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sábado, 13 de agosto de 2022

Lionel Álvarez/Chocolate

 SIN CHOCOLATE NO HAY PARAISO


Estaba mi hermana Eliza hablando con una amiga por teléfono, y le comentaba que su hija Sandra, se encontraba estudiando en Canadá. María, la señora que ayudó a criar a sus hijos, muy seguramente escuchó la conversación, porque más tarde le preguntó: Señora Eliza, ¿en dónde es que está estudiando Sandrita?

— En Canadá María, en Canadá.

— Pero usted me había dicho otro lugar, algo como “Cocosette”...”Ping Pong”...

— ¡Por Dios María, no me hagas reír! ¡Toronto!, que es una ciudad de Canadá.

En ocasiones, rememoramos con agrado aquella simpática ocurrencia, y el Toronto me hace recordar, uno de los primeros  chocolates que conocí.

Lo poco que sé sobre cacao y chocolate, no lo aprendí en la escuela, donde sólo me enseñaron que, en los tiempos de la colonia, Venezuela fue la mayor exportadora de cacao entre las colonias hispanas productoras del fruto.

Mis conocimientos sobre el tema se ampliaron algo, cuando viajé con mi familia a la población de Canoabo, en el occidente del estado Carabobo. Allí visitamos una finca de cacao que produce chocolate, en donde nos unimos a un recorrido guiado. Por primera vez vi a un cacaotero, y me llamó la atención que la fruta, en forma de baya, brotara directamente del tallo. Nos abrieron una de ellas para que viéramos internamente sus semillas, que son blancas. Alguien preguntó,  porqué el chocolate era entonces marrón. Le explicaron que los granos se tornan de un marrón rojizo durante el proceso de  secado.

La recolección del cacao es una tarea delicada y laboriosa, ya que no todas las bayas maduran al mismo tiempo. Esto impide una recolección mecanizada, y debe hacerse de manera manual. El guía iba explicando las distintas etapas que siguen luego de la recolección, pero el agradable aroma a chocolate que se desprendía de los hornos me distrajo, y apenas recuerdo  someramente los pasos: ...selección del grano...fermentación...secado...tostado...

Regresé a Valencia muy satisfecho con el tour, y curioso por conocer más sobre el  “Theobroma cacao”, nombre científico que le asignó el naturalista Carlos Linneo a la planta, basado en las creencias de los mayas y aztecas, y cuyo significado en latín es “alimento de los dioses”. 

La mayoría de los historiadores coinciden en ubicar su origen en México, sin descartar otros posibles lugares, como Honduras y Ecuador. Era un alimento de gran valor, hasta el punto de ser utilizado como moneda de cambio. Los aztecas tostaban y mezclaban las semillas con agua, dando como resultado una bebida oscura, amarga y espesa a la que llamaban “xocolatl”, cuyo significado en nahuatl, se puede traducir como agua amarga. Era muy fuerte, y los  investigadores aseguran que  su sabor no era nada comparable al del chocolate actual.

Cuando los conquistadores llegaron a Venezuela, el cacao ya se encontraba extendido en diversas regiones del país. Luego, se hicieron famosas las plantaciones de Barlovento, bajo el cuidado de monjes capuchinos. Se cotizaba a un precio alto, y los mantuanos, que eran los dueños de casi todas las haciendas de cacao, se hicieron inmensamente ricos, de allí la expresión de “los grandes cacaos”.

En el siglo XVI, los españoles llevaron la bebida a España, en donde le cambiaron la fórmula inicial, la endulzaron con azúcar, mejorando (al menos para su gusto) su sabor. De España se extendió por las diferentes cortes europeas, siempre como bebida, hasta bien avanzado el siglo.

El 1867, Henri Nestlé, el empresario suizo nacido en Alemania, creó la leche en polvo, una combinación de leche de vaca, harina de trigo y azúcar, un invento que desempeñó un papel clave en la posterior evolución del chocolate. En 1875, el suizo Daniel Peter, se unió a Nestlé, no sólo como socio, sino también como yerno, y tras años de experimentos, logró mezclar la leche con el chocolate, naciendo así el primer chocolate con leche.

