sábado, 27 de junio de 2020

Mi primer oficio del arte y el bienestar


Es un buen ejercicio viajar al pasado y averiguar cuál fue el primer oficio que ejercimos. A veces nos da pistas sobre el ser que hoy somos. No se trata de la profesión, que llega tiempo después, sino de aquello que hicimos en alguna etapa temprana de la juventud, y de lo cual nos hicimos conscientes. También es útil indagar las razones por las cuales lo hicimos, si aprendimos de alguien en particular o solo, habitaba en nosotros y se hizo presente.

Yo creo que por el año 1972 y con 16 años era titiritero. Descubrí esa pasión teatral y en el poder del lenguaje, para definir conceptos y diferencias entre las cosas. Tenía una habilidad innata de comunicarme con los niños y evitar que se aburrieran durante algún juego.  Hoy, como coach, lo llamo “generar distinciones”. En aquel entonces era, “arriba, abajo, derecha, izquierda, silencio, alegría, (y otras emociones a las que les pueden ya, dar un nombre...)”, conceptos que los niños de pre escolar están definiendo. (Yo diría que muchos adultos llegan a grandes sin saber ciertas diferencias).

Mi trabajo se volvió popular entre los colegios de la Urbanización El Paraíso y comencé  a atender agendas. De pequeños grupos, se pasó a espacios abiertos con más de 300 niños. Mi hermana y mi sobrina en sus pasantías, hicieron sus proyectos y trabajos con títeres. (Y conmigo claro). Tal fue el caso, que una vez en Baruta, tuvimos a todo el colegio en el patio del recreo. Fue mágico.

Títeres es teatro. Es una escala un poco olvidada ahora. Ya casi nadie habla de eso, ni he visto grupos de teatro ni formación actoral, como titiriteros. Quizá lo pueda rescatar con mis amigos del teatro nacional. (Ya lo hice pero no hubo interés).

Los niños son un público muy exigente. Si no logras mantener su atención, se fastidian, se paran y le jalan los brazos al títere. En la evolución y en el trabajo con niños, fue que introdujimos una variante con una maestra parada, (lo hice con mi sobrina también), conversando con los niños. Trabajar con títeres es terapéutico. Solo tienes voz, emociones, sentimientos y un par de manos que se convierten en cabeza, ojos, brazos y hasta piernas. Todo eso debe fluir hacia la corporalidad y la emoción del personaje que debe expresar a un ser inanimado que cobra vida con mi propia voz; generalmente modificando los tonos y el volumen. En fin, es poderoso.

Lo voy a incorporar ahora y luego de este escrito, a mis sesiones de coaching, Ahora con adultos. Cuando un adulto usa su voz al declarar algo, ya sea una emoción, una afirmación o un juicio, se da cuenta de sus propias barreras limitantes. Para ello, tengo desde entonces, como 20 títeres, la mayoría de Plaza Sésamo y algunos otros genéricos. Están en una maleta negra con dos aldabas a los lados de la tapa. Está forrado en rojo en tela brillante. Cuando la abres, no solo entra y sale el aire que expande, sino que en aquellos colores, texturas y olores, renace la emoción que se convirtió en sentimiento, que se convirtió en un estado de ánimo, y que ha movido la creatividad en mi vida. Han dormido por muchos años. Mis sobrinos nietos ahijados, los despertaron del letargo, y viven ahora, una nueva vida con ellos. (Un poco la historia de Toys de Pixar)

Casualmente llegó a la casa de algún vecino que emigro, un pequeño teatro de madera, así como con la forma de un tríptico antiguo, pero forrado en telas de colores, verdes, amarillos y azules. Tiene una cortina de tela que se abre a ambos lados. Por el escenario sin fondo han aparecido recién,  el perro blanco peludo, el viejito sabio, la rana René, Enrique y Alberto, el come galletas, la princesa, el mono sereno; en fin…

A veces, mis sobrinos ahijados, ya grandes, lo recuerdan. Y dicen: “Beto, vamos a hacer teatro de títeres” Y la magia sucede de nuevo. Y los hijos de mis sobrinos aun niños, comienzan a vivir a esa aventura de bienestar y yo recupero nuevamente a mi niño libre.

(Fueron más de 100 funciones.)

Alberto

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