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domingo, 19 de febrero de 2017

Reunión de febrero 2017. El Agradecimiento

Crónica:

El tema del mes de febrero de 2017 fue el agradecimiento cuya palabra en árabe es Shukram, y con una bella historia contada por la anfitriona del mes, Doña Hened.

Ya nos había ofrecido, en el marco de nuestras lecturas, una degustación de comida árabe libanesa que superó todas las expectativas. Tres cremas que incluian a la "Flefla" de pimentón rojo, y hasta empanadas de acelgas. Luego de las lecturas degustamos postres que incluyeron helados, marquesas y duquesas de chocolate y la inolvidable mazamorra morada del Perú de Doña Gude.(Aunque parece un club de degustaciones, es un club de escribidores, lo que pasa es que se funda profundamente en lo positivo, y la comida lo favorece)

Esta vez, estuvimos, Doña Elinor, Doña Carmen, Doña Gudelia, Doña Arcángela, Doña Tibaire, Doña Hened, la afitriona, Doña Nahima, la mamá y Don Alberto. El chocolate fue otro invitado de lujo en esta ocasión, al igual que el comino, las almendras y la oliva. Inolvidables y entrañables siempre, los relatos que cada quién narra desde su corazón.

Shukram (gracias) a todos.






jueves, 16 de febrero de 2017

Del cacao y otros agradecimientos

Tenía como doce años; mi hermana mayor se acaba de casar. A su marido no se le ocurrió mejor idea que alquilar una hacienda de cacao en Araguita, un sector del Barlovento venezolano. Ella se fue (o se tuvo que ir)  a vivir a la casa de la hacienda, porque ese era el trabajo de su marido y las leyes dicen que así es. Mis padres, como buenos guerreros- aventureros estaban encantados con la idea, y en la primera oportunidad que se pudo, hicimos morrales para ir a ver donde estaba viviendo y nos fuimos. Ya el viaje en carro hasta allá, era un viaje.

No es como ahora que uno va en un ratico a Higuerote y regresa; en aquel entonces no habían autopistas y llegar a Araguita  desde Caracas tardaba como tres horas, lo que ahora se hace en media hora. Llegar en carro a Araguita era lo de menos, el tema era que teníamos que dejar el carro allí, ya que el resto había que hacerlo en otros medios de transporte. El que más, era caminar. Caminamos por dos horas por el bosque húmedo de Barlovento, entre unos árboles gigantes y centenarios que se llaman  "Cucharos o Candelos" (yo pensaba que eran Bucares),  y a cuya sombra, supe después, era que crecían y germinaban las matas de cacao. Los cucharos tiene raíces gigantes, o al menos así parecían en la mirada de un niño de doce. Igual, las fotos que me quedan (diapositivas), revelan que si eran grandes, y existe una foto de mi madre al lado de una raíz, duplicándola en altura.

Entre esos árboles gigantes, donde no llegabas a ver el final por lo altos que eran, caminamos por horas, con una alta humedad, casi sofocante, cruzando riachuelos, quebradas, y caminos de agua, ya que con tal humedad era normal que aparecieran. El terreno era mayormente plano, pero en muchos casos tuvimos que cruzar por un encima de algún tronco caído. Mis padres, eran unos guerreros, pues con su mochila encima, dirigían la caravana, luego venía yo, luego el baqueano, y quizá mi cuñado, en la primera vez que fuimos. No había maletas, solo lo que podíamos cargar en la espalda. De repente, salimos de la media oscuridad y llegamos a un claro de luz; a un mundo marrón; la arena era marrón, el agua era marrón y se movía con un silencioso respeto de quien siendo gigante, se mueve con cautela. Era el río Tuy, que habiendo recibido ya las aguas del río Guaire, adquiere ese color. En esas arenas color oro había que tener cuidado, pues cualquier niño, en un descuido, podía quedar atrapado en arenas movedizas, que una vez que te atrapan no te sueltan hasta engullirte. Menos mal que estaban pendientes de mí, y que sumergido hasta  las rodillas, todavía fue posible rescatarme.

