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sábado, 17 de noviembre de 2018

el baile de disfraces

Carnaval sin dudas, hace 56 años, era todo un acontecimiento. Veníamos  con algunas costumbres de la dictadura de entonces, donde habían carrozas, se disfrazaba la gente, habían caravanas, comparsas y muchas fiestas. Ese día era lunes de carnaval; el mejor de todos. Yo apenas tendría como seis años, entonces. Mis padres se habían vuelto rumberos y no perdonaban ninguna fiesta; a veces salían solos, pero desde que me picó un alacrán durante el cuidado de mis hermanos mayores, prefieren llevarme a todas partes. Yo recuerdo que andaba descalzo, recuerdo el aguijón, el llanto, y la carrera al hospital. Del miedo de mis hermanos mayores, (yo era el crío), me dieron la dosis doble del antihistamínico y dormí por 24 horas. Claro, por eso ya no me dejaban solo con ellos.
Yo nunca tuve piñata, ni recuerdo muchos disfraces; solo el de torero, porque existe la traza fotográfica y el de ese día en que me vistieron de rojo, con cachos y una cola larga, roja también. No bastándole eso, mi madre me puso pintura roja en la cara que hacía juego con la capucha y con los cachos negros. No sabía realmente que era, hasta que en la fiesta la gente decía, -ayy mira al diablito… que lindo…-, así supe por lo menos que era un diablito. No estaba muy seguro que era un diablo.
Ya vestido de diablo, nos montamos en el carro, un Chrysler blanco, con dos paletas en la parte de atrás, que lo hacían, “aerodinámic”, como le oi decir a mi mamá. La fiesta era en el Club Paraíso, que junto con el Country Club fueron los dos más exclusivos de la época. Estaba viniéndose a menos, porque los ricos se estaban mudando al este que recién se estaba urbanizando. Aún quedaba mucha gente importante; pero lo que más, fueron las dos orquestas más importantes de la época; La Billo`s y Los Melódicos, una en cada lado del salón. Al llegar, mis padres me dejaron jugar solo, y ya no estaban  pendientes de mi, hasta la hora del regreso. Menos mal que no había muchos alacranes en el piso del club, pues proporcionalmente, había más pares de pies calzados que en mi casa y la opción de ser aplastado por otro, era muy alta. Ese día, tenía zapatos negros de patente. Imaginen a un diablo rojo, con rabo rojo y zapatos negros de patente…
Ya solo y en libertad, deambulé por el lugar. Era mágico; el salón era gigante. Podía haber salido al patio, pero mejor que no lo hice, no fuera que me confundieran con un animal salvaje y terminara con perdigones en el culo. Lo mejor de la fiesta eran las dos orquestas enfrentadas, una a cada lado del inmenso salón. Cabían como 500 adultos con sus mesas para sentarse. Los músicos estaban sentados como en una escalera gigante de cinco escalones, sobre una tarima,  forrada en los dos lados laterales, con tela negra. Ahí descubrí un lugar fantástico para estar. Era gigante para mi tamaño y solo se veían los pies y los zapatos de los músicos. De un lado estaba Billo Frómeta y del otro, el maestro Renato Capriles. Yo tenía preferencias para esconderme, y era la escalera más lejana a la puerta por donde entramos; allí me metí. En ese berenjenal de tubos, corría, brincaba, saltaba, le jalaba los cordones de los zapatos a los músicos, hasta que…!susto…!, me encontré a otro ser humano.
Era el disfraz más popular de la época: el de negrita. Hoy lo llamaríamos en revolución como la “afrodecendientica”. Era una niña (supongo), de mi misma edad, como de seis o siete: Tenía un mono completo pero este era totalmente negro, con una máscara negra, con una bemba roja y un trapo rojo de puntos blancos como el de la harina Pan. Tenía una peluca negra rizada, amarrado en remolino con lacitos de colores intercalados. Encima del mono tenía una faldita blanca de faralaos, con un tejido de encaje en el borde.
Al recuperar el aliento le dije mi famoso discurso:
-Hola
-Hola- respondió
-Me llamo Fernando-, le dije en voz baja ya que no habían arrancado las orquestas y luego no habría palabra a ser escuchada.- Me dicen Fer- concluí
-Me llamo Luz Elena pero me dicen Luz-, dijo con voz femenina, (menos mal)
Luego de ese diálogo intenso, comenzaron las orquestas a tocar. Entre brincos y saltos en algún momento, ella, me enseñó a bailar. Sentir otro cuerpo a los seis, que además es mujer y que te enseña, fue fantástico. Sin duda me encariñé de Luz. Bailamos toda la noche y en los descansos, corríamos entre la gente mientras algo hacían los adultos que gritaban y se aplaudían.  En una de esas jugarretas subimos a la parte de arriba de la tarima, donde los adultos jugaban. Al pasar, un señor con micrófono nos agarró y dijo:
-Acá está otra parejita que va a concursar… ¿aceptamos niños?-, gritó a todo gañote, a lo que el público todo respondió que sí.
-¿Cómo se llaman?- interpeló
-Luz
-Fer
-Ah bueno una pareja que compite para la reina y el rey de la fiesta, nada menos y nada más que un diablito y una negrita.-. Entonces nos dejaron bajar.
Seguimos jugando y en algún momento, escuchamos que nos llamaban, parece que teníamos que volver a subir, y ni de vaina. Nos metimos otra vez debajo de la escalera de los músicos y nos abrazamos, entre el miedo y la amistad. Todo iba bien hasta que el músico del trombón se le ocurrió limpiar el pito del instrumento  lleno de saliva y me cayó en la cabeza. Entonces empecé a gritar de asco y la negrita Luz le mordió un pie a otro músico, todo en un escándalo que terminó con nuestro escondite. Nos llevaron a juro a la tarima, a Luz por las greñas negras y sus lazos de colores, y a mí, jalado por la cola. El señor del micrófono gritó:
-Acá están los ganadores de la noche, la mejor pareja, “Luz y Fer…”
Cuando el locutor dijo lo que dijo, se le trancó la voz, porque  era un pequeño diablo el que ganaba. Igual nos puso las coronas y tuvimos que esperar a que terminaran los aplausos. Luego bajamos, nos separamos  y ya no volví a ver a mi gran amiga de la primera infancia, aquella que despertó un “no sé qué cosa fue”. El Club Paraíso era gigante, la busqué por todas partes y nunca volví a saber de ella, hasta hoy que escribo estas líneas y ha regresado de mis recuerdos. Creo que todavía la recuerdo con cariño.
Ese día es inolvidable. Además, es el único día en que Luz y Fer (la pareja), se ganó  algo en El Paraíso…
Alberto
_______________________________
Notas para los que leen de lejos:
Rumbear: ir a fiestas, viene de rumba
Berenjenal se refiere a un monton en este caso y algunos cruzados
Mono: traje de tela completo de cuello a pies
Bemba: labios grandes
Ni de vaina: no estar de acuerdo

