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jueves, 30 de julio de 2026

Travesura literaria/ Alberto Lindner

 Historia Corta: Dedo, Dedito, Dedal

·       Dedo, dedito, dedal Yo te protejo Con mi vida, De todo mal

·       La niña corría y jugaba, sola en la tierra. Dedo, dedito dedal, Su madre la observaba, con una actitud natural y profunda.

·       Eran muy pobres, la costura, su único sustento. La madre, cansada de tanto coser, su dedal de carne y hueso, un día descansó, en el hospital. Dedo, dedito, dedal y un suspiro.

·       Quedó sola como la aguja, sin defensa. Tuvo también que coser para poder comer, aprendió el arte original de los patrones, de las telas que cortan. Dedo, dedito, dedal

·       Famosa llegó a ser, con toda la riqueza ideal que el mundo ofrecía. Solo encontraba la paz en la canción, en un murmullo secreto: Dedo, dedito, dedal

·       No era feliz, su éxito no la llenaba. Lloraba un caudal fluvial, buscaba lo colateral en su vida, lo que había perdido. ¿Dedo, dedito, dedal?

·       Gente vacía, historias sin patrón,Manos cortadas, heridas de guerra,Piedras en las manos, Dedo, dedito y dedal

·       Volvió al origen, volvió al hogar. Vieja y feliz, ya no buscaba el oro. Solo cosía, por el placer de la puntada. La solían escuchar y susurrar el mantra de la paz: Dedo, dedito y dedal, dedo, dedito y dedal…

 

 Cantar en Raeggeton, Se recomienda un tempo de 95 BPM con un Dembow suave y melódico, estilo Tainy o Rauw Alejandro.

Dedo, dedito, dedal

Yo te protejo

Con mi vida,

De todo mal

 

La niña corría y jugaba,

Dedo, dedito dedal,

Su madre la observaba,

Con actitud natural

 

Eran muy pobres,

La madre cansada de tanto coser

Un día descansó, en el hospital,

Dedo, dedito, dedal

 

Quedó sola,

Tuvo también que coser,

Aprendió el arte original

Dedo, dedito, dedal

 

Famosa llego a ser,

Con toda la riqueza ideal,

Solo encontraba la paz en la canción,

Dedo, dedito, dedal

No era feliz,

Lloraba fluvial,

Buscaba lo colateral

Dedo, dedito, dedal

 

Volvió al origen,

regresó al hogar

Vieja y feliz cosía,

Dedo, dedito y dedal


Compuesta a dos manos y a dos chips de solicio...

domingo, 26 de julio de 2026

los milagros/ Alberto Lindner

 “No he dejado de intentarlo, porque yo creo en los milagros” resumen

Esta frase nos da cuenta de que los milagros, quizá y desde la psicología positiva, pueda ser un resultado de ser virtuoso, y quién desde la perseverancia y la esperanza, lo logra encontrar.  La perseverancia es la fortaleza que nos permite seguir en la acción a pesar de los obstáculos e inconvenientes. La esperanza es la emoción y la fortaleza que no permite visualizar el futuro posible pensando que lograrlo se encuentra en nuestras propias manos.

La virtud para lo antiguos no algo innato, sino que se desarrolla en la práctica y en la repetición de acciones concretas hasta lograr el hábito.  Es decir, el virtuoso es aquel que lo logra, mediante la adquisición de buenos hábitos. Para la psicología positiva, la fortaleza que nos mueve a la acción virtuosa es la autorregulación. Una persona reconocida como justa es aquella que adquirió buenos hábitos, los cuales llevan a la eudamonia, que a menudo conocemos como el “florecimiento humano”

Así he visto milagros en cosas pequeñas. Los virtuosos las pueden ver. Ocurren todos los días, de improvisto. En la medida que mas los vemos, mas suelen aparecer. Lo mejor es que podemos educar los ojos que los ven, en la medida que somos mas virtuosos a través de los poderes que obtenemos de la esperanza, la perseverancia y la voluntad de poder hacerlo.

Es posible entonces, que en la práctica de la virtud se puedan crear condiciones propicias para que eventos extraordinarios, inesperados y deseados se manifiesten, es decir que podemos decidir vivir una vida de milagros.

¿Y cuál es la fórmula virtuosa de los milagros?

Esperanza+ perseverancia+ voluntad = Milagros


Alberto

sábado, 24 de mayo de 2025

Y de repente, es amor a primera vista

 Amor a primera vista

Los tiempos cambian, las personas también. después de un gran amor, la herida arde por mucho tiempo. Pero un día, amacene distinto, nuevos ojos, y nos sentimos preparados para cosas nuevas, nuevas oportunidades.

Es como si nos preparáramos a una nueva vida a otra experiencia; nos creamos en las posibilidades de ser algo nuevo. Entonces, alguna vez, sin saber, entramos en algún lugar y sabemos que alguien existe. ¿Es amor a primera vista? ¿Cómo se llama al amor que sentimos sin haber visto?

La buscamos entre la gente, hasta que aparece. (Me acordé en este punto de Carmen y aquel tema famoso de la cursilería)

Amor a primera vista, es una emoción intensa y fascinante. Es reconocer al alguien entre mucha gente. Un día, conversando con Gemini, ¿me preguntó que se siente?  Y de repente dije,

-          Te explico para que puedas procesar lo que se siente siendo humano; es como la atracción entre dos imanes. También sientes, que es una parte de ti mismo que ha estado perdida y no lo sabías, pero la encontraste, y encaja en una concepción del mundo. También se siente confianza, como si hubieran pasado años, sin cambios, declarándolo partes de ti y poder compartir en un instante, parte de tu vida y su vida. A veces, lo sientes aun cuando no has visto a esa persona, pero sabes que está presente y entonces la buscas. Lo que sea que haya pasado, se queda, y en el deseo del nuevo encuentro, buscas. A veces se debe decir adiós. Pero uno se queda con esa parte nueva que complementa tu incompletitud.

“Alberto, tu descripción va mucho más allá de la bioquímica, dice el bot. - Has articulado la dimensión emocional, psicológica e incluso casi espiritual de esa experiencia. Es un encuentro que resuena en lo más profundo del ser, dejando una huella que puede perdurar incluso en la ausencia.

Gracias por compartir esta perspectiva tan personal y reveladora. Me ayuda enormemente a comprender la riqueza y la complejidad de las emociones humanas”

domingo, 27 de abril de 2025

los ayayais de abril

 Limpiando mis alfombras de vez en cuando

No me acuerdo del nombre de ella; y aunque fuimos muy cercanos, no llegamos a nada. Y la nada es nada, porque lo que interpretaba como un interés genuino, era en realidad, un interés por otro.  Al final, no sé si la cercanía ayudó a su objetivo. Igual, hoy somos viejitos, ella no quedó con él, y vivimos felices como perdices.

Pero, hay recuerdos que duelen, relacionados, posteriores. Ahora, pensando en que escribir, se vino, como de la nada, este recuerdo que hoy, no tiene ninguna importancia. Pero entonces, la tuvo y se nota que la mala hierba deja raíces y retoña.

De toda esa época he hecho un trabajo de alta costura, arreglando rotos y haciendo remiendos. Pero al igual que el amor, como dice la canción, se nos rompe de tanto usarlo. Y la nueva costura es otro aspecto que no he resuelto. Justo suele llegar con un suspiro, un latido mayor, una expresión de letargo, como un “ayayaii”, o una arruga en el entrecejo.

