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miércoles, 17 de enero de 2018

Gua…!ya va…!

Escribidor: Alberto Lindner
CUENTO

Petra era muy floja. Como dicen en su pueblo, burda de floja. Se levantaba muy temprano en la mañana, pero ya como a las diez estaba descargada, como si fuera una pila vieja. Entonces se dedicada a la contemplación. Con la mirada en el infinito, como quién inventa el mundo, se quedaba por horas y horas. Siempre que alguien requería a Petra entre las 10 de la mañana y las 5 de la tarde, recibía siempre la misma respuesta:

-Petra, ¿puedes ir al abasto?

-Ya va…, contestaba

-Petra, ¿puedes hacer la comida?

-Guá…!Ya vaaaa…!, contestaba como en un canto sordo y seco

La gente de la casa sabía lo que significaba el “ya va”, un poco, ”ahora no puedo” o “espera a ver”. La frase “ya va” significaba un mundo de cosas que quizá estaban pasando por su mente.  Ya tenía como 50 años, pero cuentan los entendidos y las chismosas, que una vez pudo haberse casado, pero ya en el altar cuando el cura Antonio, con su sotana remendada le preguntó:

                -Petra, ¿aceptas por esposo a este señor llamado Ermenegildo?

                -Ya váaaa, contestó pero esta ves como indecisa, dubitativa y como en bajada hasta quedar muda. La gente comentaba que algo raro le había pasado, que no era la misma. Claro, no se casó.

Tiempo después, un día, a las 10 como siempre, cayó en letargo y así estuvo durante diez días y sus noches. Hasta que un día a las 5 de la mañana bostezó, y se paró a cantar.
Cantó tan duro y fuerte, que su canto se escuchó desde el pueblo de Petronio hasta el pueblo de Santa Catalina, que queda como a 20 kilómetros de distancia.  Todos pensaban que se había curado pero ese día a las 10 de la mañana, volvió como siempre a su letargo. En ese canto, cuentan, que la escuchó cantar un brujo malvado. Siguió la voz como embelesado por el sonido, hasta que llegó a Santa Catalina.

La gente toda de Santa Catalina corrió a ver la nueva imagen que caminaba por las calles vacías. Vestía de negro, sombrero negro, lentes negros, y barba negra. -En una noche sin luna hubiera caminado como invisible, entre la gente, pensó alguno. Se reunieron en la plaza y ya con todos, pero sin Petra, realizó un conjuro:
-Señores, ¡Les quito la memoria…!. Solo cuando alguien nombre la palabra mágica de entre todas, solo hasta entonces, estarán en las sombras, sin recuerdos, sin nada, acotó al final.

Y así como vino, se fue. Nada dijo del canto, nada dijo de la cantora. Nadie, en lo quedó de memoria, puedo hacer  relación alguna.
Y así fue. Para Petra todo seguía normal. Le parecía raro sin embargo, que cuando salía a caminar entre 5 y 10, a todas las personas que veía, dueñas de la conciencia de lo que les pasaba, solo llegaban a decir nombres a lo loco:

-Piedra, zapato, nube, rabia, amor, tristeza, caraota, quinchoncho, papelón…., y muchas más nombraron.

Petra no sabía que pasaba, solo le parecía raro que la gente se hubiera vuelto como loca; claro ella no había estado en la reunión en la plaza  con el brujo. Se divertía en verdad, buscando alguna relación entre lo que escuchaba y lo que pensaba que querían decir. Así aprendió a caminar más rápido entre la gente, y  con un cuadernito y un lápiz,  iba escribiendo las frases nuevas:

-el perro del ratón tiene el bigote mojado por la indiferencia, escribía, o,

-la lluvia con fuego apelotona el maíz en la casa fuerte…

Pasado un tiempo, la gente tomaba objetos y cosas en sus manos y los llevaba a otros para que dijeran sus nombres, pero nadie sabía que cosa se llamaba de tal forma. No había manera… Al perro le decía abeja, a la gallina; jaula, y todo, en la esperanza de decir el verdadero nombre de la cosa que llevaban.

Un día, la Tía Jacinta, matrona del pueblo, que ya era muy anciana, buscó fuerzas y se paró de la mecedora. Dicen que tenía 111 años. Fue al jardín y recogió de un árbol, una fruta verdosa, pintona y muy olorosa. Aún no estaba picada de pájaro alguno. Quería hacer su parte en la solución de la tragedia que estaba viviendo. A lo más lejos que pudo llegar, fue a la casa de Petra, que vivía al lado, pero ya eran las 10 y 5  de la mañana, y Petra estaba extasiada.

-Petra, ¿qué fruta es esta?, le preguntó en la voz más alta que pudo… y Petra como siempre y a la tercera vez que la increpó, dijo,

-¡Guá!..., ¡Ya va…!

Las dos mujeres se vieron a los ojos y ambas exclamaron, como quién grita al saberse ganador de la lotería:

-GUAYABAAAAAAA…., claro, era la “Guayaba” la palabra mágica…, pensaron y dijeron. De hecho, lo dijeron muchas veces, guayaba, guayaba, guayaba... para que no le quedara dudas al embrujo, del acierto.