En 1936, aprovechando una sobreproducción de leche, la Nestlé lanzó al mercado el chocolate blanco, que no contiene granos de cacao, y es elaborado con la manteca del cacao, leche, azúcar y otros aditivos como harina y almidón.

De aquella primera bebida que disfrutaban los aztecas hasta la tableta de chocolate que saboreamos hoy, ha habido una gran evolución. La industria actual del chocolate sigue normas internacionales que especifican el porcentaje mínimo que debe tener cada componente según el tipo de chocolate. 

Hoy en día, la producción mundial de cacao y chocolate está dominada por una decena de empresas trasnacionales, y África Occidental provee el 70% del cacao que se consume en el mundo.  La producción venezolana de cacao es limitada, pero el prestigio de su calidad se mantiene, y es reconocida en todas partes.

Hay estudios que aseguran, que el consumo de chocolate produce en nuestro organismo emociones muy similares al amor y la alegría. La principal responsable de ésta percepción sería la feniletilamina, conocida como la hormona del enamoramiento. Además, el chocolate posee teobromina, que puede aumentar la líbido, ¿Será por eso que obsequiar chocolates está entre las preferencias de muchos enamorados?

Especialistas de diferentes disciplinas le atribuyen también otras bondades: Estimula el sistema nervioso central; mejora el rendimiento cognitivo y disminuye el riesgo de demencia; estimula la hormona serotonina, mejorando el humor y aliviando el estrés; induce la liberación de endorfinas, que tienen la función de reducir los dolores físicos y crear una sensación de bienestar, alegría y felicidad...

¡Pero mucho cuidado! Los beneficios provienen realmente del  cacao. Así que, si desea sacarle provecho a alguna de esas supuestas virtudes, debe elegir un chocolate que contenga al menos un 70% de cacao. ¡Olvídese del chocolate blanco y del chocolate con leche! Busque el más negro y más puro, el conocido como chocolate amargo, y si no contiene azúcar...¡mucho mejor!

Lionel Álvarez Ibarra
Agosto, 2022

domingo, 31 de julio de 2022

13 chocolates

 


13 chocolates

Ella salió temprano, tenía que madrugar pues vive en un barrio del oeste de la Ciudad, con una relación de mucha población y poco transporte. Es delgadita y muy bien parecida. Lleva unos pantalones de yines y una camisita blanca por fuera. Se pone zapatos tenis porque puede llover y le teme a las enfermedades, aunque es muy sana.

Morena de piel, con ojos marrones color chocolate con leche; por eso la llamaron Esperanza. -¿Y qué tiene que ver el chocolate con la esperanza?, le preguntaba a su madre. –“Ya lo descubrirás”, le decía. Es una atleta bien formada, con un cuerpo tallado y marcado.

Caminaba apurada para llegar al Metro y poder ser puntual en su trabajo. Mientras lo hacìa, soñaba algún día poder enamorarse de verdad, así como lo veía en las películas, en las que dos seres que deambulan por el mundo, por casualidad, se cruzan y se tropiezan en la calle, para quedar unidos inevitablemente por toda la vida. Luego de ese pensamiento, Esperanza suspiraba. Siempre suspiraba.

Natan es un joven profesional, de buen porte. Trabaja en finanzas por lo que siempre va bien vestido a su trabajo. Es como se puede decir, un personaje exitoso. Es deportista, atlético, definido, elegante, e interesante, pero casi siempre serio. Ayer  salió a pasear con su perro “Funche”. Se iba a una zona boscosa del este de la ciudad; una “zona protectora”  como la llaman por acá. En su traje de ejercicios, Natan y su perro Pastor, subieron trotando, pisando las hojas secas que dejan el cambio de estación. Para él, era como una sinfonía musical, el crujir de las hojas secas, con la letanía rítmica de los pasos, y la respiración, acompasado del ritmo menor del trotar de su perro. Era un día asoleado, por lo cual, llegó además, de un elegante bronceado.