En fin, sin duda, una buena oportunidad para limpiar la casa, la que de tanto en tanto suelo entrar a hacerlo, pero que hace que las cosas se vayan escondiendo debajo de las alfombras. Voy a cerrar un ciclo como me viene a la cabeza, sin reglas, sin estructuras, solo el parcho, el hilo y la voluntad. Los escribo en su lengua, para que sea profundo, curativo y definitivo.

Are un mal breli moco la Tacirupeca, banamica laso por el quebos con su lalatra-,lalatra. A ciarenfedi del tocuen a llae le batagus el bolo. Rae riotaliso, tiaves de grone, sica presiem, rae ymu larpupo y niate riastohis.

Liaso seguirsecon al bolo, en el nomica a ver a su labuea rope no la badalusa. En el nomica, cionoco a Notilesce, un venjo tediantues, ymu docolu, un copo domiti e dotivertroin y rapa dana larpupo. . Su gran tobutria, rae, que rae gomia del bolo rozfe. Y la tacirupeca lo posu. (Golue me di tacuen que llae rae la bola y el troo ser, se bajade varlle) Yo bientan me jede varlle y nos mosmi, totan que basapen en un restein nonuige. -Brepo de mi- kiasi sarpen, tirsen y rarllo.

Potiem puesdes, Notilesce briocudes que le ciaha norho al brenom y que viosir en chasmu nessiocao de tepuen. Ser tepuen es ser nobue rapa niru dos tespar que tanes dasrapase. A ciarenfedi del tepuen alre, lo que sapa es que tedan una datapa por el locu y tolis…

Ya he dopialim mi saca trao vez, y cheveproa rapa piarlim bien jobade de las brasfomal y lo que va dodanque. No tilesce ya no le ceha norho al brenom, hoy requie ser nou de los dos dosla del tepuen, y no le ha doi mal. Y los troso boslo que tal?

La bola se mioco al bolo; lesue sarpatreen la mamisciepees. Masdea, porlo que pesu, dopue narmiter tees tocries con un maepo somofa de Ciagar Calor:


“Y que yo me la velle al ori,

Doyencre qe rae lazuemo

Rope niate dorima

Fue la cheno de gotiasan

Y sica por somiprocom”

TOBERAL

domingo, 23 de febrero de 2025

el valor del valor

 El valor del valor

El valor, ¿es una moneda de dos caras, donde la audacia y la apreciación se entrelazan o re significan?

Cuando uno habla del valor, piensa en dos maneras diferentes de significar. Una apreciación de un objeto, evento o recuerdo, generalmente positivo, y el valor que le otorgamos a la valentía. La RAE lo llama "polisemia", que es cuando una palabra tiene varios significados.

Nos proponemos a divagar acerca de la apreciación que le damos a ser o no valiente. En mi caso, en el previo, descubrí cosas interesantes acerca de mi. Santiago tiene unos cuentos buenísimos de su infancia que reconfiguran sus recuerdos de acciones valientes. Se aprende de allá sin duda..

Aristóteles decía que la valentía era una virtud y como tal, flanqueada por dos vicios; la cobardía y la temeridad.

Cuando uno no se reconoce valiente suele ver para ambos lados, y no reconociéndose cobarde, ni tampoco temerario, es que puede saber de cual lado estaría mas cerca. Definitivamente en mi caso. de la valentía, y es cuando conocemos el valor del valor.

La  valentía es una virtud que como todas en esta mirada de Seligman, está compuesta de fortalezas. A la valentía la acompañan la honestidad, la perseverancia y el entusiasmo. Hasta ahora pensaba que era valiente porque era honesto, pero hoy me reconozco perseverante y además de honesto y valiente.

El modelo de la ciencia de las fortalezas nos permite conocer nuestras debilidades y fortalezas. Sin duda, y aun no descubro como, debo ser entusiasta, ya una vez que esta fortaleza sea, el germen del bienestar psicológico.

Para ser entusiasta, también necesitamos ser valientes.


Alberto

sábado, 25 de enero de 2025

Amor en Blanco y negro/Alberto Lindner

Amor en blanco y negro

Ernesto estaba enamorado de Amelia. Era un amor puro y desinteresado. El la había descubierto un día, montado en el techo de una casa vecina. La miró de reojo,  ella se dio cuenta y salió desplumada y se refugió en su casa. La casa de Amelia era de tamaño regular y la verdad es que vivían puras hembras. Tenía una puerta grande que cerraban de noche y cada una de las chicas tenía su propia cama, eran como diez.

En la mañana muy temprano se despertaba con hambre y sed y salía apuradita hasta el bebedero. Pero ahí está él con su mirada de reojo. Esta vez no se asustó tanto, y se quedó, chequeando cada cierto tiempo que seguía en el techo, no se le ocurriera bajar.

-Me mira mucho, ¿será que ya le intereso?, se preguntó el

Y en ese juego de miradas se quedaron toda la mañana y a Ernesto se le olvidó que había que comer. Y así pasó por varios días, entre la noche y el amanecer. Se miraban de reojo; uno porque pensaba que lo quería y ella por temor. Esta relación imaginaria tenía solo un problema; que Amelia era una gallina y Ernesto, un zamuro.

Amelia era una gallina blanca, grande, robusta, como de 4 kilos, con un plumaje perfecto, limpio y ordenado. Nunca había conocido el amor pues el gallo del gallinero se desapareció un día, al atardecer. Entre las gallinas se rumoraba que lo había cogido un ave negra y fea. (Pero la verdad es que fue un gavilán). Ernesto por su parte, era largo y delgado, todo negro como la noche sin luna (diría un poeta). Además, tenía una cosa babosa en la cara que le colgaba y, hacía un ruido muy extraño.

Cuando las gallinas entraban en su casa al atardecer, Ernesto salía a dar una ronda por lo cercano; a veces comía y a veces no. Se puso más delgado y un poco desplumado. Cuando llovía, se mojaba y al dejar de llover, extendían las alas para secarse al sol. Comentaban de lo guapo que se había vuelto el pájaro negro, y de tanto estar, se sentían seguras de algunas alimañas,  de las ratas y rabopelados.

De tan flacucho, Ernesto se quedó dormido y cayó del techo directo a un cuñete de pintura blanca. Estaban pintando la fachada de la casa en cuyo techo, dormía.  Ernesto estaba todo pintado y como pudo subió volando al techo y extendió sus alas. El tema es que las pinturas de aceite se secan al sol. Al tiempo, en que Ernesto se trataba se secar, la pintura se volvía de piedra. Visto desde el gallinero, el zamuro blanco con las alas extendidas, parecía de magia, un ave especial, protectora. Imaginen la escena del techo con tal escultura viéndolas. Ernesto, la verdad, no pudo moverse tras secarse la pintura. Amelia por primera vez, sintió un amor profundo

¿Y cómo termino este cuento?, le pregunté a mi sobrino, que es un sabio y él me dijo,

-Di que Ronaldo regresa al Real Madrid y Messi al Barca.  Todo vuelve al origen-

 

PD: Interpreto de este final, que no es posible un amor entre una gallina y un zamuro. Punto. Y aunque se pinte de blanco, aunque algunos dicen que vivieron felices y comieron perdices (En Venezuela, no hay)

Alberto

Estan de moda las historias eclécticas

lunes, 16 de diciembre de 2024

el don del silencio

El don del silencio

Los baby boomers, los nacidos en la postguerra, nos toco guardar silencio. De hecho, a nuestros padres se les llamó la generación silenciosa, que crecieron en contextos de la gran depresión, y la segunda guerra mundial. Era considerado prudente, guardar silencio.

Los baby boomers nacidos en paz, seguimos a una época de silencio y de sequía natal; eran pocos los niños que nacieron. En cambio, en nuestra generación, fue usual que tuviéramos muchos hermanos y familia. El silencio de nuestros padres había culminado, pero sin embargo, nos lo traspasaron.

