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domingo, 27 de noviembre de 2022

Carta a un escribidor/ Tibaire García

 

Caracas, 27 de noviembre de 2022

 

Carta a un escribidor

 

CONFIANZA PERSONIFICADA

 

Qué buena fue esta idea. Escribirle a un escribidor. La ocasión me lució oportuna para agradecer, a saber de lo bien que hace dar gracias, mas esto mismo me hizo ardua la tarea, porque mi corazón está repleto de gratitud y amor con todos.

Para mí eres de esos seres que yo llamo bonitos. No, se me hace corta esta palabra. ¡Francamente eres preciosa!

Ese abrazo en que te entregas. Esa sonrisa tan hermosa. Una humildad y sencillez que no se encuentran fácilmente. Graciosa siempre. Ecuánime  absoluta. Llevas puesto el respeto, la delicadeza con el otro, la generosidad y la nobleza.

Sé que puedo confiar en ti.

 Sana, hermosa…

Casi todos, sino todos, te hemos tocado la puerta para que tú hurgues en ese líquido rojo que nos recorre el cuerpo.

¡Gracias por tanto, mi amada!

Tu sanota, tu robusta

sábado, 26 de febrero de 2022

Un amor ido y presente/Tibaire García

 Un amor ido y presente

Jueves 17 de octubre de 2019, en la Urbanización El Cigarral, Caracas, en horas de la madrugada. Dos maletas, un morral y una cartera. Su mente y la mía repletas de una extraña incertidumbre que convivía muy bien con certezas y posibilidades. Una despedida muy breve; rápida. Un solo abrazo, sin besos, y una expresión que no podía faltar y debía quedarse por siempre estampada en el corazón y en todo su ser: "Dios te bendiga y la Virgen te proteja y acompañe". No hubo respuesta.  Fue muy buena y oportuna la excusa de que se estaba haciendo tarde para llegar al aeropuerto. Eso no le dió permiso al dolor, al sufrimiento y a las lágrimas para que hicieran acto de presencia, en un momento tan amargo, aciago y cruento como ese. 

Sin esperar a que el taxi se alejara, subí al apartamento y me acosté. Dormí como un par de horas más hasta el amanecer. 

Ella había dejado la puerta de su cuarto cerrada, y así permaneció por dos días y medio más. El sábado en horas de la tarde, ante la necesidad de buscar algo, finalmente me atreví a abrir esa puerta que contenía detrás de ella una vida entera. Sacudí las sábanas, busqué en el clóset y me asomé por debajo de su cama. Fue cuando descubrí que ella no estaba. ¡Se había ido! Ahora no logro recordar por cuánto tiempo estuve llorando.
Ya son 28 meses sin olerla, abrazarla, besarla. Nos separan las millas que hay entre Caracas y Grapevine, en Texas, Estados Unidos. También nos separan una solicitud de asilo, un pasaporte muy recién vencido y un engorroso trámite de solicitud de renovación de una visa americana.

Nos une el amor, la esperanza, la tecnología y una confianza infinita en que Dios está preparando nuestro reencuentro para la ocasión perfecta. La que nos corresponde a las dos.
Hija de mi vida, te amo infinito y con mi ser. Y te abrazo con mi alma dolida y esperanzada.

Tibaire García Pérez

domingo, 26 de enero de 2020

Fuga y encuentro/ Tibaire García


Caracas, 25 de enero de 2020

Escrito Club de Escribidores de Caracas
El amor en tiempos de diáspora

Fuga y encuentro
Jueves 17 de octubre de 2019. Me había anunciado que la salida de la casa era a las tres de la madrugada, y que le parecía conveniente contratar los servicios de un taxista, para que yo no transitara por los riesgos de un camino solitario y oscuro. Esta vez entonces me liberaba de caminar por ese amargo y húmedo piso cinético que en ocasiones pasadas había dejado mi corazón suspendido y mi alma agrietada.

Algo  muy peculiar, fue que pasaron más de cuarenta y ocho horas para que yo casi sin percatarme, y con la muy buena excusa de buscar algo que en el resto del apartamento no encontraba, abrí la puerta de su habitación y descubrí que no era algo lo que me faltaba, sino alguien. Un espacio vacío de olores, de piel, de unos ojos verdes usualmente encajados en alguno de sus artefactos electrónicos, y desprovisto de música, de un “dime mami” o un “bendición mamá”. La cama tendida con su edredón preferido, también algo de su habitual desorden y unos chocolates y golosinas que había dejado para mí.

