domingo, 18 de noviembre de 2018

LA DANZA DE LA VIDA


LA DANZA DE LA VIDA

Necesito meterme en la cama de la vida,
dentro de todas sus cubiertas
y soñar profundamente despierta.

Necesito oler todos los aromas,
atizarme con todos los sabores,
tender mi mesa grande de emociones.

Necesito caminar descalza pisar todos los suelos,
sentir el descarado placer de la arena,
pincharme en piedrecillas y espinas.

Necesito las miradas de todos espectros,
la bofetada abierta de la indiferencia,
el amor entero del ocaso y la luna llena.

Necesito el sol de estreno, el viento de arrastre,
la palabra concreta y sincera,
en  la cálida conversa del hermano amigo.

Necesito los extremos aciagos,
probar el temple de mis años,
saber que ya no vivo solo en mi cubierta.

Necesito escribir un poema a un gusano,
elevarlo de estatura, cambiar sus colores
y maravillarme en su nueva altura.

Necesito amigos de manga larga,
del abrazo abierto hasta la entrega,
de aquellos que miran y tocan mi alma.

Necesito bailar en la danza de la vida,
todos los géneros con espigas,
los ritmos que hagan de mi vida, más vida.

Necesito un compañero  imaginario o cierto,
bailando un huayno o bolero a cielo abierto
y despertar  con las luces del alba.

Necesito reposar mi poema en una muliza,
soltar mi pies en marinera y tondero,
danzando frenética el tango de la vida.


Gudelia Cavero Hurtado

sábado, 17 de noviembre de 2018

Bailar es inevitable...


Bailar es una pasión que no puedo controlar: cuando escucho música bailable me disparo como un resorte sin poder evitarlo. Se apodera de mí en una inmersión total con el  ritmo y con cada paso. Es como  una fuerza maravillosa que me domina, sin dejarme hacer nada más que disfrutarlo al máximo. Es hacer el amor con la música y el ritmo; en cuanto a la “unión total” pudiera  parecerse al sexo. Bailo en todo lugar donde haya música: en mi casa, en la calle, en el súper, en reuniones, en fiestas, en espectáculos,  en yates, en cruceros, discotecas, en un rinconcito, en un “ladrillito” y hasta sentadita, cuando no  queda otro camino.
Bailar es alegría, es vibrar,  es fluir, es entrega total, es VIVIR  ¿Bailamos?

Maigualida Boedo Paz
Noviembre 2018

Bailar contigo


Solo quiero que este andar por la vida
sea contigo

Como bailar, con mi mano agarrando la tuya
con mi brazo abrazando tu espalda.
Solo deseo que mi caminar
sea contigo

Como almas gemelas juntas en un remolino
bailando una melodía romántica o a ritmo de pasodoble
o sea un vallenato o una salsa,
pero en una sola fiesta contigo

Quiero que tu corazón escuche al mío
que tu cuerpo sienta mi calor.
Solo quiero en este andar por la vida
bailar contigo

Cantemos juntos al ritmo que la vida nos diga
Y que nuestro andar juntos sea
fundidos en un remolino y
solo amando contigo