Cruzar el Tuy  también era una aventura. En la orilla había como una tabla grande amarrada con unos cabos que jalaban personas de una orilla a la otra pero que por efectos de las corrientes había que balancear, pues se desplazaba aguas abajo. Al final, el desplazamiento de la balsa era como un triángulo. Se la llevaba el río, cuando te montabas aguas arriba, se bajaba la gente, y la jalaban aguas arriba, para dejarla ir y cruzar nuevamente. Era como una letanía, como una danza de un río poderoso que está como dormido y te permite cruzarle. Luego, en la otra orilla, teníamos que caminar como una hora más por el bosque nuevamente. La misma humedad, la misma sombra, pero esta vez acompañado de un ruido de aguas, esta vez del “Taguasa”, un río pequeño, estrecho, caudaloso y traicionero. (Acabo de saber que ahora le da vida a una represa que surte a la capital). En otra ocasión, ya cuando comenzamos a ir en lancha para ahorrarnos la caminata, pude ver como en la unión de aguas, se mezclaban las aguas negras con el tanino, con la marrón del barro y de la tierra.

Al fin, llegamos a la casa. Me imagino que era un “claro forzado” construido entre árboles talados, hacía mucho tiempo atrás, quizá desde el tiempo de la Colonia y de los “grandes Cacaos”, que eran ricos y poderosos; ya en mi travesía no era así. La casa era sencilla, de una planta, con techos de asbesto ondulado para la lluvia, con muchas ventanas pero con tela metálica para evitar algunas zancudos e insectos. Claro, era así para que, en tanta humedad, el aire circulara a través de las ventanas y redujera la sensación de calor húmedo, que es peor que el calor seco, aunque ese deshidrate. Tenía varias habitaciones, con techos altos que permitían a los murciélagos circular libres de noche, buscando insectos. No había electricidad sino una planta de kerosene que se prendía unas horas en la noche; luego funcionamos con algunas velas que nos acompañaban hasta quedar dormidos. Al terminarse estas, aparecía la oscuridad total, aquella que no conocía ciertamente. En esa casa conocí el maíz pilado y con sus canciones, la pelea de machetes, las pasiones humanas, y algunos insectos extraños para un niño nacido en Caracas, como fue la tarántula gigante y peluda, con quien tuve que acostumbrarme de “cierto modo“,  a convivir y los alacranes.

Pero lo que más recuerdo, aunque ya pasaron más de cuarenta años, fue el olor del cacao. El cacao es una planta no muy alta, que produce sus semillas en el tronco y viven debajo de la sombras de los Candelos, al menos así es en Barlovento, ya que no conozco otras plantaciones. Ya, el olor a hojas secas que caen en el piso mojado prepara al olfato para ciertos olores, pero nada en la vida, nada, como la semilla fresca y babosa del cacao. Además, se colocan así como son, en toneles para que fermenten, y es allí donde los olores alcanzan su máxima expresión; todo se inunda de ese olor, todo. Uno mismo, sudado por tanto calor y tanta humedad, no puede evitarlo aunque se bañe en el río, varias veces al día. Y yo lo podía hacer porque tenía al río Taguasa a pocos metros de la casa, bajando por una pequeña montaña. Además, siendo niño, siempre tuve “cierta independencia”. Luego, el grano se seca al sol con rastrillos, y la piel negra de los trabajadores se mezcla con el color del grano, y el  sudor humano, con la fermentación de la semilla, volviéndose  uno, y hasta que el sol logra secar los últimos vestigios del proceso baboso y oloroso.

Sin embargo no es un recuerdo amargo; por el contrario, cuando uno vive una experiencia que te conecta con el origen de las especies en Venezuela, nunca tu vida vuelve a ser la misma. (Hay estudios que demuestran que el Cacao nació en Venezuela). Los patios de secado de la semilla fermentada,  se encontraban a un costado de la casona y  tenían techos con ruedas que protegen a los granos de las lluvias, en parte. Al secarse los granos se embolsan en sacos tejidos de yute, donde viajan a las plantas procesadoras, o quizá hasta en barcos, para convertirse en otros países, en el delicioso chocolate. Por cierto deben ser los mejores chocolates, pues sin duda, tenemos el mejor cacao del mundo.

