sábado, 18 de noviembre de 2017

Mi experiencia con Lele CLR

Una mano firme, segura, práctica y certera, que no dudaba, y quizás con el hábito que desarrolla la práctica, tomó la otra, apenas asomada, sin fuerza, perteneciente a un ser que sentía ahogarse, y en ese momento no sabía como seguir nadando y flotar…
Ese fue mi primer encuentro con María Elena Garassini, en su oficina, en uno de los días de mi vida en que me sentí realmente desvalida. Yo tomé esa mano y me dejé guiar hacia donde me indicó, refiriéndome a dos personas que en ese momento me ayudaron a ver las posibilidades. Con ella y una de las personas tuve solo una conversación. Cada una de esas conversaciones me sirvieron para apoyar un pie, para hacer fondo y volverme a impulsar. La otra persona se metió amable y amorosamente en mi corazón, para que yo lo pudiera escuchar.
Por María Elena Garassini siento Gratitud.

Descubrí luego que esa María Elena Garassini estaba dictando en la Universidad Metropolitana un taller de psicología positiva para  profesores, que vi como oportunidad para apreciar otras miradas sobre temas que habían sido siempre de mi mayor interés personal. Disfruté mucho ese taller, validando algunas de mis ideas y prácticas, consolidando otras, y aprendiendo muchas más. Luego se abrió el diplomado de Psicología Positiva, coordinado por ella y yo, con muchas ganas de participar, siempre tenía en mi vida alguna otra prioridad por encima de ese interés. Trabajando, igual que ella, en la universidad, siempre tenía referencias de lo bien que resultaba y el éxito que tenía.

María Elena Garassini me lucía inspiradora.
Entonces, frente a un reto personal crucial, la amorosa persona que había estado en mi corazón me recordó que tenía pendiente aquél diplomado y que era el momento de inscribirme para aprender y aprovechar las herramientas que me ayudarían a mejorar mi bienestar. María Elena tomó mi mano una segunda vez al atender la petición para ingresar en la cohorte que estaba por comenzar. Hice los dos diplomados de Psicología Positiva. Y recibí con ella la primera clase y la primera materia. Alli estuve en espacios donde pude compartir intereses y algunas creencias con tantas personas diferentes que me mostraron perspectivas que no hubiera imaginado.

María Elena me parecía exitosa.
Me doy cuenta que hasta ahora. En nuestra interacción, María Elena se movía en su ámbito laboral y profesional, mientras yo lo hacía en el personal.
Habiendo decidido retomar un hábito placentero que sin duda contribuye al bienestar, me apunté en los talleres de escritura positiva de Ángela Feijóo. Cumpliendo con los requisitos del momento, ingresé al Club de Escribidores, que ya tenía algún tiempo de creado y al que María Elena pertenecía, donde la mayoría de las personas, de su cohorte favorita de los diplomados, la llamaban, cariñosamente, Lele. Durante mucho tiempo, sintiendo que no la conocía lo suficiente, para mí continuó siendo María Elena.

Con el tiempo, aquella distancia desde la que yo la veía en su ámbito profesional, se fue acortando a medida que compartíamos sinceros escritos con los que nos mostrábamos y, durante los ratos de nuestros encuentros, con el intercambio de alguna opinión y sobre todo, inmensa, gratificante y cómplice diversión.
Aunque ya hizo por mí suficiente para una vida, siento que la razón por la que nos hemos cruzado todavía no se ha materializado.

María Elena Garassini, en este club pasó para mí a ser Lele. Y estoy segura que un día ella también se enterará del sobrenombre que utilizan mis seres cercanos.

Carmen Lucìa Rojas

Reunión noviembre 2017

Noviembre 2017
Tema: Mi experiencia con Lele
Host: Doña Tibaire
Lugar: HLT, Caracas








Unos zapatos desgastados y la bendita imperfección

Ya un ángel de apellido Ceballos, como invitado especial en la corporación a la que yo representaba, me había presentado algo muy novedoso para mí conocido como “Psicología Positiva”. Interesante, pensé. Distaba bastante de mi formación académica y profesional hasta ese momento, mas calzaba bastante bien con las experiencias personales de mis últimos años de vida hasta entonces. Me conmovieron en forma especial aquellos planteamientos. Pudo ser el año 2009, tal vez.

Acostumbraba yo asomarme al facebook con frecuencia. Una que otra vez vi por allí unas publicaciones que hacía un amigo muy querido por mí, a quien conocí en los pasillos de mi UCV, a quien por cierto tenía yo muchos, muchos años sin ver,  sobre una Sociedad Venezolana de Psicología Positiva, ofreciendo algunas actividades que impresionaban gratamente mi atención. Ese sentimiento iba unido a un susto tímidamente perceptible para mí, pues el término “Positiva” (con ideas muy sutiles sobre él, que me habían quedado de Ceballos), me llevaba a terrenos que durante mi formación académica no fueron precisamente de mi interés. Recuerdo haber tenido pensamientos como: “qué hará Ivan en ésto”; “yo recuerdo que él se formó en industrial”; “era un estudiante responsable, serio y comprometido”. “Entonces, esto probablemente sea bueno. Debe tener un duro respaldo científico. Nada, Tibaire, si él está ahí, atrévete en algún momento”.