Martín A. Fernández Ch
17/11/2018

el baile de disfraces

Carnaval sin dudas, hace 56 años, era todo un acontecimiento. Veníamos  con algunas costumbres de la dictadura de entonces, donde habían carrozas, se disfrazaba la gente, habían caravanas, comparsas y muchas fiestas. Ese día era lunes de carnaval; el mejor de todos. Yo apenas tendría como seis años, entonces. Mis padres se habían vuelto rumberos y no perdonaban ninguna fiesta; a veces salían solos, pero desde que me picó un alacrán durante el cuidado de mis hermanos mayores, prefieren llevarme a todas partes. Yo recuerdo que andaba descalzo, recuerdo el aguijón, el llanto, y la carrera al hospital. Del miedo de mis hermanos mayores, (yo era el crío), me dieron la dosis doble del antihistamínico y dormí por 24 horas. Claro, por eso ya no me dejaban solo con ellos.
Yo nunca tuve piñata, ni recuerdo muchos disfraces; solo el de torero, porque existe la traza fotográfica y el de ese día en que me vistieron de rojo, con cachos y una cola larga, roja también. No bastándole eso, mi madre me puso pintura roja en la cara que hacía juego con la capucha y con los cachos negros. No sabía realmente que era, hasta que en la fiesta la gente decía, -ayy mira al diablito… que lindo…-, así supe por lo menos que era un diablito. No estaba muy seguro que era un diablo.
Ya vestido de diablo, nos montamos en el carro, un Chrysler blanco, con dos paletas en la parte de atrás, que lo hacían, “aerodinámic”, como le oi decir a mi mamá. La fiesta era en el Club Paraíso, que junto con el Country Club fueron los dos más exclusivos de la época. Estaba viniéndose a menos, porque los ricos se estaban mudando al este que recién se estaba urbanizando. Aún quedaba mucha gente importante; pero lo que más, fueron las dos orquestas más importantes de la época; La Billo`s y Los Melódicos, una en cada lado del salón. Al llegar, mis padres me dejaron jugar solo, y ya no estaban  pendientes de mi, hasta la hora del regreso. Menos mal que no había muchos alacranes en el piso del club, pues proporcionalmente, había más pares de pies calzados que en mi casa y la opción de ser aplastado por otro, era muy alta. Ese día, tenía zapatos negros de patente. Imaginen a un diablo rojo, con rabo rojo y zapatos negros de patente…
Ya solo y en libertad, deambulé por el lugar. Era mágico; el salón era gigante. Podía haber salido al patio, pero mejor que no lo hice, no fuera que me confundieran con un animal salvaje y terminara con perdigones en el culo. Lo mejor de la fiesta eran las dos orquestas enfrentadas, una a cada lado del inmenso salón. Cabían como 500 adultos con sus mesas para sentarse. Los músicos estaban sentados como en una escalera gigante de cinco escalones, sobre una tarima,  forrada en los dos lados laterales, con tela negra. Ahí descubrí un lugar fantástico para estar. Era gigante para mi tamaño y solo se veían los pies y los zapatos de los músicos. De un lado estaba Billo Frómeta y del otro, el maestro Renato Capriles. Yo tenía preferencias para esconderme, y era la escalera más lejana a la puerta por donde entramos; allí me metí. En ese berenjenal de tubos, corría, brincaba, saltaba, le jalaba los cordones de los zapatos a los músicos, hasta que…!susto…!, me encontré a otro ser humano.
Era el disfraz más popular de la época: el de negrita. Hoy lo llamaríamos en revolución como la “afrodecendientica”. Era una niña (supongo), de mi misma edad, como de seis o siete: Tenía un mono completo pero este era totalmente negro, con una máscara negra, con una bemba roja y un trapo rojo de puntos blancos como el de la harina Pan. Tenía una peluca negra rizada, amarrado en remolino con lacitos de colores intercalados. Encima del mono tenía una faldita blanca de faralaos, con un tejido de encaje en el borde.
Al recuperar el aliento le dije mi famoso discurso:
-Hola
-Hola- respondió
-Me llamo Fernando-, le dije en voz baja ya que no habían arrancado las orquestas y luego no habría palabra a ser escuchada.- Me dicen Fer- concluí
-Me llamo Luz Elena pero me dicen Luz-, dijo con voz femenina, (menos mal)
Luego de ese diálogo intenso, comenzaron las orquestas a tocar. Entre brincos y saltos en algún momento, ella, me enseñó a bailar. Sentir otro cuerpo a los seis, que además es mujer y que te enseña, fue fantástico. Sin duda me encariñé de Luz. Bailamos toda la noche y en los descansos, corríamos entre la gente mientras algo hacían los adultos que gritaban y se aplaudían.  En una de esas jugarretas subimos a la parte de arriba de la tarima, donde los adultos jugaban. Al pasar, un señor con micrófono nos agarró y dijo:
-Acá está otra parejita que va a concursar… ¿aceptamos niños?-, gritó a todo gañote, a lo que el público todo respondió que sí.
-¿Cómo se llaman?- interpeló
-Luz
-Fer
-Ah bueno una pareja que compite para la reina y el rey de la fiesta, nada menos y nada más que un diablito y una negrita.-. Entonces nos dejaron bajar.
Seguimos jugando y en algún momento, escuchamos que nos llamaban, parece que teníamos que volver a subir, y ni de vaina. Nos metimos otra vez debajo de la escalera de los músicos y nos abrazamos, entre el miedo y la amistad. Todo iba bien hasta que el músico del trombón se le ocurrió limpiar el pito del instrumento  lleno de saliva y me cayó en la cabeza. Entonces empecé a gritar de asco y la negrita Luz le mordió un pie a otro músico, todo en un escándalo que terminó con nuestro escondite. Nos llevaron a juro a la tarima, a Luz por las greñas negras y sus lazos de colores, y a mí, jalado por la cola. El señor del micrófono gritó:
-Acá están los ganadores de la noche, la mejor pareja, “Luz y Fer…”
Cuando el locutor dijo lo que dijo, se le trancó la voz, porque  era un pequeño diablo el que ganaba. Igual nos puso las coronas y tuvimos que esperar a que terminaran los aplausos. Luego bajamos, nos separamos  y ya no volví a ver a mi gran amiga de la primera infancia, aquella que despertó un “no sé qué cosa fue”. El Club Paraíso era gigante, la busqué por todas partes y nunca volví a saber de ella, hasta hoy que escribo estas líneas y ha regresado de mis recuerdos. Creo que todavía la recuerdo con cariño.
Ese día es inolvidable. Además, es el único día en que Luz y Fer (la pareja), se ganó  algo en El Paraíso…
Alberto
_______________________________
Notas para los que leen de lejos:
Rumbear: ir a fiestas, viene de rumba
Berenjenal se refiere a un monton en este caso y algunos cruzados
Mono: traje de tela completo de cuello a pies
Bemba: labios grandes
Ni de vaina: no estar de acuerdo

