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domingo, 30 de agosto de 2020

Los miedos secretos/Lionel Alvarez

Vi correr algo por la orilla de la pared, tan rápido que no logré identificarlo. Me asomé al pequeño baño de servicio, y ¡allí estaba! Como me temía, ¡era una rata! Busqué al gato de la casa  -el viejo Jim-, lo metí dentro del baño y cerré la puerta. Esperé como unos veinte minutos, cuando abrí de nuevo, Jim salió ¡como alma que llevaba el diablo!

El bañito era muy pequeño, de tan solo un metro cuadrado. Decidí entrar, cerré la puerta, me monté sobre el inodoro, y con un palo de escoba intenté darle por la cabeza. El animal comenzó a chillar horriblemente, a dar brincos y a tratar de morderme a la cara. Solté el palo y salí ¡más asustado que Jim! 

Recuerdo el evento como mi primera experiencia de miedo intenso; dicho de manera coloquial: "se me pusieron de corbata". La rata decidió atacar y yo decidí huir. Mientras me recuperaba del escalofrío, y con la respiración todavía alterada, podía oír claramente los latidos de mi corazón. Es una experiencia que poco he compartido, así que pudiéramos decir, se trata de un secreto.

Todos, sin excepción, hemos sentido miedo en algún momento. Hasta los más valientes, esos que hacen la cola para subir a las aterradoras montañas rusas, sonreídos y llenos de entusiasmo, llevan su miedo oculto. Coraje no es ausencia de miedo, es actuar a pesar de tenerlo.
El miedo es una emoción básica, y no tenemos por qué sentir vergüenza en reconocer que lo sentimos. Cuando niños, lo demostramos de manera natural, pero en la medida que vamos creciendo, moldeados por la cultura, comenzamos a pensar que no deberíamos mostrarlo en público, quizás porque tememos pueda ser interpretado como cobardía.

Tal Ben Shahar, profesor de Psicología en la Universidad de Columbia, explica que cuando tratamos de bloquear o suprimir una emoción -como el miedo, por ejemplo-, ocurre lo contrario, ella se intensifica. La paradoja es que cuando la aceptamos es cuando se debilita.  Comenta que cuando comenzó a dar clases, el desafío más grande que enfrentó fue su timidez, que lo ponía nervioso al presentarse ante una audiencia. Al principio trató de neutralizarla con actitudes mentales positivas, como: " tranquilo, todo va a estar bien, lo puedes hacer, nada que temer..." el resultado era que su miedo se incrementaba. Dejó de usar esa estrategia luego de leer el trabajo de investigación del psicólogo Daniel Wegner, de la Universidad de Harvard, que desarrolló una teoría que llamó, "Teoría de los procesos irónicos", en donde demuestra que, intentar suprimir un pensamiento, es la mejor manera de que este pensamiento regrese una y otra vez.

Los mecanismos del miedo con los que la naturaleza nos ha dotado, fueron muy valiosos a lo largo de la evolución, permitiendo detectar las amenazas, antes de que fuera demasiado tarde, y eso fue determinante para la supervivencia de la especie.
Están bien identificados los detalles fisiológicos de cómo el miedo prepara al organismo para responder ante el peligro, ya sea: la huida, el ataque o el bloqueo. La sangre se va a los músculos de las piernas, para facilitar la huida, quedando el rostro pálido. El cuerpo se congela y un torrente de hormonas circula por el organismo.
Hoy en día, es poco probable que nos consigamos de frente ante un depredador, pero nuestro mecanismo del miedo sigue activo, en alerta continua, tratando de captar cualquier cosa que pueda suponer un peligro.

Pero no siempre el miedo surge ante un hecho real y presente. Generamos temores por situaciones que no han ocurrido, pero que pensamos, pudieran suceder en el futuro, como: perder el empleo, que nos aplacen en un examen, que no consigamos las medicinas, que nos atraquen en la esquina... Son solo posibilidades, pero nuestra mente no diferencia un riesgo real de uno imaginado, y es suficiente para comenzar a sentir los efectos fisiológicos del miedo.