Junio 2011. Veo en facebook la promoción de un “Taller de Introducción a la Psicología Positiva”. Con cierto temor, me empujé. Llamé y me inscribí. Facilitadora: María Elena Garassini. “No sé, pero me suena. ¿Será que la conozco?”. “Bueno, ya veré de quién se trata”. Pedí el correo de Ivan. Le escribí. Me llamó. “Mañana llegaré muy tempranito para saludarte antes de empezar el Taller”. No podía yo con tanto.

Llegó el día. Dentro de mí había poco espacio para tanto entusiasmo. Mi reencuentro con Ivan; conocer más sobre eso que llamaban “Psicología Positiva”; encontrarme con quién sabía quiénes,  ver por fin a esa María Elena Garassini, y saber de qué nos hablaría, y asistir a una actividad académica luego de varios años de dura lucha en que mi prioridad había sido levantar y recomponer el cuerpo, la mente, el espíritu, las relaciones, la vida, para sanarme ante una pesada enfermedad

Me fui tan temprano, que decidí llamar a la oficina de la Sociedad pensando si me habría equivocado yo de lugar, pues no llegaba nadie. Del otro lado oí una voz muy agradable, alegre, enérgica, entusiasta y súper receptiva. Justo lo que yo necesitaba en esos momentos de mi historia. “¡Vamos bien!”, pensé. Le pregunté si era ella María Elena, y me dijo que sí, que estaba yo en el sitio correcto, y que muy pronto iría hasta allá para iniciar el Taller con los participantes que fuesen llegando.

Al poco rato se asomó por la escalera un hombre que ya no era flaquito, sino más bien gordito, con canas, bigotes y barba. El abrazo era el mismo, y hasta más amoroso. La sonrisa también. El afecto intacto. Ivan de mi alma.

Iban llegando los asistentes. Había ya varios, cuando interrumpe la calurosa y atropellada conversación que teníamos Ivan y yo, una mujer que al  subir el último escalón me dice
 “¡Yo te conozco a ti!”. Le dije asombrada 

“¡yo también te conozco a ti!”. “¿Tú eres María Elena?  Yo fui quien llamó a la oficina”. Nos abrazamos y nos besamos, sin recordar aún ninguna de las dos dónde y cuándo nos habíamos conocido.

Pasamos al aula, y toca presentarnos. Cuando llegó mi turno, y termino mi presentación, me dice María Elena muy efusiva: “gracias Tibaire por habernos hecho el preámbulo a algo de lo que vamos a hablar, que se llama Resiliencia”. Yo no cabía dentro de mí, aunque no tenía muy claro de qué se trataba ese nombre tan rimbombante. Desde ese mismo instante, mi Lele, como te digo ahora, comencé a ponerle nombres a numerosos eventos y procesos vividos en mi experiencia de vida, y a reescribir y resignificar mi historia. Comenzaba a sentirme muy acompañada pues la ciencia bastante había hablado ya de mí y de mis acontecimientos (claro, sin decir que era yo), y se afianzaba ese camino de autocomprensión, aceptación del otro y de mí, autocompasión, y amor y entusiasmo por la vida. ¡Por mi vida!

En el Taller había por cierto dos participantes a quienes hoy admiro y amo profundamente. Uno de ojitos claros, quien hablaba muy bonito de su familia y contaba cómo él mismo, así como venía haciendo yo, por iniciativa propia, había dado grandes giros a su vida. Se llama Santiago Porras. Ahora Santi. El otro era un hombre delgado y alto, encantador, que se cambió de puesto y se sentó detrás de mí, y elogiaba mis botines. A partir de ahí, fue un reto concentrarme en las actividades del Taller, pues ese señor dio rienda suelta a una de sus más destacadas fortalezas, y me hacía un comentario detrás de otro, en voz baja, y yo quería reírme a carcajada batiente, y me parecía como algo fuera de lugar en ese contexto. Los chistes y opiniones comenzaron a hacerse públicos, y ahí sí estallaba yo, junto a los demás, en risas muy sonoras. Este hombre nos dijo que una de sus pasiones era tocar el cuatro e improvisar y cantar guarañas. Era nuestro Lionel. Ahora Lío.

Vuelvo a María Elena, a quien desde este momento me referiré como Lele. En el refrigerio, hice huecos en mi memoria hasta que la encontré. ¡Claro! Del Laboratorio Infantil del Instituto de Psicología de la UCV. Se lo dije de inmediato. Me encantaba su desempeño en el Taller, y me iba gustando más aún aquello de lo que nos hablaba, y lo que yo iba descubriendo de mí y de mis  otros significativos para mí,  en los ejercicios que hacíamos. Dios, cómo se puede tener cuatro muchachos y ser tan bella y delgada.