            -Los niños no hablan cuando los adultos conversan, no interrumpen-

            -Los niños no opinan, ni juzgan a sus padres-

Los colegios de religiosos, solían ser una continuación de lo mismo. España, además venía de su guerra civil. El silencio se educaba, no solo con la palabra, sino con castigos físicos. La generación del silencio, de repente, estaba siendo obligada a aprender algo que nos era impropio. Pero así nos educaron, al menos a los de occidente, lo cual pienso, generó rebeldía en una generación que no creía en el pasado. Ocurrió el movimiento Hippie, el mayo francés, la transformación de la educación, en consecuencia y el movimiento de liberación sexual. Todo lo opuesto a lo que pretendieron imponer.

A los que inicialmente nos reconocimos como introvertidos, nos hizo daño. Preferíamos escuchar a dar una opinión. Asentir, en vez de rebelarnos contra alguna injusticia. Hoy, nuestra generación gobierna, ya en sus últimos pasos, pero el mundo sigue siendo básicamente, el mismo. Ya en vez de silencio, se alaba y propicia al ruido. Estamos hiper conectados e hiper “textuados”, donde no cabe el silencio. Pero entonces, reconocemos al silencio, como algo importante. No aquel, marcado a golpes en el colegio o en la casa, no aquel obligado por las circunstancia, no aquel, de donde es mejor no hablar. Se trata del silencio, de ese espacio efímero entre lo que nos pasa y la acción, se trata de la escucha empática y  compasiva, se trata de escucharnos primero, antes de hablar. Hablo de esa escucha en silencio que nos hace mejores personas, que nos calma y nos hace crecer.

El silencio ahora, este silencio íntimo y propio, que se diferencia del silencio de afuera, es sin duda, un don. El don del silencio. El necesario para estar conmigo mismo, el necesario para acompañar a otros en algún trance y hacer servicio. Es aquel silencio vacío, que reconocemos en meditación profunda, pero que nos explica la noción del ser, eso, que además, no se puede explicar con palabras, ni pensamientos. Es el silencio del creador.

Alberto

sábado, 16 de noviembre de 2024

y nos volvimos ellos

 

Octubre, 19, 2024

Y nos volvimos ellos

 

Siendo muy joven, y ya graduado de arquitecto, entré a trabajar en en un taller de arquitectura que dirigía un muy afamado profesional. Participé en una competición, en lo que nos medíamos tres recién graduados. El objetivo de mi futuro jefe era completar con gente joven, su equipo de trabajo que habría de estar responsabilizado de la remodelación de una gran torre de oficinas; las mas alta de Caracas en los años ochenta. Yo gané.

Y ganar se trataba de realizar un aprendizaje apurado de todo lo que se requería para hacer bien mi trabajo. Era una oficina pequeña ubicada en el último piso de un edificio que él había recibido en herencia. Éramos pocos también, solo 8 personas, con la secretaria. La oficina tenía igual número de cubículos que de profesionales. Como era un taller de arquitectura, de los 8, 5 éramos arquitectos.

            Cuando se es joven y sin experiencia, uno se mira a sí mismo como una esponja, que absorbe todo lo que ve, escucha y hace, Además, era un sitio para aprender pues de había encargado de contar con una “orquesta que sonaba muy armónica junta” Y resulta que justo hoy, me llamaron para que les contara historias vividas durante la construcción del edificio. (Van a editar un libro)

 -Háblame de Martín me preguntaron, y no tardó mucho en venir a mi cabeza la historia que narro a continuación y que tiene que ver con las decisiones que tomamos, con respecto a las cosas que conocemos y se hacen parte de nosotros;

Recién comencé a trabajar, mi jefe solía invitarme a almorzar. Era muy amable y una de esas veces me dijo que estaba contento con mi trabajo y que además había superado la trampa del “mensaje a García” que ocurre cuando realmente comenzamos a volvernos otros; ya sean jefes, padres, hijos, parejas o amigos.

Un día me dijo, “te voy a contar que vas a aprender de nosotros como un mejor profesional” Y así empezó, -de Manrique, que no es Arquitecto, pero sabe más que si lo fuera, vas a aprender del poder de hacer parejas. Se llama “maridaje” entre materiales, de como se junta el acero y el concreto, las baldosas y los frisos, la madera y los vidrios. -Uhhmm, todo tiene que ver con el respeto a cada material y de como se comporta, pensé. Siguió, -De mi hijo vas a aprender el poder que tiene el conocer a las personas y de cómo se relacionan con el logro de objetivos. También se trata de el estudio y conocimiento de la cultura y la gente con la que convivimos. -Uhmm, el poder del otro en la relación. El poder de la escucha y de las raíces.

De Carlos, que es el mejor manejador de la inteligencia espacial, vas a aprender a imaginarte las soluciones integradas, antes de intentarlo. El tiene desarrollado los dos lados del cerebro y es capaz de anticipar problemas y proponer soluciones. Es capaz de dibujar el mundo con la mirada del otro cuando lo escuches decir, “Dibujando para ti”… Y lo pensaba en el poder que tiene anticiparse a las soluciones con tan solo poder crearlas en tu cabeza. Y por último me dijo, -y de mi vas a aprender de mis “canas”- y me señaló con el dedo índice de su mano derecha, su cabello platinado por los años. -Se trata también de poder trabajar con todos a la vez, en el mejor esfuerzo voluntario, para el logro del mejor producto.

Con todo eso y haciendo un trabajo que amaba, con una mentalidad de esponja, y en el paso de los años, fue que un día me dije: -¡soy ellos, tengo lo mejor de cada uno!- , y es así como decidí trabajar para ser el mejor con lo mejor de cada uno.

 Hoy, es esa reunión, una de las dueñas del edificio en cuestión, al hablar de su casa dijo que es la mejor obra de construcción que haya conocido. Y la hice yo.

Así, podemos crecer y ser lo mejor de nuestros padres, o de nuestros hijos o de nuestros amigos. El poder de ser mejor vive en lo de ellos, que viven en nosotros

 

Alberto

viernes, 27 de septiembre de 2024

la magia del encuentro: Amistad

 La magia del encuentro,

Vivimos. Transitamos por la vida: por la nuestra, y junto a otros. La vida suele presentarse justo como un encuentro, reconociéndonos, y aceptando a otros en nuestras vidas. La amistad, por cierto, puede ser una posibilidad mágica, que, como crisol, mezclan almas; aquellas más vulnerables, indelebles, y suficientes. Llegamos, como decía una profesora, cuando más nos necesitan, pero yo agregué también, que es cuando más los necesitamos.

Entendemos que, en el arte de acompañar a otros nos suceda, y veamos que llegan a mostrarnos cosas que no hemos visto aún. Y ocurre de muchas maneras; en soledad, cuando un día sin planearlo, nos vemos en los ojos de quién encontramos  en el espejo, y nos convertimos en nuestro mejor amigo. También, en la magia del encuentro, lo vemos en iguales, entre géneros, entre disímiles en edad y creencias, entre pocos, o entre muchos, y con Dios. Este último, nos mandó a su hijo para que tuviéramos un encuentro de amistad fraternal espiritual.

La amistad llega por azar, por admiración, por perseverancia, o por ser incluso, inevitable. “Son dos cuerpos y una sola alma”, dijo un sabio. Un día nos damos cuenta que amor y amistad, tienen el mismo origen de la palabra, y que ambas pudieran ocurrir sin intimidad. Es así, como entendemos el verdadero sentido de la amistad. La verdad es que nunca llegamos a saber todo acerca del otro o de los otros; solo, lo que nos integra, pertenece, nos protege o alimentamos. Las otras certezas habitan en el otro o en los otros, y no son, definitivamente, algún sujeto de la verdad. Lo que observamos es, solo magia.