Un día, en unos de nuestros viajes de aventuras donde luchaba con grandes raíces que parecían dragones, y en la casona del cacao, vi caer la lluvia. Llovió mucho por muchos días. Mi cuñado tenía que regresar a Caracas,  y  era domingo. Decidió partir; lo malo es que esa decisión nos incluyó. Preparó la lancha en el río Taguasa crecido, y no escuchó las palabras de alarma de los aldeanos. Ninguno,  en su sano juicio se hubiera atrevido a partir en un río crecido y por demás,  lloviendo. Pero así lo hizo. Se montó él y mi hermana, y atrás, mis padres. Yo, estaba en alguna parte del bote. Solo recuerdo de ese día y de ese viaje, de lo que significa vivir una crecida, donde no hay fuerza posible que compita con el agua. Ello, sumado a un árbol que cayó enfrente e hizo que la lancha volteara y quedara trabada en el árbol. Sin embargo nadie cayó al agua, aunque estábamos medio metidos en la crecida y el caos. Era casi imposible salir de eso; me imagino que la mano de Dios enderezó el bote, nos sentó dentro de él,  he hizo que pasáramos por encima. Nadie habló más ese día. Creo que mis padres no volvieron a hablarle. Nadie nunca comentó esto hasta ahora. De hecho, creo que fue el último viaje que hicimos a la tierra del cacao. Y estoy muy agradecido hoy, por poder recordarlo, y por poder contárselos. Es que el cacao, una vez vivido se vuelve parte de nosotros, aunque sin embrago, no lo digamos.

Alberto

Imagen: Tomada de http://revistarioverde.blogspot.com/2011/05/explorando-maravillas.html 

lunes, 2 de enero de 2017

De maleteros, áticos y venta de garaje

Vivimos en una sociedad materialista. No es nada nuevo esta afirmación; solo es importante si uno la dice porque se da cuenta de algo. Empezamos a acumular desde temprano; algunos desde las colecciones, y otros con el deseo imperioso de poseer algo. La verdad es que nos vamos llenando de cosas, de cuadros, de libros, de muebles; tanto, que hasta que cuando tenemos de mas, debemos tratar de guardar lo que se desborda, haciéndose  necesario tener un maletero, o para los que viven al norte de América, un ático.

Nosotros no tenemos áticos en mi país, pero algunos tenemos maleteros, closets o cuartos auxiliares. Todo al final, sirve para guardar. Puede pasar que pase una generación entera, y que por lo lleno del espacio, no lleguemos a saber que tenemos guardado. No botamos nada y seguimos adquiriendo. En el afán de poseer y tener, llenamos todos los espacios y luego nos olvidamos de ellos, y así, seguimos guardando cosas que con el tiempo iremos olvidando. ¿Si pasan muchos años, es posible que nada de lo guardado nos haga falta? Es posible que no, por lo que pudiéramos prescindir de todo.

Hemos visto cantidad de películas donde al desaparecer (morir), el protagonista, lleguen los hijos como a tratar de abrir puertas al pasado. Entonces abren cajas ocultas, suben a los áticos, abren maletas y todo para descubrir secretos ocultos que en vida no fueron capaces de compartir o de hacer saber. ¿Qué sería de una cantidad de obras, libros y teatros si no existieran los áticos, cajas, maletas o maleteros?. (Lo guardado esconde misterios y quizá, las sombras.)