lunes, 5 de noviembre de 2018

Reunión de Noviembre

Tema: El baile
Host: Doña Hened
Día: domingo 18 de noviembre de 2018
Hora: 10:00 am
Lugar: Casa de Doña Hened en los Palos Grandes, Caracas. RSVP
Temática: Comida árabe

"El baile es un tipo de ejercicio físico por el cual una persona mueve su cuerpo en una danza al compás de la música o al ritmo de una melodía, ya sea con fines culturales, sociales, artísticos o religiosos". Wikipedia,2018

viernes, 26 de octubre de 2018

Regreso a casa

Cuando uno emprende su viaje interno, sucede que se siente como si se sale de nosotros mismos, en busca de una aventura. Tal como le pasa a Odiseo, que en su viaje de regreso a casa sufre una cantidad de inconvenientes. Al final se regresa, siempre se regresa. 

El viaje a lo interno tiene que ver con la búsqueda de la identidad, de la misión y del propósito de la vida; nada fácil para quién apenas emprende el camino. Este viaje externo- interno, comienza en lo que somos en el momento de la toma de la decisión, donde la incertidumbre a abandonar la zona donde estamos protegidos y felices, sea necesario. Al salir, ya no hay retorno; nos entregamos al viaje, a la búsqueda de los mejores vientos y las rutas fantásticas. 

Es el viaje que termina y comienza en nuestra infancia. ¿Qué hay allí tan importante que tengamos que regresar?. Pues ahí habita nuestro niño; aquel que según las circunstancias que le tocó vivir y sobrevivir, haya buscado herramientas, juicios, paradigmas y valores que lo hicieran seguir adelante. Es allí donde crece nuestro ego, aquella parte de nosotros mismos que nos induce a avanzar, que reconoce los peligros inminentes, y nos muestra a ser cauto, o a ser arrojado, de ser necesario. Es con el ego que avanzamos, paso a paso, hasta la adolescencia, la madurez y la vejez. Siempre al lado. El problema es, que sea parte de la toma de decisiones de hoy, aquel que tomaba decisiones de nuestro yo niño, cuando necesitaba protección, nuestra misma protección.

 ¿Qué papel juega el Sr. Ego hoy en día, cuando ya somos mayores y podemos hacernos cargo de lo que nos pasa, y salir cuando queramos de la zona de protección?

Claro, es que el yo protector, el pequeño profesor", crea castillos de piedra donde somos invencibles. Vivimos allí y desde allí, construimos mundos posibles. No es fácil entonces, cuando en ese viaje de ida a la infancia, que es un viaje de regreso también, debamos destruir fortalezas, desmantelar castillos, o desfundar juicios profundos.  Allí es donde volvemos a ser niños desvalidos, nuevamente. Nos preguntamos ¿por qué he desmantelado mi protección, aquella con la que crecimos, aquella que nos hizo hombres?. 
Entre las piedras derruidas y desnudas, quizá podamos encontrar nuestras sombras si hurgamos bien. Para eso sirven las rocas rotas, para hurgar. Se trata de encontrar y abrazar las sombras y seguir buscando hasta que ya no quede casi fuerza. Con todo desmantelado, construimos los puentes y caminos que hagan falta, para el regreso a casa.

Pero el viaje no ha terminado. Ahora caminamos en ruta de piedra sólida acompañado con los miedos y las sombras, pero entendiendo que las luces están un poco mas lejos.  Al igual que Odiseo, no será fácil, pues en cada etapa, nos encontraremos con nuestros grande juicios, construidos a través de los años; solo que esta vez nos encontramos solos. Jung los llamó los juicios malditos, aquellos que en cierta forma nos hacen ser lo que reconocemos que somos, pero que ahora, sin la protección del castillo, podamos comprender si los queremos o no. 

En cada paso, en cada casa, en cada recuerdo, en cada rincón del camino, deberemos hurgar al igual que lo hicimos con las piedras, e ir limpiando de hojas secas y abrojos la ruta a seguir. Un camino ya mas limpio, recordado, ligero de caminar, al cual sabemos, podremos regresar cuando sea oportuno, nuevamente. A veces hay hierbas, que con las viejas costumbres, vuelven a crecer. Debemos estar claros en eso.  Pero en alguna parte del camino empedrado, en el viaje de regreso, quizá lleguemos a sentir pesado el andar y descubrimos que el peso no solo se encuentra en lo que hemos construido al rededor de nosotros, sino que se encuentra en nosotros. Descubrimos entonces una pesada armadura de hierro y acero, que va desde los pies hasta el yelmo en la cabeza. Es allí donde debemos detener el andar y comenzar pieza por pieza,  a quitar esa pesada carga. 