Me impactó a lo largo de las dos sesiones del Taller, que la facilitadora, es decir Lele, usaba un blue jean que me encantaba y que a muchos seguro gustaría, y unas blusas que me parecían muy lindas, y es probable que así le resultaran a la mayoría. Y observé en ella algo que fue de una importancia trascendental en mi vida desde ese momento, y que ahora aprovecho de contarles y de agradecerle a ella con todo mi ser. Llevaba puestos unos zapatos sumamente desgastados. No puedo saber cuántos años de uso tendrían esos zapatos; por cuántos talleres se pasearían, en cuántas aulas de cuántos países estarían, a cuántas personas más espantarían o transformarían positivamente, con tanto desgaste. Eran bajitos, de color marrón o  gris (ya no era posible precisar este dato), rayados de tanta rosca, pelados en las puntas, y de paso puestos sobre unas medias que a medio ver, no combinaban para nada.

El final del Taller. Que qué me llevaba de él, me preguntó. Yo le dije no recuerdo qué. Cualquier cosa. Si esa pregunta me la hicieras hoy, te diría mi Lele: tus zapatos desgastados. Ellos me condujeron a profundas reflexiones sobre la perfección, la imperfección, sobre esa aspiración a niveles de idoneidad inalcanzables humanamente, que me habían torturado desde mi infancia. Yo era un ser humano con blusas lindas y zapatos desgastados, como Lele. En mí podían convivir ellos y no quitar brillo a lo que yo era. El Taller nos dio mucho, quedó maravilloso, hubo grandes aplausos, y la facilitadora lucía zapatos desgastados. Tus calcetines me animaron a darme muchos permisos. A aceptarme mucho más. A ver mis vulnerabilidades y limitaciones de otra forma. A comprender y admitir, que aún con nuestros zapatos desgastados, podemos quedar lucidos, podemos amarnos y aceptarnos, y también otros nos pueden amar y aceptar. Te invito, mi Lele, a llevar en tu equipaje para el vecino país esos calcetines que pudieran contribuir a experiencias expansivas en la vida de otros, como lo fue en la mía. 
Desde mi corazón,…gracias.


Tibaire García

Garassini

El apellido en cuestión no tiene traducción del italiano; se traduce a sí mismo. Sin embargo, la búsqueda de su origen me lleva a un pequeño pueblo al norte de Italia, justo muy cerca de San Remo, en el mediterráneo; como debe ser.  Quizá hace algún tiempo ese apellido viajó en busca de mejores oportunidades de la Europa del siglo XX que solo conoció guerras, y divisiones, encontrando en la Venezuela de América, un espacio de paz, de oportunidades y de acogimiento.

Así es como desde todas partes del mundo llegaron, los Abrahan del Líbano, los Cavero del Perú, los Lindner de Alemania, los Arnone de Italia, los Da Gama de Portugal, y los García de España; (los Garassini también). Todos convergieron en este maravilloso país para construir historias juntas y alimentar tesoros de imágenes y recuerdos del pasado para la edad de oro, y esperanzas, trabajo y optimismo para el  futuro. Es que somos hijos de la movilidad, en la cual aspiramos en estar mejor y poder conseguir en cada paso que damos, la mejor versión de nosotros mismos, para que podamos entender a la felicidad, no como una entelequia sino como un hecho tangible, posible y alcanzable. Somos hijos del devenir; y desde allí, no es extraño que tengamos raíces muy lejos del “acá y ahora”, y no es extraño entonces, que podamos ser raíces en otras partes también.

El devenir es parte de lo maravilloso de la vida, es lo que nos conecta cada día con un mundo de posibilidades, de oportunidades y de retos. Hoy en día, ya no me burlo más de la frase de aquel personaje de Ibsen Martínez que se llama Eudomar Santos, en la obra “Por estas calles”, donde decía con cierta insistencia y como letanía justificativa: “como vaya viniendo, vamos viendo”. Por años la he usado para explicar lo que no se debe decir en la aplicación de la gerencia. Hoy en día, no me parece desacertada. Es el devenir. Lo que nos va pasando mientras vamos viviendo y viceversa, en este inacabable esfuerzo por no decaer y en él, aunque parezca mentira, poder ayudar a otros a que lo intenten.

En el devenir entonces, no es extraño que nos movamos. No importa, pues vamos a construir otros mundos en la mirada positiva del bienestar. Además, este grupo más que ninguno conoce la diversidad y la fuerza del movimiento  del devenir, ya que procedemos de muchas partes. Es así, que en esta realidad, construimos un mundo diferente, un mundo más amplio, un mundo-mundo. En esta realidad, los amigos que se mueven, lo hacen para muy cerca, en la misma aldea global. Solo, los dejamos de ver por un ratito físicamente pues siempre sabemos que estarán allí; es más, casi al lado del corazón.

Así que Lele, que te puedo decir que no haya dicho y cuanto todo lo dicho sea por tu causa. Los amigos no se van; todos los movemos; eso es lo mágico de la vida. Lo importante del todo, es poder ser parte de ello; nada más. En el ínterin, nos amamos, reconocemos intensamente y somos sin dudas, parte de todos con los que hemos tenido la dicha de cruzarnos y convivir. Solo te mueves un poquito y por poquito tiempo. Todo sigue, todo cambia, en el entendido de lo aprendido en la psicología positiva, es que nos movemos para ser mejores, y para amar y ser amados con más fuerza.