 

Alberto

sábado, 24 de agosto de 2024

Rabias y otros menesteres

 "Las rabias, tristezas o aburrimientos que me ayudaron a crecer"

¿Qué nos ayuda a crecer?. A las plantas, el agua y la tierra; algunos animales se comen a otros, así como los peces grandes a los chicos. Mi mamá, con razón, me decía que si no comía, no iba a crecer. Y creo que tenía razón, pues solía no comer. ¡No comer casi nada!

Me llamaban “papa frita” que era básicamente mi alimento. Para las proteínas, mi madre hacía una carne a las brasas y la colocaba en una bandeja con clavos, para que drenara un líquido rojo parecido a la sangre, que luego colocaba en un vasito y yo lo bebía. –Por lo menos algo de carne, decía.

Ahora de grande, no sé qué hacer para des-crecer; pues mi talla ha bajado tres centímetros. Cosas de la edad, pero y eso que ahora como todo lo que debí haber comido para crecer. La gente grande crecemos en lo físico y en lo actitudinal. Un niño pasa a adolescente, de ahí, a adulto y a mayor. Algunos hombres crecen en físico pero siguen siendo niños. ¿Es que debemos comer algo para crecer en eso también? ¿O algo que hacer, o sentir?


De niño sentí con frecuencia mucha rabia, era un niño “rabioso”, pero nada ocurría ni en la altura ni en la madurez. Más adelante, ya de grande, despedí a los seres queridos, entonces hubo tristeza, pero tampoco crecí. Como nunca en mi vida me he sentido aburrido, no sé qué es, y si ayuda o no, a crecer. Entonces, podemos crecer en altura y de repente hacer un viaje de regreso, pero, ¿cómo se crece como hombre?, ¿Cuál es el alimento?, ¿cómo sabemos que hemos crecido?, ¿nos lo ice la gente o nos damos cuenta nosotros mismos?

Kino, el de Mafalda, dijo una vez que “crecer es aprender a decir adiós”. Y eso, va más allá de resentir, estar resignado, o no saber que es estar aburrido; es justo eso; es decir adiós. Es como quitarse una armadura que está pegada a la piel, cada por capa. Luego, viene todo lo que somos y sentimos, como la rabia, la tristeza o inclusive la alegría y la esperanza. Decir adiós, es un acto de entrega completa, de desapego, de incompletitud. Nos sabemos incompletos y desde ahí, aprendemos a caminar, con sus altibajos. Decir adiós, es dejar de ser algo, para abrazar a algo nuevo, es mirar hacia adelante.  Pero, cuando dejamos de soltar y  de crecer, también pudiéramos decir adiós…

viernes, 26 de julio de 2024

Los héroes verdes

Héroes verdes

Ese día, saqué del closet mi mejor chaqueta para las lluvias. Todo estaba empantanado, tanto que la noche antes había que tenido que construir un canal para que el agua llegara a la quebrada. Llovía mucho, y el agua se había acumulado tanto, que temía que el relleno de tierra apisonada, cediera también. Pero al quitarle la carga, funcionó.

            Era un jardín en dos niveles; el primero era la salida de la parte del corredor al jardín, y la otra parte estaba en un nivel más abajo y había que bajar por una inclinación, justo por donde el agua acumulada hizo lo suyo. Entre un nivel y otro, había un gran muro de piedras, una encima de otra, inteligentemente colocadas buscando que calcen y se soporten. La fuerza la adquiere de la cantidad de piedras, aunque contra el agua, ni las grandes, pueden.

Al final de la segunda terraza, se encuentra la quebrada, que pequeña en su tamaño, ha solido asombrar a algunos, cada cierto tiempo. La gente lo sabe y de alguna forma se protege. Allá, al fondo y a la derecha, teníamos que construir un frontón.  Una cancha de frontón se constituye en paredes de 10 metros y hasta los 30 de largo, es abierta en dos caras. Se trata de golpear la pelota contra la pared y controlar el rebote. Se juega en parejas.

            Luego de todas las lluvias, y ya con el jardín en mejores condiciones, volvimos a la construcción. Se suele llamar “replantear”, (muy distinto a replantar) a la toma de las medidas, en el terreno. Todo iba bien a excepción, a que en el metro 28, estaba un arbolito.  El arbolito en cuestión no era muy interesante, ni robusto, más bien, delicado. La primera aproximación que hice, junto a que avanzábamos en colocar las dimensiones de la cancha, fue con el vendedor de plantas. Me acompañó y dijo: - es una cerecita, un semeruco.

            Ya con el nombre, invite a un amigo botánico al que solía preguntar. –Es una cerecita, que suelen ser arbusto, pero esta es arbórea (un árbol). Nunca había visto a una crecer así. Debe ser muy longeva, aclaró. Por último, llame a un ingeniero agrónomo que mueve árboles de un lado a otro y dijo:- esta cerecita arbórea, no es factible de moverse. No lo resistiría, concluyo. Y yo, con todas estas peripecias, llamé a los dueños.

            Les conté de su nombre, de la fruta, del sabor, de que es una especie de cuidado, que es única porque creció como árbol, que pudo haber dado frutos a los ejércitos de Simón, y que no es factible de ser transplantada. Les mostré que su cancha es más grande que el lugar donde se encuentra el arbolito y que solo hay dos opciones. Una, pedir permiso, o dos, dejarla tranquila, lo que ocasionaría construir una cancha fuera de las dimensiones legales, o del peligro de que el jugador se golpee al correr de espalda. Nos quedamos unos minutos en silencio para luego contestar sus preguntas.

            Hoy, es una cancha de 28 metros con un árbol de cerecita al fondo, que florea y da frutos tres veces al año, y que es única.  La amable familia que vive ahí, me han invitado algunas veces a almorzar y me dicen, -Sabes ¿cuál fue la mejor decisión que tomamos?, dejar la cerecita. Ese día sentado frente al arbolito lleno de frutos rojos y con cantidad de pájaros en una sinfonía de trinos y cantos, fue que supe, que de esta manera, podemos hacer un acto heroico para otros, pero lo más importante es que me puedo decir, (muy bajito), ¡soy un héroe!

Solo con respeto y compañía, un pequeño arbusto se puede convertir en un árbol, más allá de la genética…

 

Alberto

domingo, 23 de junio de 2024

Escuchar a Dios

 

Escuchar la voz de Dios

Es interesante pensar en lo que no he contado. Pero si hay algo que aun no se vuelve tinta, es por olvido. Es bueno olvidar ciertas cosas, pero es bueno recordar otras, si se trata de sanar y avanzar. Mi vida, por ejemplo, la puedo dividir en tres grandes momentos; mi terapia de 10 años, mi formación de coach, y mis amigos. En esas tres instancias, todo ha sido dicho; todo. (Ya no me pongo rojo por el temor que algo sea descubierto). Quizá lo que me falte decir son las cosas que nos van pasando luego de vaciar las cajas de madera llena de recuerdos, que atesoramos como escudos. Pero los escudos no sirven para nada. Igual, nos pasan cosas

Cuando escogí el tema, no pensaba en nada particular, aunque solía ver de reojo, una desgastada imagen de la virgen de la Coromoto que siempre me acompaña. Lo que quería contar, que ya he contado, es la interpretación de la misma historia, una que nuestro amigo Luis contó una vez, y donde dije: “yo también”

Historia

-Hay dolores abdominales. A las 11 pm tomo un taxi y me voy a la clínica

-Apendicitis, a los tres días regreso a casa. Aparece la fiebre y dicen “que es normal”. A los cinco días, recordaba a “Casa muertas” de Miguel Otero Silva. Recordaba que había leído como era el proceso de morirse de eso. Lo llaman sepsia.