No supe en qué momento se reunieron en mi rostro la ternura con las lágrimas; en mi ser la soledad con la esperanza, y la rabia y la tristeza se entretejieron con vestigios de “ella va a poder y yo también”.

Han transcurrido tres meses. Noventa días en que el amor se ha colado por la virtualidad. Esa que aún no nos deja llegarle al calor y al olor. Mas que sin embargo ha permitido que fluyera la comunicación para transmitirnos cariño, ideas, proyectos, ilusiones, atrevimientos, decisiones valientes, intimidades, protección.
Fue una fuga?  Sin dudas.  Se fue huyendo?  Indiscutiblemente.

Y más allá de ésto, qué?   Aparece un profundo sentido ante ella, y ante mí.
Las dos hemos visto a una María Gabriela reencontrándose con su centro, su esencia. Asumiéndose. Paseándose por decisiones titánicas. Escribiendo el guión de su historia y poniéndola en escena. Siendo quien es. Ha estado disfrutando de un encuentro maravilloso consigo misma.

Esta danza que la veo danzar ha podado mi ocasional tristeza?  No propiamente. Me ha procurado sosiego, orgullo, valor, confianza y optimismo?  Con frecuencia.
Corren tiempos de diáspora para nosotras, y por lo pronto así vamos construyendo nuestro amor.

Tibaire García
25 de enero de 2020

sábado, 17 de marzo de 2018

Tibaire García


Caracas, 17 de marzo de 2018

El capitán  arrima  y bocha, y el juego está ganado

Mi padre fue un gran jugador de bolas criollas. Es aficionado,  aunque no lo ha vuelto a jugar. Por los años setenta, o quizá finales de los sesenta, ganó un campeonato de bolas criollas promovido por la otrora empresa Menegrande en el campo petrolero de San Tomé,  estado Anzoátegui. Cuando Yvette, querida compañera de este Club, nos asomó el reto de escribir sobre “las bolas criollas y el mingo”, mi memoria me mostró a mi papá en una posición que recuerdo a perfección, jugando este tradicional juego venezolano. Me confieso una desconocedora de este juego, y también les cuento que las letras para llenar estos párrafos, fueron surgiendo con dificultad.

Llamé por teléfono a mi papá, y estuvimos conversando sobre las bolas criollas. No le estaba viendo la cara, pero pude apreciar su expresión de agrado. Como cuando hablas de aquello que te apasiona. Como quien se sale por un momento de un juego que luce perdido, y se conecta con sentimientos de alegría, triunfo, solidaridad, sana competencia, y tantos otros que podemos saborear cuando hacemos lo que nos gusta. Su voz me habló de sorpresa. 

Asumo que pensó: “y por qué me pregunta ésta por el juego de bolas criollas, y mi historia con él”. Sin esperar a oír la pregunta, yo le conté de qué se trataba. En la conversación surgieron otros temas, como la infaltable pregunta de “¿y cómo está la gordita?” (mi hija). De una forma que no pudimos evitar, aparecieron en la escena de la conversación ciertos comentarios en torno a las realidades, no tan refrescantes ni sublimes ellas,  que vivimos en los momentos actuales todos los que, teniendo o no la ciudadanía, o estando o no dentro del territorio, nos consideramos  venezolanos. Mi papá inmediatamente, y como para dar continuidad al tema de las bolas criollas, se trajo el juego para la cancha en la  que todos estamos jugando. 

Me dijo: “hija, el capitán ni arrima ni bocha, y el juego está perdido”. 

Me sonó tan contundente y lapidaria, como interesante, su expresión. No sin antes sentir un profundo desasosiego y una gran tristeza en mi alma, emprendí un viaje. Un viaje por espacios de preguntas, de repreguntas, de búsquedas. Me descubrí diciéndome: “no puede ser que el juego esté perdido, me niego, no lo acepto”. Quiero pensar que todos somos capitanes, no importa si es así o no en el juego de bolas criollas. Opto por creer que sí puede cada quien arrimar al mingo, bochar y así ganar el juego todo el equipo. Somos privilegiados al contar con una inmensa y bien proveedora cancha que es este planeta que nos ha sido dado. En numerosos  espacios de esta cancha, nos encontramos jugando  venezolanos que deseamos arrimar y bochar. Hemos sido privilegiados también con un maravilloso juego de versátiles y plásticas herramientas con que cuenta nuestro cuerpo y también nuestro ser, para que podamos crecer, co-evolucionar, co-crear. 