Feliz viaje querida amiga; estamos cerca, nuestros corazones están entrecruzados y eso, ni la fuerza de la distancia lo puede cambiar.  Te queremos mucho.


Lele, yo hoy te regalo: “un mapa de ruta que te lleve a puerto feliz y allí construyas naves mágicas para que en un futuro, todos podamos navegar sin tener que despedirnos”.

MAESTRA Y DIVA POSITIVA



MAESTRA Y DIVA POSITIVA

Maestra, no solo por el oficio de esculpir 
y encender la pasión de almas en acción.
Maestra, por sacarle brillo a lo que somos,
e inevitablemente convertirnos en una mejor versión.

Diva por creerte lo que sientes, lo que haces y lo que das.
Burbujeas tu esbeltez en la religión del Flow,
deslisándote en el tobogán prismado de la pasión,
cuando de sacudir conciencias se trata.

La poesía que me inspiras no tiene final.
En mis actos simples está tu huella,
mi energía potenciada  haciéndome caminar,
tras los pasos de Martin, Tal Ben, Bárbara, Sonja…

Otros aires sellarás con tu estampa.
Otras mentes codificarás en el firmamento
del bienestar y de la emociones positivas.
El tumbao de tu fluidez contagiará a paisas y extraños.

Estoy repasando tu tiempo en mi historia,
y las experiencias óptimas que de él se derivan.
No quiero atajar mi lágrima, porque tu partida
se me antoja como una cruda realidad.

Prometo Diva Positiva, que a tu regreso,
miles de flores hallarás hasta en el fango,
flores, con matices que inspiren estaciones,
de la esperanza que se marchita y reverdece otra vez.

Eres otra valiente que se va, a probar la hiel de la nostalgia,
en silencio te vas a quebrar cuando el Ávila ya no te silbe,
cuándo el Parque del Este no esté en tus caminos,
esperando tu paso para hacerte un guiño.

Maestra y Diva por demás positiva,
ve a perseguir nuevos sueños,
a ensortijar nuevas vidas en el arcoiris del bienestar.
Ve… señora grande a comerte nuevos mundos,
ésos que irresistiblemente caerán a tus pies…

GUDELIA CAVERO


MI EXPERIENCIA CON LELE

"Manténgase a la derecha en el distribuidor Boyáca", así, con acento en la Á, me alertó el GPS de mi aproximación a la Universidad Metropolitana. Di la vuelta y ciertamente allí estaba. Una vez dentro, una de las primeras cosas que me llamó la atención fue un frondoso samán, que luego supe era emblema de esa casa de estudio. Preguntando y siguiendo carteles llegué hasta el salón. Minutos después entró la Profesora María Elena Garassini, la encargada de dictar el taller sobre psicología positiva, mi primera experiencia en la materia. Fue allí donde la vi por primera vez. Tiempo después, en el 2010, inicié el diplomado y fueron entonces meses compartiendo con la profesora, quien era la coordinadora de aquella cohorte que ella misma haría posteriormente famosa, cuando pronunció en el II Congreso de Psicología Positiva, aquellas palabras que le salieron del corazón y le hicieron confesar que era su " cohorte favorita".

A partir de entonces sentí que nuestros vínculos con María Elena eran  como más robustos que los que pudiera haber construido con cualquiera de las otras cohortes.  Un diplomado  que compartimos y disfrutamos más allá del salón de clase. Las reuniones en la casa club, la cevichada, la mexicanada, los karaoke y las guarañas. Allí siempre estuvo con nosotros María Elena, acompañada de su esposo Juan. Tanto disfrutó y apreció María Elena nuestras guarañas que nos invitó a cantarlas en la clausura de dos congresos de Psicología Positiva, una muestra de la audacia que la caracteriza, pero confiada en que todo saldría bien.

En todos estos años, desde que nos conocemos, María Elena siempre ha estado dispuesta a enseñar, escuchar y compartir todo su arsenal de conocimientos en psicología positiva. Cuando se consideró la posibilidad de abrir un diplomado en Valencia, ella propuso como instructores a algunos profesionales que no eran psicólogos. Otros lo hubiesen objetado, por celos profesionales o hasta por temor a que pudieran hacerlo mejor que ellos. Pero no fue  el caso de María Elena, que es una mujer segura de sí misma, que apuesta y se enorgullece del éxito de sus discípulos y amigos.  El proyecto no se dio, pero nos demostró que es una persona generosa y tan clara como el mismo Seligman, que ha acudido a profesionales de diferentes disciplinas para alcanzar las metas propuestas y no tiene reparos en admitirlos en el master de la Universidad de Pennsylvania.

