciones y cálidos abrazos. El más pequeño detalle, dado con amor es más valioso que el más costoso de los regalos.

La tregua la tenemos que iniciar nosotros para facilitarle la llegada a la magia de la Navidad. Por supuesto que existen decenas de motivos para sentirnos derrotados y con nuestro estado de ánimo por el suelo, pero dejar por un instante las quejas y lamentos, y apreciar y agradecer la cara positiva de nuestras vidas le tenderá un puente de entrada a la magia. Adornemos nuestras casas, así los adornos sean de años pasados, montemos nuestros pesebres y arbolitos y conservemos nuestros rituales navideños.
Como el mago que tiene un sombrero repleto de sorpresas, la magia de la Navidad acudirá a nuestros corazones, de dónde sacará  todo lo bello que albergamos, de seguro encontrará  mucha fe y esperanza por un futuro mejor.  Nos hará más tolerantes y solidarios, y nos premiará reviviendo nuestras navidades de niños, aquellas alegres y llenas de  sueños e ilusiones.

Así la tregua dure solo unas horas, bien valdrá la pena. La Navidad es para sentirla y vivirla, comprender su verdadero significado y practicar nuestras virtudes cristianas.  Celebremos el nacimiento del Niño Dios.

¡Feliz Navidad!

Lionel Álvarez Ibarra
Diciembre 2017

«Gloria a Dios en en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.»
   Lucas 2:14