martes, 26 de diciembre de 2017

las tarjetas de débito

(Observando el mundo desde el humor… lo que nos queda)

LAS TARJETAS DE DÉBITO
En Caracas y ante la falta de dinero en efectivo, los ciudadanos en un intento de adquirir bienes esenciales, nos hemos tenido que centrar en las tarjetas de débito. Es dinero en efectivo, pero digital; solo abonos y cargas. Es un balance bancario tanto para el que compra como para el que vende. Es ese uso maximizado del dinero digital, las máquinas que reciben las tarjetas para efectuar el débito, se han visto solicitadas a su mayor capacidad. Hemos visto largas colas solo para pagar con las “fulanas” tarjetas.

A veces dicen: “el banco no responde”, o “transacción fallida”. Fallida debe venir de fallar, pero no dice si fue en el intento de meter la tarjeta en la máquina, en la comunicación  o peor aún, en los saldos. El hecho es que en tal uso, las máquinas se vean un poco lentas, “fallidas” o que no lean el “chip”. Ahora todas las tarjetas electrónicas tienen un chip incorporado; algo así como una computadora de bolsillo, donde la tarjeta sabe más de tu saldo, que tú mismo.

Para hacer que la cosa funcione, el operador o cobrador se las ha ingeniado para que el sistema fluya y avance la cola. He observado algunos de los “medios creativos de cobranza digital”:

  • 1.       Las cajeras de auto mercado tienen un postgrado en esto. La técnica que mayormente hacen, es pasarse el chip por el pelo de la cabeza, me imagino en un intento de magnetizar más la tarjeta y obligarla a que la lea la máquina. La técnica es variada pero nunca menos de tres pasadas por el pelo
  • 2.       La borra del lápiz. Esta técnica requiere de un lápiz y su goma de borrar. Se trata de quitarle a la tarjeta, la grasa de las manos. Le pasa la borra por el chip, le quita las boronas y la usa. He visto que funciona. Además se ve elegante. Quién sabe si el exceso de boronas dentro de la máquina haga que la cosa no funcione
  • 3.       Engrasar. La otra técnica es justo la opuesta y consiste en agregarle grasa al chip, de los dedos, usando el pulgar y el índice; nunca menos de tres frotadas
  • 4.       Los que piensan que quedan flojas. En las farmacias es la técnica más usada. Consiste en incorporar otra tarjeta de cartulina del mismo tamaña de la tuya en un intento de que quede “apretadita” y se realice la lectura. Cuando la vas a sacar, no puedes
  • 5.       La del dedo índice. Esta novedosa técnica consiste en empujar la parte de la tarjeta que queda fuera de la máquina hacia abajo, hasta que forme un arco. El riesgo es que la tarjeta se parta. Los cobradores conocen de resistencia de los materiales y no he visto ninguna que se rompa. (Igual pienso que a la larga se “fatiga” el plástico, como dicen los ingenieros)
  • 6.       La inmóvil. Es usual que al colocar la clave se tenga que mover la máquina  y entonces desconozca la tarjeta. En este caso hay que volver a comenzar. “No la toque, no la mueva” te dicen, al igual que cuando te vas a tomar una radiografía y te dicen: “No se mueva, no respire, no se mueva…” En estos casos, han pegado la maquina con goma, tirro o teipe, para que no se mueva de su “mejor posición”
  • 7.       Por último, la “auto gestionada”. Te pasan la máquina y tú debes hacer todo, desde colocar el monto a cobrar, el número de identificación y la clave. Es usual entonces, que me vean pasándomela por el pelo, o frotándola, cual botella de genio, empujándola con el índice, o simplemente haciendo unos “rezos” para que sea exitosa la transacción.