Toda el avance de la Psicología Positiva en Venezuela tiene de alguna forma el sello de  María Elena Garassini. Creativa, estudiosa, investigadora, impulsora de talleres y diplomados, y organizadora de primera línea de los congresos de la disciplina. Invitaba a su casa a las reuniones de la Sociedad Venezolana de Psicología Positiva, de la cual fue fundadora y presidente por muchos años. Pero no siempre fue "homeclub", en una oportunidad que le tocó viajar a Valencia, tuve el honor y la satisfacción de servirle de anfitrión.
Siento un aprecio especial y una admiración por todo lo que hace. Muchos creíamos que escribíamos muy bonito, pero fue ella, la que con sus pestañeantes ojos verdes notó muchas deficiencias. Pero como experta en Psicología Positiva, también identificó fortalezas, sabía que había un potencial, que podíamos aprender. que nos faltaba escuelita, y con toda discreción organizó, junto a la profesora Ángela, los primeros talleres de escritura creativa. Posteriormente, participó en la fundación del Club de Escribidores de Caracas, del cual forma parte y nos sigue acompañando.
Ya a estas alturas siento la confianza de llamarla Lele, como le dicen sus familiares y amigos más cercanos. Lele sigue ahora otros rumbos, sus alas son muy amplias y tienen la fortaleza de recorrer grandes distancias, de volar alto y de ser digna representante nuestra a donde quiera que vaya. Deja una  labor encomiable de tantos años en la Escuela de Psicología de la Metropolitana, con méritos suficientes para merecer una placa en la base de ese frondoso samán que diga "Aqui estuvo la profesora María Elena Garassini, quien deja huellas profundas en todos nosotros".

Gracias Lele, por invitarnos a ingresar al mundo de la Psicología Positiva, a conocer y utilizar nuestras fortalezas personales. Por brindarnos todos tus conocimientos, tu amistad y amabilidad. 
A través de las redes sociales esperamos te mantengas en contacto con nosotros, contacto que apreciamos y necesitamos, y estamos seguros que lo harás porque el aprecio es recíproco.

¡Que Dios  te acompañe y siga iluminando tus pasos!

Lionel Álvarez Ibarra
Noviembre 2017

Enviado desde mi iPad

jueves, 9 de noviembre de 2017

Tema de noviembre 2017

Host: Doña Tibaire
Tema: "Mi experiencia con Lele"
(Lele es la profe Garassini, que se va de viaje)
Sin dudas es un homenaje que idea Tibi, pero que todos en el Club, suscribimos.

Lugar: Hacienda La Trinidad, en la Hacienda La Trinidad

Hora: 3:00 Pm
Fecha: sábado 18 de noviembre de 2017

viernes, 3 de noviembre de 2017

Torta con fresas o torta de fresas

En Venezuela, la fresa crece como si fuera salvaje; sin mayor cuidado, en cualquier parte. Es una matica rastrera que crece con esquejes y florea casi todo el tiempo. La fruta esta entre lo dulce y ácido, pero con una textura que supera a muchas otras frutas mas grandes. Aun se puede comprar, si estamos en temporada.

Cuando era niño me gustaba tener varias en el jardín, cuidarlas, hacerlas crecer y quedarme con las frutas. Era muy divertido pues de cada plantica, salía como un brazo aéreo que al final llevaba una nueva planta con raíces y todo. La diversión era colocar macetas al lado para obtener nuevas maticas. Luego cortaba el cordón con una tijera (Toda una metáfora de vida). Mis amigos de la infancia, La Titi y el Nenecón, era lo que tenían en sus jardineras del balcón, siendo ellos los mejores proveedores de fresas.(y plantas). Creo que en complicidad con la mamá de ambos.

El padre de mi compadre Valeriano, ya mas cerca del hoy,  tenía un terreno cerca de Caracas, en un lugar que se llama La Colonia Tovar,  y solo cultivaba fresas. Allá la gente es de origen alemán, todos son rubios y tienen los cachetes del mismo color de las fresas. Los alemanes de allá, las saben trabajar y hacen unos dulces excelente.

En este octubre, estábamos en temporada y se encuentran en los supermercados a buen precio. Es así que he comprado medio kilo para hacer algunas pruebas. De la cesta de fresas, lavadas y sin tallo, las he dividido a la mitad. Una mitad a ser salteadas con azúcar y la otra a la licuadora con la torta. Las fresas en azúcar se cocinan muy rápido; podemos agregar una o dos cucharadas de agua también. El azúcar es al gusto, pero quizá no mas de cuatro cucharadas.

En la licuadora:
He colocado primero cuatro huevos enteros con 3/4 taza de azúcar y 3/4 taza de aceite (Esta taza es la medida de la taza de café con leche). También coloco una cucharadita de polvo de hornear y una de bicarbonato de soda, una cucharadita de vainilla, una pizca de sal y media cucharadita de esencia de limón. Se licua bien hasta que se forme una crema. Luego agrego 5 cucharadas de maicera y la mitad cruda de fresas naturales, y con 200gr de queso crema. Se licua otra vez y la mezcla se torna roja, y con un extraordinario olor.

La mezcla se lleva a un bowl de cuenca y es donde se le agrega la harina, como una o dos tazas hasta que quede cremoso,. Ahora suelo cernir la harina antes de mezclar. No se mezcla mucho, sino como queriendo envolver la mezcla.

Moldeado.
Se colocan las fresas azucaradas en el fondo del molde, encima se coloca la mezcla de la torta y se hornea por una hora a 380 grados. Cuando huele la primera vez, le faltan 15 minutos. A la segunda vez, la podemos abrir y revisar si no esta cruda, con un palillo de metal o madera.