Quizá comencemos por el yelmo, que nos permite ver y observar pero extraerlo, no es fácil. Mas difícil serán las otras piezas que con los años se han vuelto parte de nuestra piel. Debemos desgarrarlas, y duele. Duele en un dolor espiritual, no tangible, pero también se convierte en dolor físico. Nos desgarramos por fuera a la par que nos desagarramos por dentro. Pero hay una luz que ilumina la piel, y que ya la habíamos olvidado. Esa luz intensa que nos hace ser seres maravillosos, que nos cura las heridas; y nos cura el dolor, pues tenemos a las sombras abrazadas. 

En ese momento mágico, volvemos a ser un solo ser. Vemos hacia atrás y vemos hacia adelante.Vemos el camino de regreso al niño y el camino de regreso a la casa. Vemos el camino andado y el que falta por andar. Un sudor cálido recorre nuestro cuerpo, una confianza nueva  que no necesita las protecciones viejas. Es poder ver al ego y a sus sombras de frente, y comenzar a andar ya en paz, y en aceptación. El ego sabe ahora  que va a hacer falta, cuando haga falta. El camino de regreso es mas pleno. Está construido de lo que somos, pero reconstruido. Ese el el maravilloso camino de regreso a casa.

KUTIMUSAQMI...VOLVERÉ


KUTIMUSAQMI…  VOLVERÉ…

Cuántas despedidas terminan con un volveré.
Como una oración, una promesa.
Como un estrujar del tiempo.
Como un saltarse la valla de la vida,
apurando el paso que no llega.

Kutimusaqmi y ya nada es igual.
Tu pueblo, sus calles, que apenas son tuyas
para recordarlas, te conviertes en un extranjero;
en un conocido muy desconocido,
alguien despojado de la identidad de ayer.

Perteneces a un tiempo, a un espacio,
mientras construyes tu presente en el.
Cuando te vas, un pedazo de ti se acaba,
un trozo de tu historia se detiene,
y tus huellas se van borrando silenciosamente.

Somos inmigrantes del mundo,
que un día empacamos maletas emocionales,
para probar nuevos suelos y familia.
Con una oscura nostalgia atándonos
y  con el coraje tragando nuestro llanto.

Con el paso de los años, el hogar está,
donde duermen nuestros afectos.
El suelo convertido en la mesa redonda de amigos
y  hermanos, tal vez tardó mucho en calzarnos,
o por suerte, fue un traje a nuestra medida.

Volveré te dices, llenas tu alma de ilusiones;
y partes con la secreta esperanza de quedarte anclado,
a todo lo que fue tuyo, al pasado que ya no existe;
y descubres que tienes las manos vacías, porque,
ya no eres ni de aquí, ni de allá, eres un NI…

Lo mágico es que te has convertido en un ser
sin fronteras, con tu mirada llegando más lejos.
Con tus brazos enlazando otros mundos.
Con tus sueños oliendo a bergamota y lavanda.
Con tu vida que ya no se empaca en una sola maleta.

La patria tal vez, es solo un espejismo.
Una manera de hallar pertenencia.
Un valor frágil para la juventud.
Un tesoro cuando las sienes blanquean.
Cuando el kutimusaqmi encuentra una doble vía…

Gudelia Cavero Hurtado

miércoles, 24 de octubre de 2018

el regreso


Autor:JesucitaPeters S.


El regreso

Siempre el regreso supone un camino de partida a veces puede estar lleno de alegrías y otras no tanto.
Como no hablar de las partidas que hacen que el corazón se acongoja  por el significado que guardan con el rugir de las olas cuando afloran nuestras emociones,  que no saben si abrazar para que no se vayan como el viento ante la tempestad  o simplemente dedicarnos a contemplar y servir de arco para que la flecha vuele a nuevos horizontes inciertos donde nuestra alma y el amor inmenso estarán  siempre con ellos pues son el fruto de nuestras entrañas. 

Siempre tenemos ese deseo de verlos regresar pero a costa de qué, aquí   la razón se impone al corazón aunque este palpite como en una noche de truenos  ensordecedores   de un invierno feroz y se arrugue y lloré  por la distancia, nos sobreponemos ante el dolor y aprendemos a vivir a través de sus triunfos y fracasos que nos hacen más comprensivos ante el devenir de los eventos de sus vidas y que tratamos de acompañarlos en esta distancia que cada día se hace más inconmensurable. 