Los dos jóvenes, iban apurados ese día. Ella trabaja de secretaria en una oficina del Estado. Efectivamente, Esperanza y Natan, se cruzaron golpeándose suavemente en los hombros. Hubiera sido más romántico a no ser por el desastre de las hojas de papel que ella abrazaba, volando por los aires. Ella solía llevarse trabajo a su casa para poder salir  temprano, pero era más que poco probable que pudiesen rescatar las hojas. En las ciudades,  a veces y con poca frecuencia, se forman remolinos de aire, mezclados con polvo del Sahara (acá en el Caribe llegan esos polvos). Era un espectáculo la danza de las hojas circulando y alejándose de ella, como un embudo giratorio. Tuvo que cerrar los ojos para evitar la irritación. Natan decidió seguir caminando por aquello del tiempo. Al pasar todo, ya no estaban ninguno de los dos.

Casualmente Natan y Esperanza cumplen años el mismo día. Natan tiene la esperanza inmensa de conocer a alguien especial, alguien que tenga que ver con su nombre “regalo de Dios”. Son pocos en la familia, por lo que tiene amigos especiales que se han convertido en hermanos de la vida. Esperanza por su lado no conocía la paz; su casa era ruidosa, con mucha gente, siempre en fiestas. Vivian en una casa humilde pero como las de antes, con patio interno y grandes ventanales que dan a la calle, aquellos donde se sentaba a esparcir suspiros. Es la menor, por lo que tiene un ejército de hermanos varones que la cuidan. Es la única hembra. Con 12 hermanos, cualquiera pudiera darle una sorpresa.

Natan y Esperanza fueron a la misma hora a la pastelería de la esquina. Trabajan muy cerca pero no lo saben. Natan vio llegar a Esperanza y la reconoció. Igual, pasó con ella. -“Vidas cruzadas”, llegaron a pensar los dos. En la nevera de exhibición, ambos vieron una torta de chocolate, redonda, cremosa, bien decorada, adornada, perfecta. “-¿Cómo se llama esa torta?”, preguntaron ambos en coro. -Se llama “13 chocolates”, dijo la dependiente. -Las hizo el chef solo para hoy, y deben ser vendidas a una pareja, aclaró.  Ambos seres se miraron y sonrieron. En la sonrisa cómplice, se agarraron de las manos y dijeron: -“Nos las llevamos”, como para indicar que son pareja y feliz.

El chef era un hombre mayor, ya con pelo blanco, y con tanta experiencia de vida, que era capaz de tejer vidas. De hecho, era tejedor. Asomado entre las rejas, se sonrió. (Se dice que era el hermano mayor de Esperanza).Ella era la decimo tercera hija luego de 12 hermanos varones. Sus padres la llamaron Esperanza porque pensaban que era la última de la prole. Su color es de chocolate. Natan por su parte, es el hijo de Sonia, que luego de 12 intentos, logró tener a su primer y único hijo, su razón de ser. 13 veces en los dos, pero una sola historia.

-¿Qué cómo es la receta de 13 chocolates?, preguntó alguien,  -pues esa es otra historia…respondió el viento del centro, en su giro.

Desnudos, Esperanza y Natan, yacen en la cama, y con gracia, se cuentan los “chocolaticos” del abdomen; seis en cada uno: doce, y  el que viene en camino va a ser el decimo tercero.

Alberto Lindner

 

Chocolate/Ma Elena Garassini

 En algún punto fui mi vida me auto-declaré adicta al chocolate y decidí tomar medidas. Me diagnostiqué la adicción porque todos los días debía, más bien necesitaba, comer chocolate, y entonces, de forma consciente decidí que no debía comerlo todos los días y menos en las noches que me entraban una ganas horribles, y estaba amaneciendo con malestar de estómago. 

Como buena adicta empecé bien, pero recaía con frecuencia y empezaba el ciclo de todas las noches, el malestar, la decisión de seguir haciéndolo, etc.  En eso estuve un año, con momentos de sobriedad y recaídas. Hoy en días ya estoy dada de alta; me sigue encantando el chocolate, sobre todo los postres con chocolate, pero he aprendido a disfrutar mucho otros postres sin chocolate, y así logro satisfacer mi necesidad de dulce diaria. 

Creo que eso ha ayudado mucho, !pero sigo amando con locura al chocolate !