Al enfriarse la volteamos y la colocamos en la nevera por unas horas antes de servir. Yo preparo un molde de 25 cm de largo por 10 de ancho y 10 de alto, como para seis u ocho personas. Le quedaría bien o mejor, acompañar con un helado de vainilla.

Alberto




lunes, 30 de octubre de 2017


DE LA ESCUELITA A LA UNIVERSIDAD

Cuando tenía 22 años y recién graduado de ingeniero, decidí ir a estudiar inglés a los Estados Unidos. Con mi amigo Fernando, habíamos estado revisando diferentes opciones que nos daba la embajada en Caracas. No recuerdo exactamente porque seleccionamos una escuela en Washington DC, pero supongo que ha debido ser por lo económico.
Ambos teníamos visa de turistas, aún así tramitamos nuestra inscripción y cuatro días antes de partir enviamos un telegrama a la escuela informando que llegaríamos en el vuelo de Viasa, del domingo al aeropuerto de Dulles. ¿Podría alguien imaginarse hoy semejante osadía?  
Sin tener respuesta de la escuela, salimos a Maiquetia. En el stand me preguntaron el motivo de mi viaje y les dije que iba de paseo, y entonces pasé.  Pero mi amigo Fernando que llegó más tarde, respondió que iba a "perfeccionar el inglés en una prestigiosa escuela en Washington" e inmediatamente lo regresaron para que tramitara su visa de estudiante y no pudo viajar ese día, aunque se unió a mí semanas después.  Arribé al aeropuerto de Dulles sin mi compañero, y luego de pasar inmigración y aduana, me conseguí una sala repleta de gente. Sería Dios mismo, que me dirigió la mirada hacia un señor que sentado, sostenía un sobre blanco con un logotipo, que inmediatamente reconocí como el de la escuela donde había aplicado ¡Era el director y dueño  que me había ido a buscar!  Me condujo en su auto a la ciudad, y me llevó hasta una residencia donde me alojaría. En el trayecto me fue hablando, pero poco le entendí. Esa noche confieso la pasé arrepentido de haberme ido.  

Al día siguiente me explicaron como tomar el bus para ir a clases. En la escuela comencé a aprender más español que inglés. Era como un curso de traducción.  El profesor decía "Blanket" y comenzaban todos a gritar: Frazada! Manta! Colcha! Poncho! En ese caso aprendí cómo se le dice en diferentes países latinoamericanos lo que en Venezuela conocemos como "cobija". Estaba decepcionado, tenía que cambiarme, lamentando haber perdido el dinero de la inscripción. Para completarla, el director se había llevado mi pasaporte para tramitarme la visa de estudiante, lo que hizo incrementar mi preocupación al dejarme sin documentos.
Esa misma semana, cuando  esperaba en la parada del bus, vi una caravana de vehículos  aproximándose que se dirigía al Hotel Hilton que quedaba al frente. Algunas personas comenzaron a gritar  "¡The president, the president!". Decidí también correr y me puse en primera fila a la entrada del hotel, logrando ver a escasos metros de distancia al presidente Gerald Ford, que todos aplaudían y saludaban. Una experiencia imposible de repetir en estos días de terrorismo e inseguridad. Lamentablemente no tuve cámara fotográfica a mano para registrar el evento, así que sólo tendrán que confiar en mi palabra si me quieren creer. Ese acontecimiento le dio por lo menos algo de emoción a los primeros angustiosos días de un indocumentado en Washington.
Afortunadamente, días antes de viajar, me habían dado la dirección de un amigo del colegio Don Bosco que  ya tenía más de un año en la ciudad y decidí buscarlo. En esa época no había GPS ni celulares que me hubiesen facilitado la ubicación. Compré un mapa y me fui a pie siguiendo la ruta, creo que caminé como 8 kilómetros, pero valió la pena. Danilo Aponte me fue de gran ayuda. Ese mismo día me llevó hasta ISH (International Student House) en donde conseguí cupo de residencia. Luego fuimos a Georgetown University, la primera universidad católica establecida en los Estados Unidos, y me inscribí en su escuela de idiomas.
Así fue como pasé de una humilde escuelita directamente a la universidad, sin pasar por "High School", y no fue precisamente por mi inteligencia, todo lo contrario, diría que más por mi ingenuidad.
No podría decir entonces que todo eso me pasa solo a mí y al pato Lucas, porque en verdad tiene más de candidez que de otra cosa. El nombre de la escuelita y su director  ni siquiera los recuerdo, pero si conservo siempre en mi memoria el agradecimiento hacia ellos y hacia Dios por haberme permitido comprobar en carne propia que "al inocente lo protege Dios".
Demás está decir que mi estadía en Georgetown y Washington DC terminaron siendo una bendición más del Señor.

Lionel Álvarez Ibarra
Octubre 2017

sábado, 28 de octubre de 2017

Club de Escribidores de octubre 2017

Fantástica reunión hoy con excelentes anfitriones; Don Cesar y Doña Liliana en una maravillosa terraza en Colinas de Bello Monte en Caracas.
El tema era, "a mi y al pato Lucas..."