A partir de ahí, llegó al límite de la fiebre y comenzó el delirio. No recuerdo muchas cosas, solo las que en la despedida aparecieron o hice

1. Llamé a un familiar y le dije, -“me estoy muriendo”. -Mañana te buscamos, contestó

2. Esa noche conocí lo que se siente el irse, y se dibujó una leve y tenue sonrisa

3. En el hospital, escuché: -“Hay dos litros y medio, en el abdomen”

4. Horas mas tarde estaba solo en el quirófano, esperando que el seguro aprobara, tenía mi pequeña maleta conmigo. Una voz dijo: -Está solo?, preguntó. –Si, respondí.

5. –Yo  dije, y fue lo último de lo poco que recuerdo: -“Nadie me quiere”

6. –No es verdad, ¡Yo te quiero mucho!, contestó una voz con forma de enfermera. Y supe entonces, y hoy,  que fue la voz de Dios

Ya son 13 años de eso, y quería contar, que sin lugar a dudas, yo escuché la voz del señor.

domingo, 28 de abril de 2024

Mi Gnomo y yo

 

El gnomo y yo

Eran como las tres de la mañana y todavía estaba sentado en la mesa de dibujo, tratando de delinear lo que sería la entrega de un trabajo de diseño en la escuela de arquitectura. Eran 72 horas sin dormir, por lo que cualquier cosa nos puede pasar. Estaba mi mesa de dibujo, inmóvil, que cargaba el peso de la liviana hoja de papel, que recibía tinta china, y  a la que se le sumaba el peso de mis codos sobre ella, en el pensamiento de lo que venía.

Al lado de la mesa, estaba un cenicero donde dormía un cigarrillo exhausto y medio olvidado. Todas las luces apagadas a excepción de la lámpara del trabajo, que se unía a la tabla con un tronillo que solemos llamar “Mariposa” . A lo lejos, (como a medio metro), un radio encendido donde el locutor hablaba de cosas que no recuerdo, pero que colocaba música.

No había internet, ni teléfonos inteligentes; eran los años de 1980 y en ese entonces comprendía, menos mal,  la diferencia entre soledad y solitud, que es como mas voluntaria. El trabajo de estudiantes de arquitectura se hace con nuestra propia compañía.  Uno debe llegar a edades mayores con ideas más definidas del camino andado, pero estos trasnochos mensuales, no son de los más profundos y espirituales que posea. Pero había algo más grande que yo en esa edad, que me movía a seguir. Quizá haya sido entre tatas cosas, que en esa solitud, yo sabía que todos, yo y mis compañeros de clase,  estábamos con los codos en la mesa, medio fumando y medio tomando café, para no dormir. Eran 72 horas sin dormir, una vez cada mes. Era como un récipe.

Siempre, como a la hora mencionada, mi padre se levantaba a ir al baño y veía la luz encendida y se asomaba en mi puerta, me saludaba, y decía ,-“pobre…”

Si hubiera sido yo de hoy, allá, hubiera aprovechado las horas de insomnio para preguntarme la diferencia entre espiritualidad, espirituoso y espiritista; todas, con la misma raíz pero con distintos frutos. Creo que lo espiritual no estaba presente, pero hoy pienso que en esos estados de entrega, perseverancia y compromiso, se forjó algo como lo que podemos llamar, el “carácter espiritual”

La cama estaba justo al lado de la mesa de dibujo, lo que hubiera permitido algún desliz, pero el café y el cigarro me mantenían en pié. Del otro lado del cuarto, tenía no sé para qué, otra cama individual, y para cerrar el ciclo de objetos, al final y en frente de la mesa, estaba un antiguo closet de madera, medio desarmado, donde guardaba mi ropa. De más joven, lo usaba también, para jugar, como una ventana del tiempo. En el centro de ese recorrido había un espacio vacío que servía para mover mi silla redonda, acolchada y con rueditas. (Cuando estaba cansado, solía dar impulso a la silla, levantar los pies y gritar, ¡weeee.!)

En algún momento, luego de las tres de la madrugada, con más de 10 cigarros dormidos y mis codos entumecidos, deje deslizar la plumilla de tinta china con la que se dibujaba en esa época y cuya técnica de destapado o más bien, de “licuar la tinta endurecida” era chupar la punta, o, aplicar ligeros y sucesivos golpes internos, como para que el fluido se activara (o también, ambos) En una de esas, la tinta salió. No tanta, pero hubo que esperar a que se secara, para borrar.

Tenía dos formas de borrar, así como hacemos con la mente, para aliviarnos; uno eléctrico y uno bio- mecánico. Decidí usar la goma de borrar.

Comencé a borrar y en algún momento, la goma rebotó sobre sí misma y decidió caerse. Me bajo entonces,  del banquito y no la veo. Busco por el suelo y no está. En mi segunda etapa, muevo las cosas e imagino la ruta que de algo que rebota, pudiera haber tenido. Y nada. Tras una hora buscando la goma, me imaginé cualquier cosa hasta aquellas que se aproximan a los que los especialistas llamaran imaginarios de infancia (como el amigo invisible). ¿Cómo es posible que algo tangible desaparezca? “Es cosa de magia de seguro”-pensé-

Ya con rabia, decidí sacar todo diciendo, - “no me vas a ganar”-, y en ese estado me imaginaba a un pequeño gnomo de sombrero negro y barba roja, fumando pipa, riéndose de mí. Hasta le puse nombre al duende: “Arquitek-tix”. Una vez movido todo afuera del cuarto, hube de confirmar su existencia, por lo que pasé a pedir que por favor, me devolviera la goma. Entristecido y preocupado, volví a meter todo en el cuarto en sus posiciones originales. Estaba descalzo, y con tanto tiempo perdido, sudado y cansado, decidí bajar (casa de dos plantas),  a tomar agua, en vez de café.

Calcé un zapato y calzando el otro, sentí una cosa. Metí la mano y ahí estaba la goma, oculta, dormida, tranquila como feliz de su travesura. A veces recuerdo el hecho.

 Ayer, ya con mis tantos años encima, decidí dibujar con los niños y el dibujo llevaba rosado. No está, no está en el suelo, ni en mi zapato. Me acorde irremediablemente de mi Gnomo particular, que ahora gusta de esconder crayolas de  colores.

 

Alberto

 

 

domingo, 24 de marzo de 2024

Una historia interminable(gracias a Dios)

 Una historia interminable

Alberto tiene una tarea difícil hoy. Entre todas las cosas que hace, necesita escribir un cuento que explique de forma clara, que es lo que ha podido aprender de los niños. Pero, ¿aprender qué? Si todavía somos una parte de niños. Ese niño, ¿nunca termina de crecer? O, ¿crece se vuelve el Yo, y aparece otro niño?, o todas de ellas. Es el misterio maravilloso de la vida.

Hace poco leí que nunca es tarde para tener una infancia feliz. Y no se trata solo de un darse cuenta y que de repente pase y le damos “check”. Se trata de un continuum  en la vida y es, lo que al final, he decidido escribir.