Regresar sería verlos como un arcoíris de emociones, experiencias, aprendizajes, caídas y subidas de ese caminar que nos dice que el que se fue ya no es el mismo, es hoy otra persona  más fuerte, que casi no reconozco por su crecimiento y fortaleza que hace que le admire infinitamente  por las herramientas que le ha dado este caminar  para afrontar esto que llamamos vida.
La mochila  que trae a cuestas está llena  de aprendizajes construidos en mi ausencia, pero indiscutiblemente valiosísimos  para emprender  su regreso si eso fuera posible.

Pensar en el regreso es como desandar  el camino andado, será eso cierto  no lo sé y en estos momentos ni siquiera me lo planteó , aun teniendo la vivencia y el dolor de la soledad que hace que la miré desde sus diferentes aristas y me permito pulirlas y hacer que estas funcionen para   mi propio  beneficio, a veces hasta la bendigo y cuando lo hago reflexionó y veo que no es tan malo estar sólo; no sé si es que estoy aprendiendo a disfrutarla en su justo valor y no magnificarla en detrimento de mi crecimiento  y plenitud personal.

El regreso, que de cosas puede guardar y significar, es así como cuando estamos por un  período largo de viaje  y queremos regresar porque añoramos nuestra cama las cosas que  nos son familiares, el olor de eso que llamamos hogar, el regreso en estas circunstancias podría ser grato y placentero para el que lo siente. ! Ah!, pero el regreso a situaciones poco placenteras  podrían crearnos un nivel de desazón a nuestra existencia comparables al volcán que sólo deja destrucción y dolor a su paso, aquí  nos preguntamos  ¿Será necesario desandar el camino recorrido? Pienso que ésta es la pregunta obligada en cualquier circunstancia del transitar de ese recorrido que nos permite pintar nuestras vidas  de colores alegres y de otros menos luminosos.

Sabemos que lo pasado nunca será igual,  aunque tendemos a pensar que lo pasado fue mejor, pienso que debemos seguir montados en el autobús de nuestras vidas con sus subidas  y bajadas  construir y enriquecernos con los que nos quieran acompañar en nuestro viaje y tomar de cada persona esa esencia que nos quiera regalar y ver que la idea quizás no es regresar ,sino seguir avanzando y recorriendo con el alma habida de esperanza, bondad, sabiduría, para tomar lo mejor del despuntar del alba con esos rayos de sol maravillosos que acarician mi piel para un nuevo día y llegar al ocaso del mismo, observando ese cielo de múltiples colores  para comenzar la noche con miles de estrellas. Esto tiene un gran significado para mí y es  que la vida me lo da todo para ser inmensamente feliz, a pesar de que no haya regreso.


miércoles, 17 de octubre de 2018

Reunión de octubre 2018


Reunión de octubre 2018
Tema: el regreso/regresar
Host: Don Alberto
Anfitriona: Doña Gudelia
Lugar: Casa de Gudelia
Fecha: sábado 27 de octubre
Hora: desayuno a las 10:00 am
Tipo: Contribución

Regreso a casa
Regreso al país
Regreso al colegio
Regreso a un amor
Regrèsame mis peroles


Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:

regresar conjugar ⇒

  1. intr. Volver al lugar de donde se partió:
    regresó a su pueblo después de veinte años de ausencia. En América, también prnl.
  2. tr. amer. Devolver o restituir algo a su dueño:
    regrésame el traje que te presté.
'regresar' aparece también en las siguientes entradas:





sábado, 6 de octubre de 2018

SIN PASIÓN... ¡NI EL FÚTBOL ES EMOCIONANTE!


Soy aficionado al fútbol, pero de esos de televisión, como muchos venezolanos, que solo se acuerdan del balompié cuando se acerca el mundial. Hace algunos años asistí a un seminario comercial en Belo Horizonte y los organizadores programaron llevarnos al juego que ese fin de semana protagonizarían Fluminense de Río contra el equipo local. El partido se mantuvo empatado  y fue a finales del segundo tiempo cuando una jugada por parte del Fluminense culminó en gol. Los aficionados de Río sentían alegría y los de Belo Horizonte estaban tristes. En mi caso, que me daba lo mismo quién ganase, no sentí ni lo uno ni lo otro.
Había sido mi primera asistencia a un juego de fútbol, y nada más y nada menos que en Brasil, en donde ese deporte es una religión. Por supuesto que me divertí y la pasé bien con los amigos, pero con relación al juego propiamente dicho, no había sentido la emoción que esperaba, por momentos hasta me pareció largo y tedioso.  Muchísimos partidos que había visto por televisión habían sido para mí mucho más emocionantes. 
Mi cabeza me había estado dando vuelta buscando algo que me había hecho falta en el transcurso del juego. Casi me estaba durmiendo cuando lo encontré: ¡Claro, la repetición!  Como aficionado al fútbol de televisión me había acostumbrado a esperar la repetición, eso que nos permite revivir la jugada en cámara lenta y desde diferentes ángulos. El gol prácticamente ni lo vi, esperándola. La experiencia me enseñó que "En la vida real no hay repetición", hay que estar atento y vivir el momento.
La ausencia de emoción también la atribuí a que no sentía inclinación por ninguno de los dos equipos que se enfrentaban. Me daba lo mismo que ganase cualquiera de los dos, y "Nunca es lo mismo cuando te da lo mismo". ¡Qué distinto si hubiese jugado la vinotinto!
Así ocurre muchas veces en nuestras vidas, si no sentimos interés y pasión por lo que hacemos, difícilmente nos emocionará. Lo mejor para alcanzar satisfacción y placer en cualquier actividad que desarrollemos es hacer uso de nuestros talentos y fortalezas, esos dones con los cuales hemos sido bendecidos. Todos tenemos algún talento, aunque muchas veces ni nosotros mismo lo vemos, algo así como las estrellas que durante el día no se ven, pero no quiere decir que no existan, siempre están allí.