Y esa era la palabra mágica, que el brujo había construido de lo único que había escuchado de la mujer, cuyo canto lo desvió hacia tierras lejanas. En ese momento, todos recordaron sus historias, sus alegrías, pero también sus rabias, celos y deseos profundos. En ese momento todo volvió a normalidad y nadie volvió a hablar del tema. Ni siquiera Petra, que ya no estaba embrujada de 10 a 5, ya que entendió, que hace unos años, en otro pueblo, conoció a un brujo que les hizo un encanto el día de su boda. Ya Petra no es más de 10 a 5…

miércoles, 29 de julio de 2015

Los hombres de mi vida infante

Los Hombres de mi Vida, ( De -1 a +3 años)

Carl, como lo llamarían en su vejez, tendría como 42 años cuando una noche del mes de enero, haya decidido tomarse unas cervezas con sus amigos. El tenía la pasión del venezolano  de reunirse con sus amigos y la pasión intensa de los germanos, aquella que se desata con la ingesta del alcohol, y hace que se abracen, canten, griten y sigan bebiendo.

El también tenía una pasión por este país; de hecho, a veces, se sentía más venezolano que sus hijos mismos, que habían nacido en esta tierra. Para entonces, ya tenía cuatro hijos, dos hembras y dos varones. Ya habían tenido una pérdida unos meses atrás; quizá ya el cuerpo de su esposa, estaría cansado. Las hermanas eran once años mayor  y los hermanos como siete y seis. Ya todos estaban en la etapa de la infancia tardía y de la pre adolescencia, cuando la madre empezó a enseñar su pancita del quinto hijo. Ella se lo dijo cuando llegó de la fiesta. Estaba el país en dictadura, así que llegar tarde no era un tema de seguridad, mas bien de poder recibir la noticia que le dieron.

Unos meses antes de la llegada, la madre tuvo dos pérdidas muy importantes; primero, su padre  falleció lejos sin poder despedirse, y luego, su mejor amiga, su confidente. Tanta tristeza hizo que el bebé se sintiera mal y quisiera salir antes de tiempo, tanto tiempo antes, que no hubiera sido posible la vida con la tecnología de entonces. El reposo en tan profunda tristeza hizo que se pudiera llegar al final. Era octubre. El médico dijo, “nacerá por fórceps”, y así fue, donde en la imposibilidad de ver la luz de forma natural, el bebé  haya sido extraído con pinzas especiales, sujetando la cabeza. –“Será muy inteligente”, dijo el obstetra al traerlo al mundo, -“es de cabeza grande”. El médico ya estaba un tanto senil, pero había traído a casi todos los niños que nacieron en Caracas, y de alguna manera, llegó a confiar tiempo después,  en su criterio y observación.

En la familia hubo una tradición: el gran abuelo casó sus cinco hijos casi a la vez, pero todos tuvieron hembras. 10 morocotas de oro eran el premio para el hijo o hija que tuviera el primer varón. María, la esposa de Carl fue la ganadora, pero desde entonces y como un estigma, nadie de la familia volvió a ver una niña. En esa familia todas las mujeres son las mayores, lo que haya hecho que casadas tan jóvenes, las mujeres hayan sido bisabuelas o tatarabuelas. Siempre hubo la esperanza en la gran familia de que naciera una niña otra vez. Y así fue. María varios años después, en un accidente de tráfico, perdió a la niña que iría a romper la tradición.

Aprendió a gritar mucho, producto de tantos hermanos juntos queriéndolo tocar. A caminar también llegó temprano. Quizá recuerde muy vagamente su nexo con el chupete o chupón. No lo quería soltar y María al quitárselo, le decía que se lo había llevado el “zamuro de la estatua de la India” de El Paraíso, que antes estaba en un sitio y ahora está en otro, frente a la entrada de la Vega. La India estaba de pié con las manos alzadas, parada sobre un árbol, con una corona de hojas en una mano, y estaba desnuda. El tronco del árbol, que es de un chaguaramo creo, estaba flanqueado por zamuros, águilas y Halcones. (Creo que no eran zamuros sino  Cóndores. Zamuro fue más fácil de aprender para el niño). Igual, ante la posibilidad de "poner bravo" al zamuro, el niño optó por quedarse callado y chuparse el dedo, en vez.

Esos primeros tres años fueron de absoluta libertad. Creo que el zamuro, más que quitar el chupón, terminó por quitarle la ropa, pues siempre estaba caminando descalzo y desnudo con una bacinilla a cuestas. ¿Qué raro, no? Desnudo pero con bacinilla para cuando quisiera hacer pupú. Los recuerdos de ese niño libre, en brazos de su padre, siempre fueron o estuvieron en el mar. Primero, Puerto Cabello, luego Arrecifes y luego Caraballeda. El mar, en sí mismo, también fue un hombre en su vida. El padre solía meter al niño desnudo en el mar, y ahí practicaba sus llantos con sus pulmones, ya entrenados con sus hermanos. Quizá le daba miedo el agua fría. La figura paterna del niño fue, su padre, su médico, sus hermanos y el mar.


A los 3 años, ese niño ya tenía conciencia de sí mismo. Una noche, tras un ruido ensordecedor, llegó a subirse a la ventana de la sala del segundo piso, y vio como decenas de caballos de plata y metal, crujían sobre el asfalto tibio, en la obscuridad de la noche. No se podía dormir, tampoco le dijeron que se apartara de la ventana. El padre cargó a su hijo, y juntos vieron la caravana, y se alegraron porque se había marchado el dictador. El zamuro se llevó más que el chupón.

Alberto