Bautizamos en familia al primer libro de Cesar Yacsirk, Felicidades. Las gráficas nos cuentan...













miércoles, 18 de octubre de 2017

Día de playa

Día de playa/ Arcángela Arnone

Hoy me levanté más temprano que cualquier día y emprendí mi viaje de madrugada, les cuento que anoche no dormí casi, el sustico en el estómago  y la emoción de niñita permanecen intactos en mí cada vez que voy a emprender una aventura.
Sin dar muchas explicaciones en casa, tomé mi morral repleto de cosas para mí  indispensables: protector solar, bronceadores, repelente de insectos, peine, toalla, sombrero, lentes de Sol, sandalias, crema hidratante, labiales, toallitas húmedas, monedero con dinero efectivo y mi cédula de identidad, gorra, short, franela, ipod, bandana, otro traje de baño, aparte del que llevo puesto; de merienda galletas, frutas, agua, chicle y chocolates. También llevo un frisby por si acaso me encuentro a alguien con quien hacer unas lanzadas y una careta para ver debajo del agua, eso siempre me ha cautivado.
Salgo vestida normal, unos jeans, una franela, zapatos de goma y un suéter, le doy un beso a mi mamá y parto. Tomo un autobús hasta el terminal de Oriente, llego aún de mañanita, hay claridad pero el Sol no ha salido y hace ese frío agradable que invita a permanecer abrigado pero a darle el semblante al aire. Hay un montón de gente alrededor, más no me detengo a mirar a nadie, mi enfoque es mi destino y en él está toda mi atención y energía. Las chispas de alegría acompañan persistentes la circulación de mi sangre, que cuando siento que pasan por el corazón, me hacen sonreir, cerras los ojos y decir dentro de mí: gracias Dios!

Con mi ticket en mano subo al autobús que me corresponde, ocupo el asiento de la segunda fila, ventana de la izquierda, el conductor cuenta a los pasajeros, pues hay más asientos vacíos que llenos, cierra la puerta y encamina el viaje. No tengo idea de las paradas que hará, ni de la hora de llegada, ni siquiera la he calculado. Me duermo por ratos, abro los ojos de vez en cuando, la luz del Sol radiante penetra en mi ojos somnolientos y empiezo a ver letreros con nombres de playas, uno pegadito al otro, seguiditos, la emoción se vuelve a apoderar de mí, pronto veré el cartel de Playa Colorada y esa es mi parada.

La puerta del autobús se abre ante mí, doy un salto y toco tierra, me quito el suéter, camino un poquito, acelero los pasos y emprendo una bajadita, me quito los zapatos y las medias, toco la arena, escojo un lugar semi-sombrado con las altas palmeras repletas de cocos, quedo en traje de baño, respiro profundo, veo el mar, las pequeñas olas llegan a la orilla, camino hacia ellas pero no las alcanzo, espero a que lleguen las demás, siento el agua caliente y la arena fría aunque su color es cálido, es roja, los rayos de Sol aparecen e iluminan toda la bellísima playa que tengo a mis espaldas, doy media vuelta y veo a mi papá. Esa fue la última playa que visitamos juntos antes de su partida y luego nos habíamos dado cita allí desde hace tiempo y por una razón u otra nunca pude ir de nuevo. Lo había programado y postergado tantas veces, un Carnaval, una Semana Sata, un fin de semana y hasta una Navidad, pero hoy es lunes y estoy aquí, con él y él conmigo.
Disfrutamos del mar, de una caminata, de la brisa con agua y sal, un pescado frito y tostones, del olor a playa, nos tomamos también un ron con limón, brindamos, nos reímos, me abrazó, me dio un beso y me dijo te quiero, eres mi hija preferida, con las manos aún tomadas se fue alejando de mí hasta que no lo ví más.

Lentamente me vestí , con mis jeans y mi otra franela (la que llevé de repuesto), sacudí la arena de mis pies y me puse las sandalias, monté el morral en mis espaldas, uno poco menos pesado ahora, sin embargo todo el peso lo sentí en mi corazón, que va llenito de chispitas de felicidad, de amor y de paz.

Retomé mi regreso, subí a la carretera, hice señas con la mano a un autobús para que parara, no decía hasta donde llegaba, pero iba en dirección a mi destino, el final del atardecer lo ví por el camino, llegué de noche a mi casa, tomé una ducha, cené algo ligero, unas galletas cracker con  queso fresco y un té caliente, me puse mi pijama y me acurruqué en mi cama, me volví a levantar y fuí al cuarto de mi mamá, le dí un beso y un abrazo y le dije, mi papá te lo manda.