Tenemos infinitas posibilidades de transformarnos a nosotros mismos, y a los otros y a la cancha. Qué importa si algunos capitanes no arriman, otros sí lo hacemos. Y bochamos y ganamos. En este momento viene a mí, Mandela, quien en un reducido espacio que era su prisión, se repetía continuamente “…soy el capitán de mi vida, soy el capitán de mi alma…”. Siempre estuvo Mandiba inmensamente libre. En esta noble cancha en la que nos encontramos, hay ciertamente capitanes que presumen de ser “el capitán”, y se aferran a la senda de la involución, la inconsciencia, el encharcamiento, y en la ruta de la ruina de sus almas. También en este campo de juego, somos muchos, muchos, tal vez incontables, quienes aspiramos a un más elevado nivel de consciencia, a una mirada compasiva del otro, a acciones de amor y agradecimiento, a crecer juntos en esta amplia extensión de la que disfrutamos, a contribuir con un desarrollo saludable de todos como equipo y también como jugadores únicos e irrepetibles de este maravilloso juego. 

Papá, te dedico este escrito, y te invito a jugar de nuevo el juego de bolas criollas. Será una mágica jugada en la que tú y yo vamos a ser capitanes, en que arrimaremos al mingo de la esperanza y los sueños renovados, bocharemos, y yo te oiré decir: “el juego está ganado”.-
Tibaire García

sábado, 9 de diciembre de 2017

Tibaire García

Caracas, 09 de diciembre de 2017

Navidad,…¡mágica navidad!

Ya en noviembre me viene un sol particular; ese que todos los años me clama con pasión “¡ya es navidad!”. Siento que me distancio de los meses anteriores; que abro un espacio para el recogimiento; que hago una pausa, en la que vuelco más mi atención a mis abuelos, amigos de hoy y de antes, compañeros, hija, sobrinos, pareja, papás, hermanos. Es ese tiempo en que procuro el acercamiento, el encuentro de almas, el agradecimiento, el perdón, la alegría, la celebración. No hay forma para mí de que las circunstancias, cualesquiera que ellas sean,  me quiten las ganas del abrazo, de hacer juntos las hallacas, de recorrer la casa de mi mamá y decirle qué bella te quedó la navidad este año, sin percatarme que se lo he dicho todos los años. Mi María Gabriela siempre me lo hace mágico. Siempre presente ella, y algunas letras o detalles suyos, que me dicen mamá aquí estoy amándote otra vez. No importa la mirada retorcida que pude haberte dado entre enero y octubre.

Es que para mí la navidad es mágica en sí, y también hace magia. Para mí tiene un olor peculiar, y tiene ese sonido perfecto de nuestros aguinaldos venezolanos y de la gaita zuliana. Para mí la navidad es “el negrito fullero”.

La navidad es el pesebre de mi abuela Carmen, hecho por mi tía Carmencita. Y es el árbol de navidad de mi abuela María, hecho con un tronco de árbol y jabón blanco batido.

Es Manuel comiéndose las aceitunas, y Luis quitando el corcho a las botellas que contienen esas exquisitas bebidas que bañarán nuestra rica y linda cena. Es Tita preguntándome “cómo te parece lo que les voy a poner para esta noche”.
Es mi papá invitándome a bailar gaitas. Y es mi mamá la última en estar lista para la gran cena.

Es Pablo haciendo todo para que la casa esté impecable. Es Pablo llamándome un 27 de diciembre para saber del carro. Mi respuesta duró acaso tres segundos, y el resto de la  conversación,  una conversación que se ha extendido ya por tres años,  abría espacios en nuestras historias, que derrumbarían barreras de miedo, y darían paso a un amor verde azul. Es Pablo diciéndome “quiero estar contigo, de la forma que tú quieras,…y éste es mi regalo de navidad”, un 25 de diciembre de 2015.