Winston Churchill dejó escrito: “Me he pasado la mitad de mi vida preocupándome por cosas que nunca me ocurrieron”.  De allí la importancia de silenciar nuestra mente, de calmarla, acudiendo a nuestros espacios de silencio, serenidad, quietud, meditación y oración.

Lionel Álvarez Ibarra
Agosto 2020

"Bajo la máscara de la temeridad se ocultan grandes temores".
Marco Anneo Lucano.  Poeta romano.

lunes, 5 de septiembre de 2016

El Mar de la Cajita

Siempre que viajaba a Savannah me gustaba detenerme en la pequeña tienda que vendía

artículos relacionados con la naturaleza. En una de mis visitas conseguí un adorno que

consistía en un recipiente acrílico transparente rectangular con un líquido azul en su

interior. En la base tenía un pequeño motor que lo hacía balancear de un lado a otro

produciendo un movimiento en el líquido que simulaba el oleaje del mar, al equipo lo

acompañaba la grabación de un sonido marino. La encargada de la tienda se acercó y

me comentó que ver el mar y escuchar el sonido de las olas generaba una sensación de

tranquilidad y bienestar. Estuve a punto de comprarlo, pero desistí, lo sentí como muy

artificial.


En un viaje de regreso, leí por coincidencia, un artículo sobre un estudio que había

realizado una universidad británica que tenía como objetivo investigar el impacto de los

ambientes naturales en el bienestar de los individuos y cómo estos generan distintas

reacciones en las personas. Los científicos siguieron a 2.750 voluntarios durante dos años

y compararon sus experiencias en el mar, el campo y los parques urbanos. Al ponderar

los resultados, todos los participantes identificaron el ambiente marino como la

experiencia más positiva, seguido de los parques urbanos y el campo. La investigación

reveló que aunque todos los espacios naturales generan efectos psicológicos positivos,

estar cerca del mar es lo más beneficioso.


No conocí mayores detalles del estudio, pero de haber sido consultado, muy

probablemente hubiese dicho lo mismo. Me agrada estar en el campo, pero reconozco

que el mar ofrece como más recursos para sensibilizarnos. Las tonalidades de azules, la

brisa, el olor del salitre, sus aguas salobres, el rugido suave acompañado del graznar de

gaviotas y del rompimiento de las olas, ofrecen todo un abanico de estímulos para deleitar

nuestros sentidos. Ni hablar de las propiedades curativas que le atribuyen a sus aguas.

Hasta una buena dosis de humildad nos suministra cuando experimentamos esa

sensación de asombro y admiración ante su impresionante inmensidad.


Frente a un escenario marino, la mayoría de las personas experimenta una agradable

sensación de calma, relajación y bienestar. Los neurocientíficos piensan se debe a que le

da una especie de descanso al cerebro de la sobre carga a la que nos exponemos

continuamente y esa desconexión tiene un efecto casi hipnótico, el cual genera esa

sensación de tranquilidad. Aseguran también que el sonido de las olas estimula un estado

meditativo que genera cambios en las ondas cerebrales, específicamente, promueve las

ondas alfa, las cuales se han vinculado con el estado que llaman de atención sin

esfuerzo. La sensación de placer también ha sido relacionada al hecho de que estamos

conectados con la naturaleza marina desde nuestra gestación, al permanecer meses

flotando en un ambiente acuático dentro del vientre de nuestra madre y esa conectividad

es beneficiosa para el cuerpo, la mente y el espíritu.


De vez en cuando sigo recordando la tienda y el comentario sabio de la dependiente, pero

estoy convencido que aquella cajita acrílica nunca me hubiese aportado la sensación de

paz, tranquilidad y bienestar que se consigue al sintonizar de manera presencial todos

nuestros sentidos frente a la verdadera inmensidad del mar.


Lionel Álvarez Ibarra

Agosto 2016