Tenemos que  identificar cuáles son esos dones, que es lo que mejor sabemos hacer y nos satisface, y si podemos aplicarlo al trabajo diario ¡mucho mejor! En una oportunidad, dictando un taller, pedí a los asistentes pensaran en que eran buenos y que era lo que más disfrutaban en su trabajo. Una señora que se desempeñaba en el departamento de finanzas dijo que ella disfrutaba los cierres contables y fiscales. Muchos rieron al escuchar aquello, y un compañero de trabajo de la señora me dijo en voz baja, casi al oído: "Creo que su mayor satisfacción la alcanza cuando nos persigue y nos presiona para que le entreguemos los resultados a tiempo". Independientemente del comentario, la revelación de la señora demuestra que de las cosas menos esperadas podemos extraer satisfacción cuando se está comprometido con lo que se hace, cuando no nos es indiferente el resultado y hacemos un esfuerzo para alcanzarlo. 

Son innumerables los talentos o dones que nos pueden llevar a realizar las actividades con pasión. Los podemos conseguir en un pasatiempo: la jardinería, la cocina. Puede ser en las artes: la música, la lectura, la escritura, la pintura, la fotografía. Sus amigos pueden observar que usted es bueno en su trabajo dirigiendo equipos, en liderazgo, resolviendo conflictos, organizando grupos o dirigiéndose a un público. Le reconocen que es usted amable y tiene buen sentido de humor. Puede conseguirse en esa necesidad de trascender espiritualmente, en la amistad, en el amor, el estudio, visitando un museo, asistiendo a un concierto, participando en un voluntariado  o viajando.

En todo caso, cualquiera que sea la actividad que emprendamos, tenemos que hacerlo con buena disposición, con interés, y las probabilidades de desarrollar emociones serán mayores. Hay que encontrarle pasión a lo que hacemos, de lo contrario el tiempo se nos hará largo y tedioso como mi partido de fútbol en Belo Horizonte. Cuando no hay pasión, ¡Ni siquiera el fútbol es emocionante!

Lionel Álvarez Ibarra
Septiembre 2018


martes, 25 de septiembre de 2018

EL LUGAR DEL HUMOR


Autor: Martín A. Fernández Ch
21/09/2018

A Maritza, su jefe de departamento le asignó realizar una investigación sobre un pueblo que   ha sido premiado en los tres últimos años como “el lugar del humor”. A ese pueblo se le conocía como “El Ombligo”, apodo que le daban los lugareños por encontrarse en el centro de la isla Guadalupe, que es su parte más alta, asentado sobre una meseta, donde las casas estaban alrededor de la plaza principal y la Iglesia. Los sembradíos se hacían en la periferia y en las colinas vecinas en formas de terrazas. Lo cierto es que se llamaba “La Cruz”, nombre que, según los cuentos de camino, se debe a sus primeros habitantes, quienes pensaron en que cuando fueran más, podrían construir una cruz tan alta que cualquier habitante de la isla podría ubicarlos, hasta la podrían divisar desde las islas vecinas; pero, el tiempo pasó y las siguientes generaciones seguían postergando su construcción para cuando fueran más, quedando aún pendiente esta tarea.

Ella emprendió su viaje a primera hora del día siguiente y cuando llegó al pueblo de La Cruz ya era el final de la tarde, siendo dicho trayecto bastante agitado. Primero, en avión desde Madrid hasta La Candelaria, que es la isla principal por ser la más grande, luego, en ferri hasta La Guadalupe y, por último, en automóvil por las carreteras sinuosa bordeando las montañas empinadas. Aunque el paisaje durante el camino la cautivó, no deseaba permanecer mucho tiempo, puesto que se había acostumbrado tanto a su modo de vida citadina estresante, que bajar su ritmo en un pueblo donde parece que todo sucede en cámara lenta, le producía excesiva angustia y le preocupaba quedarse atrapada en un lugar donde “no pasa nada”, condición que significaba el fin para una reportera.