Dios mío,…Dios nuestro, permítenos por favor, a todos los seres que habitamos este bello país, poder agradecer tu presencia de alguna forma en nuestras vidas. Permítenos el alimento a todos. Un techo. Una cobija. Un abrazo. Una mirada compasiva. El perdón como uno de los presentes más preciados, entre nosotros. Permítenos, Padre, para esta Navidad, la medicina que apacigue el mal a quien lo padezca. Muéstranos con tu mano sagrada, un camino sabio, una senda correcta que nos haga siempre hacer y hacer para amar.


Tibaire García

sábado, 18 de noviembre de 2017

Unos zapatos desgastados y la bendita imperfección

Ya un ángel de apellido Ceballos, como invitado especial en la corporación a la que yo representaba, me había presentado algo muy novedoso para mí conocido como “Psicología Positiva”. Interesante, pensé. Distaba bastante de mi formación académica y profesional hasta ese momento, mas calzaba bastante bien con las experiencias personales de mis últimos años de vida hasta entonces. Me conmovieron en forma especial aquellos planteamientos. Pudo ser el año 2009, tal vez.

Acostumbraba yo asomarme al facebook con frecuencia. Una que otra vez vi por allí unas publicaciones que hacía un amigo muy querido por mí, a quien conocí en los pasillos de mi UCV, a quien por cierto tenía yo muchos, muchos años sin ver,  sobre una Sociedad Venezolana de Psicología Positiva, ofreciendo algunas actividades que impresionaban gratamente mi atención. Ese sentimiento iba unido a un susto tímidamente perceptible para mí, pues el término “Positiva” (con ideas muy sutiles sobre él, que me habían quedado de Ceballos), me llevaba a terrenos que durante mi formación académica no fueron precisamente de mi interés. Recuerdo haber tenido pensamientos como: “qué hará Ivan en ésto”; “yo recuerdo que él se formó en industrial”; “era un estudiante responsable, serio y comprometido”. “Entonces, esto probablemente sea bueno. Debe tener un duro respaldo científico. Nada, Tibaire, si él está ahí, atrévete en algún momento”.

Junio 2011. Veo en facebook la promoción de un “Taller de Introducción a la Psicología Positiva”. Con cierto temor, me empujé. Llamé y me inscribí. Facilitadora: María Elena Garassini. “No sé, pero me suena. ¿Será que la conozco?”. “Bueno, ya veré de quién se trata”. Pedí el correo de Ivan. Le escribí. Me llamó. “Mañana llegaré muy tempranito para saludarte antes de empezar el Taller”. No podía yo con tanto.

Llegó el día. Dentro de mí había poco espacio para tanto entusiasmo. Mi reencuentro con Ivan; conocer más sobre eso que llamaban “Psicología Positiva”; encontrarme con quién sabía quiénes,  ver por fin a esa María Elena Garassini, y saber de qué nos hablaría, y asistir a una actividad académica luego de varios años de dura lucha en que mi prioridad había sido levantar y recomponer el cuerpo, la mente, el espíritu, las relaciones, la vida, para sanarme ante una pesada enfermedad

Me fui tan temprano, que decidí llamar a la oficina de la Sociedad pensando si me habría equivocado yo de lugar, pues no llegaba nadie. Del otro lado oí una voz muy agradable, alegre, enérgica, entusiasta y súper receptiva. Justo lo que yo necesitaba en esos momentos de mi historia. “¡Vamos bien!”, pensé. Le pregunté si era ella María Elena, y me dijo que sí, que estaba yo en el sitio correcto, y que muy pronto iría hasta allá para iniciar el Taller con los participantes que fuesen llegando.

Al poco rato se asomó por la escalera un hombre que ya no era flaquito, sino más bien gordito, con canas, bigotes y barba. El abrazo era el mismo, y hasta más amoroso. La sonrisa también. El afecto intacto. Ivan de mi alma.

Iban llegando los asistentes. Había ya varios, cuando interrumpe la calurosa y atropellada conversación que teníamos Ivan y yo, una mujer que al  subir el último escalón me dice
 “¡Yo te conozco a ti!”. Le dije asombrada 

“¡yo también te conozco a ti!”. “¿Tú eres María Elena?  Yo fui quien llamó a la oficina”. Nos abrazamos y nos besamos, sin recordar aún ninguna de las dos dónde y cuándo nos habíamos conocido.