Playa Colorada12​ es una playa venezolana, ubicada en el parque nacional Mochima en el estado Sucre. Está a mitad de camino entre Puerto La Cruz (Anzoátegui) y Cumaná (capital de Sucre).
Debe su nombre al color de su arena, que tiene tonalidades que van del rojizo al dorado. Se caracteriza por sus aguas cristalinas, sus cocoteros y su rica fauna.


viernes, 29 de septiembre de 2017

La playa de mi niñez: mi querido Puerto Azul

Cuando pienso en una playa feliz, no puedo evitar pensar en Puerto Azul  ¡¡¡ Cuanto agradecimiento a mi querido Club!!!  Los momentos más felices de mi infancia fueron ahí, un fin de semana tras otro, un año tras otro, creciendo  en sus playas y piscinas.
Le debo dos o tres insolaciones a 40° C porque no había manera de sacarme de la piscina  “La culebra”; no me importaba lo intenso del sol, aun en las temporadas más fuertes del año. Salía solo para almorzar un perro caliente o hamburguesa, para no invertir mucho tiempo en esa “tarea obligada” de comer, cuando había taaanto por jugar y disfrutar. Me pasaba muchas horas, con una amiguita tan fanática como yo, tirando  piedritas  dentro de la piscina para salir de inmediato a buscarlas por debajo del agua. Jamás necesite anteojos para proteger los ojos del cloro, aun cuando me pasaba horas sumergida buceando  el fondo.
Luego aprendí a nadar mejor y me hundía en la piscina de “Los espejos”: Tres o cuatro metros de profundidad para que mi familia y otros curiosos nos vieran hacer muecas chistosas.
Unos años después, mi hermanita creció y le enseñe todos esos juegos que antes había aprendido. ¡¡¡Qué bien la pasábamos juntas!!! Además, la libertad: había mucha seguridad y podíamos recorrer todo el Club a solas sin tutela paterna (¡¡Yupiiiii!!). Caminar el malecón era tarea maravillosa cuando aumentó la conciencia de que hacer ejercicio ayudaba a la salud y a quemar calorías. De un lado veías el mar abierto; azul, profundo e imponente. Del otro lado, yates de muchos tipos, tamaños y niveles de lujo. Me hice amiga de los cangrejitos: largos ratos viéndolos caminar por aquellas grandes rocas, donde, sin saberlo, también meditaba con el romper de las olas majestuosas. En la noche: el cine, los espectáculos, el golfito y la comida rica, sin olvidar el bowling.
Mi mamá pasó muchos sustos por cuenta mía, porque cuando yo era adolescente, me pasaba largos ratos en la playa Oceánica, mas allá de donde rompen las olas, para disfrutar una y otra vez de ese suave levantamiento. Mami me gritaba desde la orilla para que regresara, y la verdad, no le hacía mucho caso.
Cuando  ya tenía 18 años, papá decidió vender la acción. El opinaba que ya íbamos menos y se empeñó en hacerlo. Las tres, mi mamá, mi hermana y yo, nos pusimos muy bravas con él. Solo logramos perdonarlo completamente, unos 14 años después, cuando yo de adulto y profesional, compre de nuevo otra acción con mis propios medios. Mi hermana me acompañó a esa subasta donde regateé y regateé, muy comprometida con lograr aquella acción. En ese momento, la alegría familiar, la ilusión por regresar a esas hectáreas  y aguas maravillosas, además de  los espectaculares recuerdos, nos embriagaban a los cuatro, incluido papá. Era el agradecimiento mínimo que yo le debía a mi bello Puerto Azul, después de proporcionarme los momentos más felices de mi niñez. Todavía hoy, medio siglo después, lo honro, lo quiero y le agradezco infinitamente: ¡Mil gracias por tanto, mi querido Puerto Azul! ¡Gracias!
Maigualida Boedo Paz

Sept 2017

martes, 12 de septiembre de 2017

Buenos días!!! Hoy es lunes!! Ese lunes que siempre imaginaste, en el que te quieres liberar de todas las tareas y decir: 
!Me voy a la playa! ... !este es el tema de Septiembre!!!!



👗👒👡👙🎒🕶🏄🏻🏊🏻🌴🍹🌊☀ Cómo es ese día único de playa? 

¿Cómo te vistes? ¿Qué te llevas? ¿Te vas sólo? ¿Invitas a alguien? A quién?  ¿En qué transportes te vas?? ¿Cuál playa escoges para tu aventura de un día? ¿Cómo pasas este día ideal de Sol, arena y mar? ☀👙🙃👒🍹🏊🏻🌊🏄🏻🕶. No es el típico domingo de playa...!es lunes! 

Vívelo sin limitaciones de tiempo, distancia o lugar... haz tu día de playa en la Venezuela posible.
Los invito el Sábado 30/9 a contar su Día de playa. Lugar El Asa----, Caracas- Las Mercedes , Hora: 09:00 am con cata de chocolates obsequio de Arcángela y luego poder disfrutar juntos un desayuno digno de dioses con la gastronomía típica de los 4 puntos cardinales de nuestro país.... ( esta vez no toca cocinar, a descansar y disfrutar! El menú de desayuno tiene un costo por persona que oscila entre Bs.15.000,00 y Bs. 25.000,00) 

Es con previa reservación!!! Espero que disfruten escribir su Día de Playa.... cualquier comentario me encuentro a sus completas órdenes!!! Abrazos y besos! Feliz lunes! 💋🌺 Arcangela Arnone


Host: Doña Arcángela
Tema: "Me voy a la playa" (un lunes)
Fecha: sábado 30 de septiembre
Lugar: Rest El Asa___, Caracas
Hora: 9:00 am
Costo de 15 a 25.000 por persona
Dato: Como es previa reservación RSVP antes del msrtes 26 y confirmar por Guasá