La agencia le había organizado la estadía en una posada, que más bien parecía un anexo de una casa. Ella solo se presentó amablemente con el propietario, de nombre Rogelio, y le pidió que le guardase su pequeño equipaje. Agarró su libreta de anotaciones y le preguntó con quien se podría entrevistar para entender el por qué el pueblo es catalogado como “el lugar del humor”. El hombre se sonríe y le indica que bajando por la calle dos cuadras, luego al virar a la izquierda, casi al final de esa calle, encontraría una casa verde pequeña donde vive Don Casinada, quien le podría ayudar sobre el asunto. Ella se extrañó de ese nombre, pero él insistió en que no se preocupara, que ese es un apodo cariñoso que el pueblo le asignó con el tiempo.

Siguiendo las instrucciones, cuando empezaba a entrar la noche, Maritza emprendió el camino hasta llegar al sitio. Era una casa realmente pequeña y montada ladera arriba, a la cual había que subir por unas escaleras para llegarle. Ella comenzó a subir y observó que un hombre estaba bajando, entonces se para y le grita en voz alta:
—¡Estoy buscando a Don Casinada!
—Hable un poco más alto que casi no la escucho —le responde.
—¡Que estoy buscando a Don Casinada! —esta vez Maritza grita con mayor fuerza.
—Soy Yo, pero siga subiendo que casi no la veo porque dejé mis gafas en la casa.

Maritza, quien esperaba más bien que Don Casinada bajase para no tener que esforzarse en esa empinada subida, entendió que se trataba de un señor mayor y prosiguió su escalada hasta llegar estar frente a frente con él. Se trataba de un señor muy sonriente, se notaba que era de buen humor, con una estatura apenas más alto que ella.
—Vamos a sentarnos en el escalón —le propuso Don Casinada. —porque estos huesos míos casi no aguantan mi peso.
—Está bien, no tengo problema —respondió Maritza, sentándose a la derecha de Don Casinada.
—Siéntese del otro lado señorita, que por este oído casi no escucho, ¿Para qué le soy útil?
—Estoy haciendo una investigación sobre el pueblo, particularmente por el hecho de que lo han considerado por varios años “el lugar del humor” —le dijo ella mientras se cambiaba de sitio.
—Casi no entiendo por qué nos consideran así, ¿Es que en otros sitios no existe el humor?
—Si existe, pero quizás no con tanto entusiasmo como aquí. Aunque la verdad es que no he podido ver nada en este pueblo que me demuestre dicha connotación, quizás sea porque estoy recién llegando.  
—¿Está usted segura?, estoy casi convencido que desde que llegó, el humor ya hizo de las suyas.
—No le entiendo. Seguro lo dice porque me mandaron a buscarlo por su apodo “Don Casinada”.
—¡No es por eso! —respondió riéndose con una carcajada —ese apodo me lo he ganado por mis bromas.
—Bueno, pero dígame ¿por qué tanto alboroto por este pueblo?
—Casi nada le podré explicar, para que usted lo entienda, tiene que visitar a la bailarina María Isabel, al tenor Juan Pedro, al guitarrista Francisco, a la poetisa Carmen Adela y al chistoso de Antonio.
—¿Los podré visitar ahora? ¿Dónde se encuentran?
—Ellos están casi siempre disponibles, todo depende de ti. Sigues por la calle sin desviarte, hasta el final. A María Isabel, la consigues a la derecha, quizás la veas bailando, que yo recuerde lo hacía hasta casi desmayarse del cansancio. Al frente de ella, está Juan Pedro, si tienes suerte podrás escucharlo cantar “Granada”, su canción favorita, esa es hermosa cantada por él.  A su lado está Francisco, que con su guitarra acompaña a Juan, pero éste lo opaca con su gañote, sin embargo, podrás apreciar cómo sus hábiles manos producen música de verdad, aquella que te hace callar para solo escuchar y llenar tu alma con las mejores melodías. Un poco más adelante está Carmen Adela, a esta hora acostumbra a declamar sus más hermosos poemas, escucharla es como volar por el cielo cruzando nubes y sintiendo cómo el Sol te irradia, es como soñar y sentir el amor. Y al lado de ella, podrás ver a Antonio, seguro olerás su torta, es una receta que le enseñó su mamá, siempre está con buen humor, sonriente y con un chiste en la boca.
—Gracias Don Casinada, iré a verme con ellos ahora mismo.
—Por nada señorita. Acuérdese de lo que le voy a decir: “el humor vence al miedo” –le  dice Don Casinada despidiéndose con una sonrisa pícara, más bien como si estuviera aguantando una carcajada.