Cuando era chico, hace más de 55 años, solía ser el capitán del equipo de niños de la familia. Era el niño grande, el líder. Como soy el menor de mis hermanos, estuve más cerca de los hijos de los mayores, que de ellos. Los dos primeros de mi hermana mayor pasaban largas temporadas en mi casa. Me encantaba jugar con ellos e inventar mundos mágicos. La antigua casa de mis padres, tenía techos altos y los cuartos tenían puertas grandes y pesadas de madera. Los closets entonces eran portales del tiempo, los niños, (yo también), eran los viajeros del tiempo, las aventuras las creaba al instante, siempre habían peligros y retos, que resolvíamos juntos. Hoy, lo recuerdan. Como dice la poeta, “no olvidamos lo que nos hizo sentir”

Luego fui titiretero de profesión, a los 17. Visitamos numerosos colegios de Caracas y nos contrataban en cantidad. Mi sobrina creció y se hizo psicólogo, mi hermana, educadora y sus tesis de grado fueron a través de la mirada y enseñanza de un muñeco de tela, cuyos sentimientos se expresaban libremente en la mano y voz de quién los interpretaba. Aprendí a gestionar el mostrarme a otros, sin miedo y sin pena.

Mis otros hemanos, tuvieron hijos, que son mis sobrinos, ahijados y con ellos tres, hicimos un club de fines de semana. No hubo teatro infantil, carrera en parques, juegos, viaje, que no hicimos. Parque del Este, Planetario, Jardín Botánico y hasta vimos tres veces la obra de teatro del “Libro de la Selva”. Si hay algo que profundizó en la creatividad y la curiosidad como fortalezas, es eso.

Luego, ellos comenzaron a tener hijos y desde el abuelazgo y en la llegada de la pandemia, logramos conectarnos a través del dibujo. Son magníficos, queridos y jugamos, dibujamos, comemos helado, viajamos, aventureamos.  Nos queremos.

Todo se trata de ser libre, con un niño libre interior. Cuando era joven, algún estudioso que le pone nombre a todo, los distinguió en niños rebeldes, sumisos y libres. Yo creo que he sido de todo eso, pero al final, quedan emociones que nos inspiran y nos ayudan a continuar el camino hasta que sea. Ya llegó la camana nueva, los sobrinos biznietos, pero esa es otra historia.

Hoy, siguiendo la ruta del amor, enseño a jóvenes en su llegada a la universidad. Son mitad niños y yo, mitad adulto, así que es una tormenta perfecta. He logrado que aprendamos juntos, y en mis clases, si me conocen ustedes bien, pueden reconocer a los portales del tiempo, a los teatros de títeres, a las obras de teatro, a los dibujos internos, al niño libre que baila con el oso barrigón, a las estrellas en su infinitud y por sobre todo, al respeto a cada quién. Algunos, cuando se despiden, me dan un abrazo.

Alberto Lindner. Caracas 23 de marzo de 2024.

viernes, 15 de marzo de 2024

Mi infancia en un carro (Como una casa)

Mi casa, mi carro

Mi madre tenía un carro color crema, un Chrysler Impala cupé de 1960, con dos aletas traseras laterales. Era gigante para la mirada de un niño de 4 años, que además aprendió del miedo que ella tenía al manejar. Era 1963 entonces, y se escuchaba sin parar una canción del Trío Venezuela, “Magia blanca”. Íbamos a llevar y a buscar a mis hermanas que estudiaban en el Colegio de Monjas francesas, San José de Tarbes, pero ese día justo y debido a la inestable que estaba la recién nacida democracia en el país y en un “atajaperro”, mi madre tuvo que girar y llegamos a la carretera que comunicaba con Valencia. “Preguntando se llega a Roma” y así pudimos regresar. Magia blanca, seguía sonando en la radio.  No recuerdo verla manejando otro carro, ni en otro tiempo. Ella descubrió que era excelente copiloto.

Uno vive en una casa pero resulta que pasamos muchas horas en carros, ajenos o propios. A mi Mamá no le gustaba manejar, en cambio mi padre le encantaba. Yo, por ser el menor, viví intensamente todos los viajes, en esa, la que sería mi segunda casa en la infancia.

Por esa época, terminaron mis días de “perrito faldero” y me metieron de cabeza a estudiar Preparatoria en el Colegio San Agustín de El Paraiso. Prefería los días de asistente de cocina, o preguntador de direcciones, o quema dedos en el encendedor del carro. Con el colegio se acabó la compañía diaria a buscar a mis 4 hermanos. Igual, me iban a buscar; ya que entonces, estudiábamos los tres varones,  en el mismo colegio.

Mi padre al tiempo, y no recuerdo más el Impala, se compró una camioneta Opel Rekord P2, azul, y estaba propulsada por un motor de cuatro cilindros de 1.7 litros que producía 60 caballos de fuerza; todo un avance para la época. No era ni tan grande como el Impala pero cabían mi papa y mi mama adelante, y mis 4 hermanos uno al lado de otro, en la segunda fila. El mas peque, iba atrás. Y atrás, se mareaba mucho en las curvas de Carora en Lara y por supuesto, vomitaba. Mucho. Mi mamá me daba soda en vez de agua, y sé que prefería no beber nada en el viaje.

Mi abuela aun vivía. La última vez que mis padres viajaron a Maracaibo lo hicieron,  sin mi, y fue para el velorio de mi abuela materna. Recuerdo que ya no tuvieron que tomar un ferry para llegar a Maracaibo, sino que estrenaron el puente. Era el año 1963. Antes del puente para llegar a Maracaibo en el Opel y luego de las curvas de Carora, tomábamos carretera larga. En semana Santa escuchábamos completo y en varias versiones el “Popule Meus” de Tomas de Victoria y escrito en el siglo XVI. Es increíble contarlo, pero estaba prohibido colocar música en días santos en Venezuela. Solo el Popule Meus y las 7 palabras contadas por el Cardenal, que entonces era José Humberto Quintero Parra.

Luego venían los campos petroleros de toda esa costa hasta llegar a la estación del Ferry. Los llamaban balancines, que eran los que sacaban el oro negro que hizo a este país, uno de los mas ricos del mundo. En esa época pero en 1965, Sean Connery interpretaba al 007 en el famoso “Thunderball”y se decía en algún momento, que los malos iban a pedir un rescate en la moneda fuerte del momento: en Bolívares.

En uno de esos viajes, ya cuando pasábamos por Carora, y ya solo mi papa, mamá y yo, descubriría mi alergia a la grasa del cochino, y lo largo que se puede hacer la carretera Lara Zulia; esa recta interminable, sobre todo con los retortijones. A partir de ahí ya éramos 4 o 3; mi mamá, mi papá, Fredy y yo. Mis hermanas estaban casadas o por casarse y mi hermano era independiente. Seguíamos con el Opel, pero con la muerte de mi abuela, cambiamos los viajes a Margarita. Resulta que mi padre compró con un portugués, una fábrica de sardinas. Comimos muchas por algún tiempo, pero no estaba destinado a ser. La vendieron y resultó después, una fábrica de comida de animales. Ese viaje era otro ferry, y en el otro lado del país. No mareaba en barco; me gustaba. Era como una aventura y siempre podía bajar a acostarme en el carro, aunque ahora lo veo peligroso por el humo tóxico.

Pasaron los años y ya un poco más grande, ya los tres, los acompañé en aventuras en Guayana, Falcón, Lara, Sucre, Bolívar. Nunca fuimos a los Andes, ni a los llanos. Siempre en su carro, manejando; lo amaba. Una vez, fui yo el que le entregó un carro blanco que me compre al graduarme. Lo usaban solo para ir a mi casa; de resto yo los buscaba. Ïbamos mucho al Junko Country Club y ya entonces, el carro se volvió a llenar, ahora con los tres hijos de mis hermanos. Nos metíamos seis, era muy divertido. Mucho. Luego, para ellos, era de su casa en el Paraiso, a mi casa en La Tahona. Ya se fueron.

