Hay días en que la tierra no necesita moverse para que
sintamos el colapso. Basta el peso del mundo para que todo adentro se
resquebraje, dejando un paisaje de escombros invisibles donde la respiración se
vuelve un acto denso, casi un ahogo.
La vulnerabilidad nos habita sin pedir permiso. Se instala
en el pecho como una incertidumbre ciega, un agobio constante que nos recuerda
lo frágiles que somos ante la inmensidad de lo impredecible. Y en medio del
polvo que tarda en bajar, aparece el cansancio: los temblores lentos de un alma
exhausta que ya no encuentra fuerzas para sostener la estructura.
Entonces, solo queda el silencio.
Pero no el silencio del vacío o del abandono, sino el
silencio de la espera. Un espacio detenido donde la vida, sutilmente, empieza a
murmurar de nuevo. Sanar no es reconstruir apresuradamente sobre las ruinas ni
pretender que nada ha sucedido. Sanar es inclinarse sobre el propio dolor y
detenerse a escuchar. Escuchar el clamor profundo que, en su eco más íntimo,
nos devuelve la orientación perdida.
En la quietud tras la tormenta, la existencia vuelve a
encontrar su cauce, simple y luminoso. Descubrimos que el propósito no
desaparece entre los restos, sino que se purifica: estamos aquí para cuidar,
para sostener la mano de quien también tiembla. Porque al final, cuando todo se
sacude, el sentido verdadero permanece intacto en lo esencial: amar y servir.
Irma Wefer
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