Puede pasar que luego de tanto, tu tarjeta no tenga saldito…

sábado, 28 de octubre de 2017

Club de Escribidores de octubre 2017

Fantástica reunión hoy con excelentes anfitriones; Don Cesar y Doña Liliana en una maravillosa terraza en Colinas de Bello Monte en Caracas.
El tema era, "a mi y al pato Lucas..."

Bautizamos en familia al primer libro de Cesar Yacsirk, Felicidades. Las gráficas nos cuentan...













jueves, 1 de diciembre de 2016

S.C.F

Fe Fernández siempre se ha sentido intrigada por su nombre. No sabía porque la habían llamado Fe. Lo único que había conocido hasta entonces era a la urbanización Santa Fe en Caracas y a un grupo de fútbol de Argentina. Pues resulta que Santa Fe fue una santa del siglo II cuando a los cristianos se los comían los leones en el circo. Santa Fe fue una martir, por lo que sufrió en su agonía, aunque solo tenía 13 años. Fe quiere decir “creencia sin evidencia” y fue la frase que repetiría por mucho tiempo, el tiempo que fue devota de Santa Fe.

-Claro en aquella época la gente vivía como 33 años y al tener 13, ya era mujer, susurró.

Cuando entendió que su madre era devota de Santa Fe (de la Santa y no de fútbol), decidió ser devota también. Consiguió una imagen, una estampita, conoció sobre su vida y a veces en su propia Fe de devota, le prendía una vela en la iglesia. Ahora, al menos, tenía como explicar a sus amigas, el origen de su nombre.

Lo malo de llamarse Fe Fernández es que en el colegio la llamaban Fefe. No le molestaba tanto, pero se sintió un poco intimidada cuando se casó enamorada y se dio cuenta que su marido también se llamaba Fernández. Sus amigas de entonces la llamaban, FefedeFe.

Fe tuvo dentro de su matrimonio, tres hijas y en honor a su nueva fe y devoción, en vez de llamarla Fe Carolina o Fe Constanza, las llamó, Felicia, Fedora y Fernanda. Felicia Fernández, Fedora Fernández y Fernanda Fernández, todas llamadas en el colegio “Fefe”, como a su mamá. Pero como las tres hermanas se iban a llamar Fefe, entonces y para no confundirse, las amiguitas las llamaron Fefe 1, Fefe 2 y Fefe 3, y con el tiempo y por cariño, las llamaron 1,2 y 3.

Las tres niñas crecieron  y de mujercitas, se enamoraron. Decidieron casarse el mismo día. Los tres caballeros eran muy apuestos y elegantes y se apellidaban Figueredo, Figueroa y Finchaltub. Fe, el día de la boda, se dio cuenta y se asustó. Sus tres hijas iban a ser FefedeFi. Al menos se había roto la cadena de las “Fees” y se quedó callada. Su preocupación apareció de nuevo y con terror, cuando sus tres hijas le manifestaron que iban a llamar a sus nietas, Filomena,  Fiona y Fiorella. Todas niñas que nacerían además el mismo día, según el médico que era el mismo para las tres.

Aterrada se dió cuenta que su abuela se llamaba Fabiola que  había llamado a sus tres hijas, con Fa. Entendió en ese momento que padecía del “Síndrome Cíclico del FAFEFIFOFU”. No se imaginaba que a sus bisnietas las llamaran como FOFO y FUFU. Aunque supo de una tatarabuela que se llamó Fuego Fuenmayor.


A partir de ese momento, Fe le dedicó todo el resto de su vida a enseñarle a sus nietas nombres novedosos, como Yelitzaida, Yumabìritza, Usnavyleidis, es decir a generar nombres compuesto que pudiera enderezar el entuerto, y curarse de la enfermedad. Lo que la tranquilizaba un poco, es que "felicidad" también comienza por la "fe".

Alberto Lindner

PD 1. Imagen tomada de http://blogs.21rs.es/kamiano/2010/10/11/sobre-el-pilar-de-la-fe/
PD 2. Hay una gran cantidad de Fe Fernández,no me lo imaginaba. Espero no se molesten.