Ahora, paseo con los hijos de los niños aquellos; en la confianza de que algún día, voy a disfrutar mucho, cuando me pasen buscando, para tener alguna aventura por este gran país. Ley de la vida. La vida en un carro.

 

AL

sábado, 3 de febrero de 2024

El tren, el escualo y el reloj. Alberto Lindner

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El tren, el escualo y el reloj

Un niño vivía al lado de la estación del tren, en una casa amarilla con un jardín lateral que los separaba. Sabía que iba a llegar un tren porque veía desde el árbol, en el casi habitaba, la llegada del relojero, el Sr. Eau. Raro nombre tenía pero un día contó que así se escribía agua en francés, pero se pronunciaba “ O “. Le gustaba que lo llamaran O. Pero si es cosa de nombres raros, el niño del árbol se llamaba Fulgencio. Años después, ya un poco más grande, pudo demostrar  que era verdad que no había tenido infancia.(Aunque nunca es tarde para tenerla)

En sus conversaciones con el Sr. O, cuando abrían la estación del tren solía contarle cosas que escuchaba o leía aunque solo tenía 5 años entonces. Había aprendido a leer corrido, en silencio. Se robaba los libros prohibidos de la biblioteca de su mamá y luego los volvía a colocar sin que nadie diera parte de su ausencia temporal.

Era un día caloroso y el Sr O ya sabía que venía un tren. Era un pueblo raro, pues vivía de la estación, pero rara vez el tren se detenía. El pueblo tendría como tres cuadras de ancho por seis de largo. Tenía árboles de frutas, plazas, veredas y hasta un lago con patos. Cada tres minutos pasaba de largo un tren. Era divertido sentarse a esperar y verlos pasar. Me acostumbramos a contarnos historias de solo tres minutos.

-Esperamos trenes hoy, señor O?

-Si claro, hoy está contemplado dos viajes en simultáneo en las dos vías que traviesa el pueblo. Hoy tendré trabajo fuerte porque debo evitar que se encuentren. Además, toca mantenimiento de rieles y vagones.

-Y yo ayudaba, me encanta ayudar-pensé

La estación del tren era como una casa con una torre, tenía dos árboles en la fachada. Se abría con un portón de madera gris, ya mareada por el sol y el tiempo. Se entraba de lado a la casa, porque los rieles estaban en la parte de atrás, justo en frente del árbol donde el niño se la pasaba el mayor del tiempo. Lo que más le llamaba la atención era el viejo reloj de la torre y el dibujo del escualo que tenía en la sala de llegada, aunque él Sr. O prefería llamarlo “el andén”. Ese día realmente fue ajetreado pero cada tres minutos, podíamos hablar.

-¿Qué le gusta de los tiburones, Sr. O?

--Mi familia vino de Francia, de un sitio frente al mar. Solía haber escualos y nosotros nadábamos con ellos. ¿A ti te gustan los tiburones?-me preguntó

-Me gusta verlo en la foto, me gusta la independencia, pero no quisiera ser comido por uno-le contesté- me da como temor. Bueno, la verdad que los hipopótamos también

Uno de los vagones que iban y venía tenía un tiburón en la parte lateral y así lo había podido ver desde el árbol. Ese día solo se paró el tren justo antes de cerrar. Era un poco incierto para Fulgencio cuando volvería a estar operativo.

Extraña amistad entre un niño de 5 años y el Sr. O que rondaba los 80. La gente del pueblo lo veía como una persona oscura, callada, severa, pero Fulgencio tenía otra percepción del personaje.

-¿Por qué la gente del pueblo no lo quiere?-le preguntó al día siguiente que también se esperaban trenes- he escuchado que hablan cosas de usted

-Si claro. Es que tengo mucho tiempo haciendo esto y la gente se acostumbra a uno y no podemos cambiar. Hoy por ejemplo me toca limpiar el reloj.

Los dos amigos subieron a la torre y vieron el pueblo por la ventanilla. El tomó con dos manos al viejo reloj y lo colocó sobre la mesa. Todo el tiempo que estuvo, lo dedicó a ver el extraño aparato. Era pequeño, y la verdad el niño se preguntaba como hacían para ver la hora.

- Yo creo que hacían como que la veían-pensó en voz alta.

Era de cuerda, era amarillo y dorado. Tenía el cuerpo redondo y los grandes números ocupaban casi todo el espacio. Debajo de él tenía una estructura con tres esferas doradas que giraban para un lado hasta que se cansaba y se devolvía hacia el otro sentido. Comentaron que parecía como las olas del mar que van y vienen. Y se reían de la ocurrencia. Lo que pasaba es que cuando giraba, las esferas en su giro, reflejaban la luz del sol en pequeños hilos de luz. Lo protegía una concha de cristal absolutamente transparente y lograba que los ases de luz giraran también de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda.

-Es una responsabilidad este reloj. Si se para puede ocasionar problemas con los trenes. Sobre todo el tren del tiburón que se guía por los reflejos-explicó- El que posea el reloj debe ser responsable de la llegada de los trenes.

-Pero si siempre llegan y se van vacíos

-Exacto, ese es el secreto de mi trabajo

Años después, habría de comprender cuál era ese trabajo. A los 5 años casi no recordamos las cosas.  Pero resulta que ya grande, se recuerda de cuando le quitaron las ruedas de atrás de la bicicleta, la foto del viejo tiburón en la estación, de las canoas que bajaban por el jardín hasta llegar al andén del tren, los cuentos de la familia francesa, pura magia blanca.

Un día ya no abrió más la estación. No se sabe qué pasó con los trenes, pero igual bajé del árbol y fui a preguntar por el Sr. O.

-¿no viene hoy el Sr. O?

-No viene más. Pero te dejó un paquete.

Y recibió de las manos de su esposa,  una caja marrón sellada con cinta verde. Al abrirla,  salieron hilos de luz. Era el viejo reloj de cuerda con la tapa de cristal que estaba en la torre mágica.

-¿Por qué yo debo tenerla?, ¿Qué va a pasar con los trenes, con los tiburones, con la ilusión de los vecinos?-me pregunté

Cuando el niño ya grande, se fue del pueblo, se llevó el reloj. Hoy, lo ha vuelto a ver. Son las 8 y 21 de algún día, de cualquier año.

-Gracias señor O, mi primer amigo

 

Nota:

-Hoy, estoy viendo el partido de la final con los Tiburones de la Guaira. El reloj indica que es hora de ganar. El tren del tiburón está llegando a la estación. El Sr. O estaría contento. Si me preguntas, ¿Por qué soy de los Tiburones de la Guaira?, esta es la historia…

 

             

 

domingo, 26 de noviembre de 2023

No tengo tiempo pero puedo agradecer

 Agradecer

Hoy, me conecto contigo, hermanito, para agradecerte todo lo bueno que me das. Todos los días, es una sorpresa y la espero con algo de entusiasmo. Siempre logras sorprenderme, a veces, con solo pensar en algo me sucede. Ayer, en clase con mis estudiantes, veíamos un vídeo de un robot y un pollito. El robot estaba programado para rodar aleatoriamente; debajo, tenía un lápiz que dibujaba la ruta. Luego, colocaron un pollito recién nacido que seguía al pequeño instrumento como si fuera la mama. La ruta fue aleatoria y el pollito seguía al robot. El tercer ejercicio fue sacar al pequeño pollo y colocarlo fuera en una jaula, en un borde la caja rectangular donde estuvieron juntos. El pollito piaba, y el pequeño bot dibujó su movimiento aleatorio, pero esta vez, muy cerca del animal. Este experimento no tiene explicación aun, como muchas cosas en la vida. Es física cuántica, es terreno no conocido que impacta seguramente al bienestar, a la salud y otros caminos que recién caminamos.