Martiza, a pesar de haber entrado la noche, se dispuso a seguir las instrucciones de Don Casinada. Caminó hasta el final de la vía, pero solo se encontró con la puerta abierta del cementerio del pueblo, donde había un letrero que indicaba “A pesar de la muerte, aquí vive el humor”. Empezaba a asustarse, dudó por un momento si debía seguir, pero sus ganas de terminar pronto con su investigación la hicieron entrar. Este cementerio era distinto a otros, estaba bastante iluminado, sus jardines eran hermosos y las parcelas estaban ordenadas en grupos, todas con lápidas adornadas con flores, era pequeño y en el medio había un gran Samán, tan frondoso que casi podría cubrir de sombra el lugar.  En el andar por las caminerías, lee a su derecha una lápida “Bailé hasta morir”, y más bajo estaba escrito “María Isabel”, en ese momento sintió la brisa danzando por su cuerpo. Al voltear se encontró con Juan Pedro, que decía “El canto fue mi felicidad”, en eso escuchó a lo lejos el canto de algún pájaro que se despedía para ir a dormir. A su lado estaba Francisco, con una guitarra vieja bien cuidada, posada sobre su parcela, y sus cuerdas vibraban por el roce del viento que producía un susurro musical de paz, su escrito era “Enamorado de la música, con mi guitarra por siempre”. Un poco más adelante, se consiguió con Carmen Adela y una frase de un poema suyo “quiero volver a ser niña, para no dejar de jugar con mis muñecas…”, en ese instante Maritza la recordó, se la había aprendido en el colegio, era su poema favorito. De repente tuvo la impresión de oler una torta recién horneada, sintió la canela y las avellanas, el olor venía de la tumba que estaba al lado de Carmen, cuya lápida decía “Antonio, alias Don Casinada”, esto la aterrorizó a tal punto que estuvo a punto de correr, pero la contuvo la frase escrita a continuación “el humor vence al miedo”, en eso comenzó a reírse a carcajadas diciéndose «en este pueblo, ni con los muertos dejan de bromear».

Ella sale del cementerio con cierta mezcla de rabia y júbilo por la broma que le había jugado el supuesto Don Casinada, de quien nunca habría dudado de su honestidad siendo una persona mayor y tan caballerosa y que le hiciera perder su tiempo. Y qué pensar de Rogelio, el hombre de la posada, quien le sugirió que lo buscara.

Camino de vuelta, Maritza se encontró con Rogelio, quien estaba sentado en el primer escalón de las escaleras de la casa verde, donde se había conseguido con el supuesto Casinada. Ella, algo disgustada, se adelanta a decirle:
—¿Qué chantaje es éste?
—Ninguno —respondió Rogelio—¿Conseguiste a Don Casinada?
—Conseguí a un supuesto Don Casinada, quien abusivamente me mandó al cementerio.
—¡La broma de siempre! —dijo Rogelio riéndose —Él es mi padre, murió hace cinco años y juramos mantener el humor y ser cómplices en las bromas.
—Entonces, ¿Vi a un muerto? —dijo horrorizada Maritza, a quien le empezaron a temblar las piernas.
—¡Sí!, gracias a Dios viste a un muerto, a uno solo, porque si no ya estarías corriendo fuera del pueblo —respondió con una fuerte carcajadas, tan fuerte que los vecinos cercanos empezaron salir de sus casas.
—¿Vió a Don Casinada? —empezaron a preguntar todos en la medida que se asomaban.
—¡Si, lo vio! —respondía Rogelio al que preguntaba y todos reían.   
Martiza no entendía lo que pasaba, todos estaban burlándose y no le parecía gracioso. Rogelio, al ver que cada vez se disgustaba más, la agarró por los hombros y le dijo:
—En este pueblo llevamos el humor en los genes, desde nuestros fundadores que nos dejaron la tarea pendiente de hacer una cruz para cuando “seamos más”, hasta el tiempo presente que mantenemos el amor por nuestros ancestros a través del humor, recordándolos siempre con alegría. Cada quien, hace lo que aprendió de sus padres. Los hijos y los nietos de María Isabel siguen bailando hasta el cansancio. Los sucesores de Juan Pedro son los que conforman el coro de la Iglesia y tienen una orquesta, donde los músicos son los descendientes de Francisco.  Carmen Adela, no dejó descendientes, pero en el colegio se enseña su poesía y ya tenemos varios que la declaman fuera de la isla. Y Yo, hijo de Antonio, además de ser tu posadero, soy el repostero del pueblo, organizo las fiestas y el de los chistes. Te invito a que nos acompañes a celebrar, eres parte de nosotros porque has tenido la pureza para conectarte con nuestros muertos.

FIN