 Pero puede pasar, que un día uno se canse de convivir con tal cantidad de cosas que no hacen falta, o peor aún; que le pertenecen a alguien que hemos dejado de ser. La paradoja es interesante: convivimos por años en ambientes creados a la medida de personas que entonces fuimos, pero que ya no somos más, y lo dejamos pasar,  porque no nos hemos dado cuenta, o porque no nos atrevemos a avanzar. Uno debe tratar de hacer el intento cada cierto tiempo, de observar lo que le es propio, lo que ama, lo esencial, lo fundamental, y así limpiar todo el resto. Por eso quizá, se inventó la “venta de garaje” o cualquiera de las páginas de ventas de cosas usadas que hay en internet. También tenemos la opción maravillosa de identificar lo que tenemos y que le puede hacer falta a otras personas, o simplemente, donarlas.

Nosotros somos así, con nuestros apegos y creencias. Vivimos llenando nuestros mundos de ideas, creencias, paradigmas y todas aquellas cosas metafísicas que nos alejan por un lado, de la responsabilidad que tenemos de crearnos a nosotros mismos, y por el otro, de no permanecer en un área de confort que nos protege y nos mantiene con cierta integración y resignación con el mundo. Para ello, hacemos como colecciones de cosas que fingen forjar la personalidad y el carácter, pero que paradójicamente nos hace más vulnerables a la pérdida de nuestros apegos. Nuestro poeta venezolanos Arturo Uslar Pietri, nos decía en unos de sus poemas que, “seguimos los pasos del hombre que vamos siendo”. Magnífica frase que nos cuenta que lo que somos pudiera ir más aprisa de lo que nos damos cuenta que realmente somos. Y eso es exactamente lo que pasa: buscamos en nuestros maleteros o áticos, las respuestas a lo que la vida nos va demandado, y vamos respondiendo en función de alguien que fuimos o dejamos de ser. Se hace necesario entonces, hacernos cargo de los pasos que nos va dejando nuestra transformación como ser humano, y tratar de seguirlos; a veces, sin darnos cuenta, pues la vida es así, un manojo de experiencias maravillosas y transformadoras del ser. 
También a veces, lo hacemos mediante acciones permanentes y deliberadas que se transforman en hábitos, en creencias, para constituir realmente lo que somos, en un momento determinado. Podemos construir mundos y tener junto con el creador, la responsabilidad compartida de crearnos, modificarnos y querernos a voluntad, como lo expondría Rafael Echeverría en su texto, “Como Dioses”.
Hoy, quiera declarar y prometer que quiero limpiar mi casa en el entendido que se convierta en metáfora y pueda desde el desapego, desprenderme para siempre de aquellas cosas, recuerdos y creencias, que de alguna manera me siguen anclando a lo que he dejado de ser, hace ya, bastante tiempo. Los invito a limpiar sus cuartos, maleteros, áticos y que saquemos nuestros secretos profundos, sombras, miedos, y dejemos los espacios vacíos, ya que el amor, la confianza, la paz, la hermandad, el desapego, la valentía, la tolerancia y otras más, no ocupan espacio pero pueden llenar nuestras vidas,  de la maravillosa experiencia de “ser”,  y darnos cuenta de ello. (En esos espacios comúnmente, guardamos resentimientos, rencores, tristezas y fracasos.)

¿Cómo practicar el desapego material?, cada quién seguro, pudiera tener sus propias reglas. Solo comparto con ustedes, algunas ideas:
  • Limpiar el closet de ropa. Seguro hay gente que necesita un poco
  • Pararse en su casa y observar. Ver cuántas cosas tienen que ver con nosotros y cuáles ya no. Aquellas que no, siempre pueden tener un mejor destino para quién lo necesite
  • No dejemos que nuestros libros pasen una generación sirviendo solo de posesiones. Se llenan de polvo, se ponen viejos. Alguien seguro, los necesita
  • Cuadros y objetos de arte. No somos museos. No condenemos a alguna obra a que solo sea vista por nosotros
La gente que se muda de país, sabe lo que esto significa. A veces, tienen que meter todo su mundo en una sola maleta y dejar atrás lo demás. ¿Qué meterías en tu única maleta? ¿Qué te llevarías y por qué?
Hacerse las preguntas correctas nos lleva a lugares precisos y deseados.


Alberto