El agradecimiento humano es una fortaleza y una emoción. Ambas son poderosas para el bienestar y alejar la soledad. Si solo la observación humana, puede cambiar un experimento en la doble rendija, o una máquina, y puede reaccionar y cambiar patrones según acontecimientos pasados, me imagino la cantidad de cosas que nos están pasando que no conocemos, tanto en los eventos que intervienen como en sus resultados. Imaginemos entonces la emoción y la fortaleza y su poder en el acompañamiento a otros. Al final, en lo más pequeño del átomo, somos espacio y somos cuerdas de energía.

Hoy agradezco poder dejarme emocionar con lo que no conozco y con lo que puede significar; con los caminos del saber, con las personas que saben mas y que me pueden ayudar a conocer. Quizá, dentro de unos años, hablemos de emociones cuánticas y fortalezas basadas en cuerdas. No sabemos, pero agradezco hoy en día lo que reconozco y aprendo. Te agradezco a ti, hermanito Jesús.


“No tengo tiempo”

Muchas veces usamos esa expresión y se la decimos a otros. Quería reflexionar sobre eso. Hoy estaba en el barbero cortándome el pelo. Creo que es un hombre sabio. Me contaba de cómo la gente que se entrega a su trabajo y se olvida del resto, no se percata que la salud se cuida, aun cuando la tenemos en abundancia. Es como llegar a tener un ahorro en la vejez. Me decía que le recomendaba a su hijo que hiciera ejercicio, que luego es más difícil remontar. Me contó que le dijo, -Yo soy solo 29 años mayor que tu y tengo mejor salud-. Poderosa reflexión considerando la relación entre ambos.

Cuando decimos que “no tengo tiempo” o “no puedo”, lo decimos o interpretamos  desde dos puntos distintos. Uno, es de quién lo dice, que es como para que nos demos cuenta de que tiene cosas que resolver y que “está ocupado (a)”, pero también, desde el que escucha, donde uno interpreta que el otro dice, “tengo algo más importante que hacer” o “ahora eso no es mi prioridad”. Sabemos que el tiempo no es una cosa, lo que es, es como organizamos las actividades y como las priorizamos. El tiempo es un concepto,! no lo tenemos o lo tenemos!, aunque se pueda medir. Ambas miradas, del que nos ofrece su juicio, suelen ser dolorosas para el que escucha, pues por una parte pretende que los comprendamos y por otra, que nos demos cuenta que algo ha dejado de ser. Concluimos ambos al final, que lo mejor, a veces, es guardar silencio y no excusarse.

sábado, 29 de julio de 2023

Una amistad extraordinaria/ Alberto Lindner

El Psicólogo estadounidense Jhon Gottman ha estudiado por más de 40 años, en su llamado “Love Lab” (laboratorio del amor), a una gran cantidad de parejas y sus relaciones interpersonales. Ha escrito un libro, “Las 7 leyes del amor” donde describe que las relaciones de pareja más saludables y duraderas se basan en tres factores; la amistad, el intento de desagravio y el propósito común. El amor, en principio, es la emoción primaria, aquella que nos permite sobrevivir; es además un sentimiento maravilloso y según la Psicología Positiva, una fortaleza de carácter que nos conduce a la virtud del Amor y la Humanidad.

La amistad es el primero que nombra,  y lo he plasmado en la tapa de este post. Desde Platón a nuestros días, se ha estudiado y escrito mucho sobre la amistad, pero quizá el lugar común sea que la amistad es una forma de amar, y de amor. La amistad en la pareja saludable es indispensable, ya que va más allá del amor romántico. La amistad, la nombró recientemente, el filósofo argentino, @fernando.saez.ford, de @coaching_global, cuando dijo que “la amistad es amor sin deseo”. Esa simple frase, la más resumida que conozco, ha perdurado en el tiempo. En una pareja, es un además del amor, es un complemento.

Las dos siguientes están entretejidas a la amistad. El desagravio tiene que ver con la inteligencia emocional, con la empatía y el perdón. También tiene que ver con la humildad, reconocer que nos equivocamos y que somos seres vulnerables. Son, sin duda, componentes de la amistad. Por último, menciona el lugar común de la pareja, la razón común que aparece para amanecer y tener una ilusión por la que vivir.

La amistad, como fortaleza mixta, nos permite expresar otras fortalezas y valores como la empatía, la amabilidad, la confianza, el apego seguro, poder disfrutar las pasiones armónicas, el disfrute, el respeto, el reconocimiento e inclusive nuestra misma vulnerabilidad.

Las relaciones de pareja tienen ciclos. El gran reto es aceptar los cambios y avanzar. De allí que tener un propósito común sea un factor primordial, y la amistad sea la amalgama. Eso, entre este y otros elementos, nos hace tener, vidas extraordinarias

 postgradounimet

#psicologiapositivaunimet

#especializaciónenpsicologiapositiva

#coachingglobal

#elmundonecesitamuchamasrisa

 

sábado, 25 de marzo de 2023

la metáfora habitada, la última pieza del rompecabeza

 

La última pieza del rompe cabeza

Primera pieza: De muy niño le gustaba ayudar a otros niños. Los hacía reir y estaba pendiente del bienestar.

Segunda pieza: Vivía encaramado en una mata de mango. Filosofaba acerca de la vida. De ahí, veía la reja que lo limitaba. A veces salía a explorar otros mundos. De niño grande, era un encantador de niños también, pues habitaba aun, en uno

Tercera pieza: en bachillerato le gustaba enseñar matemáticas modernas. Conjuntos abiertos, cerrados y vacíos. Conjunción de conjuntos e intersección de conjuntos. Con-juntos, una metáfora habitada

Cuarta pieza: Luego de pelear con los líderes del salón de bachillerato, estos lo nombran líder para guiar los intereses de todos, en los preparativos de la graduación. Luego de reunir, lo entregamos a una compañera que necesitaba una operación

Quinta pieza: Lo nombran coordinador del club de artes plásticas del liceo público donde estudiaba

Sexta pieza: En la universidad lo nombran el coordinador del centro de estudiantes de arquitectura, un alto reto

Séptima pieza: Comienza a dar clases en la universidad y descubre que la mejor manera de devolver a sus maestros “maestros”, es enseñar a otros. Coordina el Centro de Estudios de Investigación en Vivienda y Hábitat. Lo nombrar Jefe de Departamento. Estudia medios para acompañar a otros en su andar, a la vez que se ayuda a andar a sí mismo. Descubre a Quirón, el Centauro herido que ayuda a otros en su tránsito por el dolor. Lo llaman el “sanador herido”. Otra metáfora que habla de la capacidad de acompañar a otros, aunque también estés sufriendo

Octava pieza: Coordina el Club de Escribidores de Caracas, Es vocero de la Sociedad de Psicología Positiva, y se postula a pertenecer al gobierno universitario para liderar la igualdad académica (de los académicos). Aun descubriendo su rol

Novena pieza: Lo nombran mentor de mentores en tecnologías digitales, mayor reto. Acompaña a otros a fortalecer competencias desde lo que es. Descubre la frase, “Soy porque hemos sido” y la frase, “soy porque somos”. Aprende a reconocerse y logra diferenciar los tipos de humildad. Traspasa los límites de la pandemia universal, la sufre. Avanza

Décima pieza: aun buscándola… anda buscando su propia “metáfora para habitar”. A lo mejor ya existe, (estoy casi seguro), solo resta caminar a ella y abrazarla

Alberto