Pasamos al aula, y toca presentarnos. Cuando llegó mi turno, y termino mi presentación, me dice María Elena muy efusiva: “gracias Tibaire por habernos hecho el preámbulo a algo de lo que vamos a hablar, que se llama Resiliencia”. Yo no cabía dentro de mí, aunque no tenía muy claro de qué se trataba ese nombre tan rimbombante. Desde ese mismo instante, mi Lele, como te digo ahora, comencé a ponerle nombres a numerosos eventos y procesos vividos en mi experiencia de vida, y a reescribir y resignificar mi historia. Comenzaba a sentirme muy acompañada pues la ciencia bastante había hablado ya de mí y de mis acontecimientos (claro, sin decir que era yo), y se afianzaba ese camino de autocomprensión, aceptación del otro y de mí, autocompasión, y amor y entusiasmo por la vida. ¡Por mi vida!

En el Taller había por cierto dos participantes a quienes hoy admiro y amo profundamente. Uno de ojitos claros, quien hablaba muy bonito de su familia y contaba cómo él mismo, así como venía haciendo yo, por iniciativa propia, había dado grandes giros a su vida. Se llama Santiago Porras. Ahora Santi. El otro era un hombre delgado y alto, encantador, que se cambió de puesto y se sentó detrás de mí, y elogiaba mis botines. A partir de ahí, fue un reto concentrarme en las actividades del Taller, pues ese señor dio rienda suelta a una de sus más destacadas fortalezas, y me hacía un comentario detrás de otro, en voz baja, y yo quería reírme a carcajada batiente, y me parecía como algo fuera de lugar en ese contexto. Los chistes y opiniones comenzaron a hacerse públicos, y ahí sí estallaba yo, junto a los demás, en risas muy sonoras. Este hombre nos dijo que una de sus pasiones era tocar el cuatro e improvisar y cantar guarañas. Era nuestro Lionel. Ahora Lío.

Vuelvo a María Elena, a quien desde este momento me referiré como Lele. En el refrigerio, hice huecos en mi memoria hasta que la encontré. ¡Claro! Del Laboratorio Infantil del Instituto de Psicología de la UCV. Se lo dije de inmediato. Me encantaba su desempeño en el Taller, y me iba gustando más aún aquello de lo que nos hablaba, y lo que yo iba descubriendo de mí y de mis  otros significativos para mí,  en los ejercicios que hacíamos. Dios, cómo se puede tener cuatro muchachos y ser tan bella y delgada.

Me impactó a lo largo de las dos sesiones del Taller, que la facilitadora, es decir Lele, usaba un blue jean que me encantaba y que a muchos seguro gustaría, y unas blusas que me parecían muy lindas, y es probable que así le resultaran a la mayoría. Y observé en ella algo que fue de una importancia trascendental en mi vida desde ese momento, y que ahora aprovecho de contarles y de agradecerle a ella con todo mi ser. Llevaba puestos unos zapatos sumamente desgastados. No puedo saber cuántos años de uso tendrían esos zapatos; por cuántos talleres se pasearían, en cuántas aulas de cuántos países estarían, a cuántas personas más espantarían o transformarían positivamente, con tanto desgaste. Eran bajitos, de color marrón o  gris (ya no era posible precisar este dato), rayados de tanta rosca, pelados en las puntas, y de paso puestos sobre unas medias que a medio ver, no combinaban para nada.

El final del Taller. Que qué me llevaba de él, me preguntó. Yo le dije no recuerdo qué. Cualquier cosa. Si esa pregunta me la hicieras hoy, te diría mi Lele: tus zapatos desgastados. Ellos me condujeron a profundas reflexiones sobre la perfección, la imperfección, sobre esa aspiración a niveles de idoneidad inalcanzables humanamente, que me habían torturado desde mi infancia. Yo era un ser humano con blusas lindas y zapatos desgastados, como Lele. En mí podían convivir ellos y no quitar brillo a lo que yo era. El Taller nos dio mucho, quedó maravilloso, hubo grandes aplausos, y la facilitadora lucía zapatos desgastados. Tus calcetines me animaron a darme muchos permisos. A aceptarme mucho más. A ver mis vulnerabilidades y limitaciones de otra forma. A comprender y admitir, que aún con nuestros zapatos desgastados, podemos quedar lucidos, podemos amarnos y aceptarnos, y también otros nos pueden amar y aceptar. Te invito, mi Lele, a llevar en tu equipaje para el vecino país esos calcetines que pudieran contribuir a experiencias expansivas en la vida de otros, como lo fue en la mía. 
Desde mi corazón,…gracias.


Tibaire García